El derecho internacional de los derechos humanos tiene normas de ius cogens, es decir, que no admiten reglas en contra, por lo que todos los Estados deben observarlas. Una de ellas es garantizar los derechos humanos de todas las personas, sin distinción de raza, color, ascendencia u origen étnico, contenida en el artículo 3 fracción I de la Carta de la Organización de los Estados Americanos.

De igual forma, el artículo 69 de la Declaración y Programa de Acción de la Conferencia de Durban asevera que la discriminación racial, la xenofobia y el racismo se materializan de forma diferenciada para las mujeres y pueden influir al deterioro de sus condiciones de vida. Las hace más propensas a caer en la pobreza, la violencia, distintas formas múltiples de discriminación y la denegación o limitación de sus derechos humanos.

Aún con estas normas, una parte importante del mundo sigue sin entender que, aunque seamos diferentes, merecemos el mismo trato. Hoy en día se considera “natural” asociar una connotación negativa a las diferencias o vincular lo diferente con lo supuestamente inferior. Esto nada tiene de natural. Como el activista Kevin Boyle señala, se trata de algo que aprendemos y que por consiguiente podemos desaprender.

La Organización Mundial de las Naciones Unidas ha declarado que el tema del año 2021 es “La juventud se alza contra el racismo”. Para esto, se han lanzado campañas como el uso del lema #LuchemosContraElRacismo que busca incentivar la tolerancia, el principio de igualdad y la no discriminación.

Esta lucha, además, se contextualiza en la actual pandemia por COVID-19, que acentuó la discriminación racial y generó una pandemia semejante de violencia y odio contra ciertas nacionalidades y etnias. Estas circunstancias pusieron en riesgo inminente de infección y muerte a dichas minorías como resultado de la gran desigualdad circunscrita al racismo.

En la primera resolución relativa a la pandemia, la Asamblea General de las Naciones Unidas resaltó que es necesario respetar plenamente los derechos humanos. Además, insistió en que la respuesta que los Estados tienen ante la pandemia no debe dar cabida a ninguna modalidad de racismo, discriminación o xenofobia.

En este contexto, el pasado 3 de marzo, Diamond Kyree Sanders, una mujer trans negra de 23 años de edad, fue asesinada violentamente en Cincinnati, Ohio. Como ella, hasta el 26 de marzo de este año se han reportado al menos 12 asesinatos violentos de personas trans en Estados Unidos. Y esto es “al menos”, ya que frecuentemente no se reportan estás muertes o tienen una clasificación incorrecta que impide su acertada contabilización.

Durante 2020, la organización Human Rights Campaign reportó 44 asesinatos de personas de la comunidad LGBTTTIQ+ en Estados Unidos. Del registro de muertes desde el año 2013, dos tercios del total son asesinatos de mujeres transexuales afroamericanas.

Según Cathy Allison, secretaria de la organización Transgender Advocacy Council of Greater Cincinnati, es un hecho que las mujeres trans negras se encuentran en un estado de indefensión ante diferentes tipos de violencia motivados por el racismo.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se ha comprometido a destinar recursos federales para prevenir la violencia contra las personas trans y de género no binario. El primer día en su cargo firmó una acción afirmativa con el propósito de que la comunidad LGBTTTIQ+ americana sea protegida contra la discriminación en educación, trabajo, vivienda, y otros aspectos fundamentales de derechos humanos.

Por otro lado, la activista Vanessa Warri, investigadora de cómo las barreras sociales impiden el acceso a la salud, vivienda e impactan la realidad de las mujeres trans negras, explica que es de suma importancia que los académicos que estudian el tema compartan testimonios reales, pues es una perspectiva que ha sido dejada de lado.

Además, considera que deberían existir becas escolares y estar en constante innovación en busca de formas de acercar la comunidad a la justicia y el bienestar sociales. Opina también que deben crear oportunidades para que este grupo marginado y excluido por la sociedad sea realmente escuchado e incluido a la sociedad.

La pandemia de COVID-19 ha acentuado y agravado la discriminación racial y las desigualdades existentes en el mundo. En este panorama de trastornos sociales y económicos resulta preocupante que los Estados carezcan de solidaridad hacia los países en desarrollo que necesitan apoyo para responder a la crisis actual.

Aunque desde la propagación del virus la atención se ha centrado en el derecho a la salud, no podemos olvidar que los derechos humanos son interdependientes y se deben aplicar con igualdad y sin discriminación. Incluso debemos pensar en un trato preferente para aquellas personas en estado de vulnerabilidad, pues sólo así se cerrará la brecha de la desigualdad que ha mantenido el racismo durante años.

La autora es asistente de investigación del Centro de Estudios Constitucionales Comparados de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH