Con la llegada del Día Internacional de la Mujer, a una se le agudiza el radar detector de “micromachismos”: esos “insignificantes” comportamientos discriminatorios hacia la mujer con los que los varones intentan imponer razones e intereses. Aunque algunos son conscientes, la mayoría no son intencionales, no están hechos a mala leche; son actitudes incorporadas e interiorizadas en el proceso de “hacerse hombres”. Además, al ser tan cotidianos, están naturalizados en la cultura y suelen pasar desapercibidos. Hay ejemplos variopintos: celebrar la participación del hombre en las tareas domésticas o decir “guapa” a una mujer por la calle sin conocerla.

Hace poco me encontré con un caso muy interesante en una red social, donde un ginecólogo alardeaba haber realizado con éxito su primer parto telefónico. “Acabo de asistir mi primer parto por teléfono. El padre se ha portado como un héroe. Calmado y tranquilo. Podrá contar que ha sacado a su hijo. Literal”. El aluvión de comentarios no tardó.

Por un lado, las feministas (¿debería decir l@s feminist@s para no ofender a nadie?), criticando con mordaz ironía lo poco acertado del comentario que, aun tratándose de un parto, glorifica al padre y a sí mismo, como ginecólogo virtual, obviando por completo a la madre. Por el otro, ¿l@s machist@s?, atacando a l@s feminist@s por su obsesión enfermiza con el género, que no permite apreciar los conocimientos del ginecólogo y las destrezas de partero del héroe de la película, o sea, el padre. Recuérdese, que estamos hablando de la acción de parir, que según el diccionario significa: “Dicho de una hembra vivípara: expulsar naturalmente el hijo o los hijos que tiene en su vientre”.

A pesar de que, como buena feminista, el tuit del ginecólogo casi hace que me sangren los ojos, conforme leía los comentarios me di cuenta de que ambos bandos despotricaban de cosas bien distintas. Y lo más triste, ninguno parecía (querer) entender el punto del otro. ¿Problema de comunicación? Es posible. De hecho, no pude evitar reír cuando, al acabar con los comentarios, vi su biografía tuitera que rezaba: “Comunicar es la parte más difícil de informar. Exígete a ti mismo”. Sigue exigiéndote, chato, y con ganas, porque de buen comunicador tienes poco.

Tal vez las redes sociales no son el mejor vehículo para una crítica civilizada sobre machismos/feminismos. Pero ¿acaso las redes “reales” son mejores? Recordé una cena que tuve con unos conocidos, un matrimonio joven, con estudios universitarios y dos niños (uno de ellos niña). Sin saber bien cómo (bueno, un poco sí lo sé) acabé siendo coronada como la “loca feminista y solterona” de la cena. El título se me dio al tratar de explicar por qué algunas nos acabamos encabronando tanto con los micromachismos. Les puse el ejemplo del caso del autobús, o sea, cuando un tipo te cede su asiento a ti (mujer, joven y lozana) y no al hombre que también va de pie. Todo esto mientras te da un buen repaso de arriba a abajo.

Al no ponernos de acuerdo en si esta actitud era machista (según yo) o educación (según ellos), puse un ejemplo más claro. Cuando tenía 18 años, andaba desesperada buscando trabajo cuando vi un anuncio: “Se busca agente de ventas con inglés y permiso de conducir”. ¡Bien! pensé, lo tengo todo. Al preguntar, la respuesta del encargado fue clara y concisa: querían un hombre para el puesto. ¿Por qué? Porque las mujeres tan pronto nos casamos tenemos hijos y no podemos trabajar. Literal y a la cara lo dijo, como si fuese lo más natural del mundo. Y son justamente estas “naturalidades” las que no son nada naturales.

Tampoco así logré que me entendieran (no que me dieran la razón). Él, además, puntualizó que hay trabajos, como el de transportista, que no son para mujeres, porque no tenemos fuerza para cargar. Y entonces miré a su niña, con un traje de princesa color rosa, y me dio mucha pena: si algún día quieres ser algo que no sea para mujeres, la llevas clara, guapa.

¿Pero cómo cambiar lo que se considera “natural”, se hace sin querer, por educación o costumbre? ¿Cómo conseguir que el otro escuche y comprenda que las “locas feministas y solteronas” realmente no andamos obsesionadas en detectar micromachismos sólo por joder o dárnoslas de empoderadas liberales? Y es que hoy día, si hay algo que nos han enseñado (las redes sociales, sobre todo) es que todos podemos (¡y tenemos que!) opinar, o mejor, criticar.

Pero entonces, viendo la guerra dialéctica polarizante desatada por el tuit del ginecólogo, me pregunto: ¿es ésta realmente la manera? ¿No estamos fomentando lo contrario, o sea, un antifeminismo radical? En estos casos, virtuales y reales, una tiene la sensación de que a pocos, machistas y feministas, les interesa tener un debate más complejo sobre el tema, porque pocos tratan de entender al otro. El objetivo es sólo criticar y atacar a la yugular cuando uno es criticado. Los argumentos, por desgracia, parecen valer bien poco.

 

Ester Serra Mingot

La autora es investigadora del Centro de Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH