Foto: Tomada de Internet
En 1936 Lázaro Cárdenas aceptó recibir al revolucionario ruso, posibilitando que mantuviera su lucha contra el estalinismo

El arribo ayer a México del defenestrado presidente de Bolivia, Evo Morales, quien solicitó y obtuvo de la administración lópezobradorista asilo político, es el más reciente e histórico caso de una tradición de la política exterior mexicana.

Entre los miles migrantes que han buscado refugio en México a lo largo de la historia, quizá el caso más relevante por el impacto internacional que tuvo en su época y circunstancias fue el de León Trotsky.

Trotsky formó al Ejército Rojo y, junto con Vladimir Ilich Lenin y José Stalin, fue uno de los principales líderes de la Revolución Rusa de 1917, que acabó con la monarquía zarista e implantó el primer gobierno comunista de la historia.    

El revolucionario, no obstante, salió huyendo de Rusia o, mejor dicho, de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) porque Stalin puso en práctica la “dictadura del proletariado”, mandando a asesinar a los dirigentes bolcheviques.

Después de la muerte de Lenin y la toma del poder por parte de Stalin, León Trotsky, en efecto, fue perseguido para ser asesinado debido a que nunca se subordinó a la burocracia estalinista.

La cacería por parte de la Policía Secreta cruzó muchas fronteras, y al mismo tiempo, el Gobierno soviético presionaba a distintas naciones para evitar que permitieran la entrada del viejo bolchevique a sus territorios.

Así sucedió en Francia, Reino Unido y Estados Unidos, pero desde el verano de 1936 Trotsky y su esposa Natalia Sedova vivían exiliados en Noruega, ello pese a que las autoridades eran presionadas por la URSS para que se los entregaran.

En septiembre, el matrimonio fue arrestado por la Policía noruega y recibieron un ultimátum para abandonar el país nórdico.

En ese panorama, México fue la única nación que, no sin dificultades dentro y fuera de su territorio, recibió a Trotsky. Y fue aquí, en su casa en Coyoacán, donde el ideólogo marxista falleció a manos de un agente estalinista.

¿Asilo político?

Exiliado de la Unión Soviética desde 1929 y perseguido por el rencor de Stalin, Lev Davídovich Bronstein, mejor conocido como Trotsky, realizó un largo periplo por Europa temiendo por su vida cada vez que bajaba de un ferrocarril. Y es que Rusia exigía con mano dura la deportación de Trotsky a cualquier nación que pisara.

Por eso, el 7 de diciembre de 1936, cuando se oficializó la resolución gubernamental en la prensa mundial, México fue noticia internacional por el sencillo hecho de dar la bienvenida y proteger la vida de un hombre.

Con todo, la llegada de León Trotsky a suelo mexicano fue un suceso en torno al cual surgieron mitos y diferentes versiones, por ello Alberto Fernández A. publicó una detallada crónica en la página electrónica del Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” (http://www.ceipleontrotsky.org).

Ese texto se sustenta básicamente en el relato de Octavio Fernández Vilchis, quien publicó su versión de aquellos hechos en 1956 en el periódico La Prensa, cuando aún vivían protagonistas de los acontecimientos, que señalaron las circunstancias y hechos que hicieron posible que se otorgara el asilo político a Trotsky por parte del presidente Lázaro Cárdenas.

La última esperanza

Aquel 1936, en la Unión Soviética los “procesos de Moscú” ordenados por José Stalin colocaron a todos los revolucionarios bolcheviques frente a los pelotones de fusilamiento, pero faltaba León Trotsky, refugiado en Noruega.

Stalin exigió primero, y amenazó después, a los socialdemócratas noruegos para que entregarán al camarada bolchevique. Y estando tantito así de cerca de la deportación, ninguna nación en el mundo consideraba recibirlo.

En Estados Unidos se formó un comité de defensa del león siberiano. El grupo trató sin éxito de convencer al presidente Theodor Roosevelt de asilar al bolchevique.

La siguiente opción fue Anita Brenner, artista y periodista mexicana radicada en Nueva York, que simpatizaba con la causa y cuya familia conocía al Presidente Cárdenas. ¿Podría México otorgar asilo político? 

“Al mediodía del 21 de noviembre de 1936”, escribe Alberto Fernández, “Diego Rivera, entonces militante trotskista, recibió procedente de Nueva York un cable en el que Anita Brenner, antigua conocida suya, por instrucciones del Secretariado Internacional, en una forma apremiante como asunto de vida o muerte solicitaba que se respondiera si el Gobierno Mexicano ‘permitiría que el viejo barbillas viniera a curarse’.

“México se convertía en la última esperanza de salvación para el viejo líder revolucionario ruso, quién seguía combatiendo con la pluma y con las ideas la traición a la Revolución de Octubre, lo cual era inaceptable para Stalin y su burocracia soviética”.

El telegrama que Anna Brenner escribió al pintor Diego Rivera pidiéndole que consiguiera el visado para el matrimonio ruso, detonó una serie de movilizaciones a favor y en contra de recibir a los exiliados.

Los trotskistas mexicanos debieron movilizarse para proteger la vida del líder comunista. Determinaron que de inmediato salieran Diego Rivera y Octavio Fernández para solicitar al Presidente Cárdenas el asilo político a Trotsky. 

El Jefe del Ejecutivo mexicano, no obstante, residía temporalmente fuera de la Ciudad de México; su domicilio estaba en la región de La Laguna.

Resulta que para cumplir parte de las demandas que llevaron al País a la Revolución, Cárdenas se trasladó a la Comarca donde efectuó el histórico reparto de tierras a los campesinos laguneros, una acción que definió para siempre el destino de esa zona de Coahuila.

Antes de emprender el viaje al rico oasis que se desarrolló en torno al río Nazas, Rivera y Fernández buscaron al general Francisco J. Múgica, Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, hombre de izquierda que participó notablemente en la redacción de la Constitución de 1917… y que era amigo del general Cárdenas.

Los emisarios le solicitaron su respaldo para gestionar ante el Presidente de la República el caso Trotsky. Como respuesta, sin dilación, Múgica escribió de puño y letra una carta personal a Cárdenas:

“Señor Presidente,

“Tengo el honor de presentarle al gran pintor Diego Rivera, quién es, además un amigo y un correligionario [...] Le conciernen asuntos muy interesantes, con los cuales está personalmente ligado y que expondrá ante usted con la esperanza, que es también la mía, de que encontrará en su generosidad un recibimiento sincero.”

Torreón, la conexión coahuilense

Con la carta del general Múgica en sus manos, ese día, antes de la media noche, los dos delegados abordaron el automóvil de Rivera para viajar a Torreón, “la Perla de La Laguna”, en busca del Presidente Cárdenas, acompañados del chofer y del ayudante de Rivera.

Sólo Rivera y Fernández conocían el objetivo de tan intempestiva travesía.

“Un viaje frenético rumbo a Torreón, sorteando poblaciones y la niebla en la sierra con el precipicio a un costado, les llevó el resto del día y la noche”, consigna la crónica.

“El amanecer del 22 de noviembre les sorprendió en las proximidades de Tamazuchale en donde desayunaron. La comida la hicieron rápidamente en Ciudad Victoria".

“En Monterrey un par de horas de sueño y un baño les permitió a los viajeros un descanso recuperador".

“Al día siguiente el 23 de noviembre el automóvil continuó su vertiginosa marcha rumbo a Torreón. A los choferes se les requería más velocidad y estos ya mostraban un enojo sordo al ser exigidos en esta frenética carrera y sin saber el propósito de ella.

“Al llegar los delegados a Torreón, el 23 de noviembre de 1936, supieron que el Presidente todavía tenía su base de operaciones en esa ciudad y solo tendrían que esperar unas cuantas horas a que regresara el tren presidencial.

“Como era de esperarse, antes de llegar el convoy presidencial, ya había una multitud de personas haciendo antesala. Previamente se entregó al asistente del Presidente la carta de Múgica, que realizó el milagro.”

Ante el asombro de los presentes, a los enviados se les avisó que serían recibidos por el Presidente. Diego Rivera era entonces el artista plástico mexicano más famoso dentro y fuera del País, y Fernández era el representante de los trotskistas en México.

En el despacho presidencial, Cárdenas manifestó: “El señor Trotsky puede venir a México. El gobierno que represento le concederá asilo como refugiado político... en vista de las circunstancias que hacen que su vida esté en inminente peligro, según me aseguran ustedes. Se le concederán todas las garantías necesarias... no será un prisionero”.

El Ejecutivo hizo una única advertencia: que los trotskistas mexicanos se abstuvieran de demostraciones que provocaran choques con grupos antagónicos.

“Fuera del tren presidencial, en medio de la alegría que embargaba a los dos delegados, Rivera manifestó a Fernández que no creía que Trotsky fuera a venir a México. Que mañana mismo nos pondrían las trabas que lo harían imposible... Soy capaz de ir de rodillas hasta Nueva York si se hace realidad la resolución del señor Presidente”. 

Visa sí; visa no

De inmediato se inició el viaje de regreso a la Ciudad de México para tramitar la visa para León Trotsky. Solo hubo una parada para cenar en Torreón y continuar con febril velocidad ante el descontento del chofer y del ayudante de Rivera.

Al llegar a la capital del País surgió un nuevo inconveniente. En el encuentro con el general Eduardo Hay, Secretario de Relaciones Exteriores, éste manifestó su oposición al arribo del revolucionario ruso.

“No estoy de acuerdo en que el señor Trotsky venga al País...”, declaró, “Mientras yo sea Secretario de Relaciones Exteriores, la visa no será concedida”.

Negativa tan tajante llevó a los delegados a buscar nuevamente al general Múgica. Ese fue el arranque de una lucha sorda, tras bambalinas, entre los dos miembros del gabinete presidencial.

El 5 de diciembre la situación era muy grave. Múgica instruyó a Diego Rivera y Octavio Fernández para que otra vez viajaran a la Perla de La Laguna a ver al general Cárdenas, con el respaldo, de ser posible, de algunas organizaciones obreras con el encargo de demandar ante el Presidente el asilo para Trotsky.

El periplo se inició a la media noche del mismo día bajo las mismas condiciones de velocidad y premura que el anterior.

“Durante el viaje se presentaron diversas dificultades, siendo todas ellas superadas [...] En Monterrey en la mañana del 7 de diciembre se acordó llamar por teléfono a Rivera. Se estaba en espera de la comunicación cuando los vendedores de los periódicos locales comenzaron a vocear la noticia sensacional del día. ‘La Secretaría de Relaciones Exteriores había hecho público un comunicado otorgando el derecho de asilo en México a Trotsky’”.

Frente a los obstáculos, interferencias y amenazas que surgieron para evitar la llegada de Trotsky a México, el Presidente Cárdenas envió al Secretario de Relaciones Exteriores un extenso telegrama explicando por qué se concedió el asilo político:

“Una comisión de ciudadanos se acercó al suscrito para solicitar que sea concedido por el Gobierno Nacional, permiso de residencia en el Territorio de la República al ciudadano ruso León Trotsky.

“[...] México se siente ahora en el deber de reivindicar con su actitud, una de las conquistas de mayor contenido humano que había ya logrado el Derecho de Gentes, la prerrogativa de asilo para los exiliados por causas políticas.

“[...] En virtud de las razones anteriores, queda usted autorizado para que cuando se le presente la solicitud formal de asilo a favor del señor Trotsky, la tramite usted de conformidad.

“Presidente de México. Lázaro Cárdenas.”

En otro telegrama, el Mandatario federal ordenó al Secretario de Gobernación, Silvestre Guerrero, preparar la llegada de Trotsky.

De nuevo en Torreón la delegación de trotskistas mexicanos ya no fue recibida personalmente por el Presidente, pero sí le hicieron llegar su agradecimiento y felicitaciones por la decisión tomada.

México se erigió como la excepción del planeta. Trotsky ya tenía visa y la decisión del Presidente Cárdenas al otorgarla, en contraste a la actitud de los gobiernos de todo el mundo, fue un acontecimiento de trascendencia mundial.

 

En territorio mexicano

León Trotsky y Natalia Sedova fueron embarcados en Noruega sin mayores miramientos en el buque tanque “Ruth” el 10 de diciembre de 1936.

Sin embargo, pasaron unos días hasta que se informó que el barco con bandera noruega iba a México, aunque se desconocía el puerto de desembarco. Tiempo después se supo que Tampico era el sitio elegido.

Ahí recibieron a la pareja rusa Frida Kahlo, en representación de Diego Rivera; el general Beltrán en representación del Presidente de la República, y Max Schachtman, del Socialist Workers Party.

A las 10 de la noche del 10 de enero, los Trotsky abordaron el tren presidencial “Hidalgo”, enviado especialmente por el general Cárdenas.

Arribaron a playas mexicanas la mañana del 9 de enero de 1937. Se establecerían en este País hasta el resto de sus días. Trotsky fue asesinado el 21 de agosto de 1940 por el estalinista Ramón Mercader. El verdugo de Natalia fue el cáncer que le arrebató la vida el 23 de enero de 1962.