Joseph E. Stiglitz es un renombrado economista, profesor en la Universidad de Columbia (NY), asesor del presidente Clinton y Economista en Jefe del Banco Mundial en los noventa y ganador del premio Nobel de economía en 2001. No es un secreto que ha sido un economista de izquierda con teorías y posturas que empujan por un estado más fuerte en la rectoría de la economía y por menos confianza en las fuerzas invisibles del mercado. La revista Scientific American es una revista que ha sido publicada desde 1845 y ha contado con colaboración de más de 200 premios Nobel, y en su más reciente edición incluye una columna de opinión de Stiglitz en la que sostiene la idea de que medir el avance, progreso o prosperidad de una sociedad a través del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) es inadecuado y hasta erróneo. * https://n9.cl/bi0hy

No es una idea muy novedosa, aunque la propuesta de revisar y cambiar las variables y métricos utilizados para entender el desarrollo, el progreso o la felicidad de un país o sociedad ha aumentado su popularidad en los últimos años. Después de todo, hay evidencia clara de que el capitalismo de los últimos 50 años ha generado una distorsión importante en la repartición del ingreso y de la riqueza. En países como México o Estado Unidos se ha visto que el ingreso y la riqueza están grotescamente concentrados en unos cuantos, mientras que los menos afortunados siguen atorados en trampas de pobreza o sin un camino viable para mejorar su nivel de vida y el de su descendencia. Así, hay publicaciones de organizaciones como la OCDE o el Banco Mundial que se enfocan no sólo en métricos habituales macroeconómicos, sino que ahora incluyen encuestas sobre felicidad, salud, pobreza, acceso a educación, medio ambiente, servicios básicos, ahorro, expectativas de vida, entre otros. Es claro, incluso para el más capitalista de los capitalistas, creo yo, que el sistema no es sostenible. Incluso antes de la pandemia del COVID-19 y de la crisis que se avecina, había indicios fuertes de inquietud social. Ejemplos como el de Chile, que ha sido el niño aplicado de Latinoamérica y el ejemplo eterno de disciplina económica y crecimiento (del PIB) acelerado, no nos pueden pasar de noche. La misma elección de AMLO en México es una muestra más de que el pueblo no se alimenta de datos macroeconómicos estables, menos cuando el crecimiento es mínimo y sus bondades no se reparten de una forma que pudiera siquiera ser considerada algo equitativa.

Stiglitz cita a Robert Kennedy: “El PIB mide todo, excepto aquello que hace que la vida valga la pena”. El problema con tomar en serio a Stiglitz o a cualquier proponente de ver más allá del PIB es que se corre el riesgo de irse al extremo opuesto. Al presidente López Obrador se le debe reconocer que ha sido relativamente consistente y congruente en señalar el olvido en el que se encuentran más de 50 millones de mexicanos pobres (Nota: es muy probable que este número será mayor cuando AMLO termine su mandato) y sus acciones de gobierno son distintas a los anteriores. Sin embargo, es el presidente mexicano un ejemplo de quien convenientemente querrá tomar las palabras de Stiglitz para ignorar cualquier medición que no le convenga para esconder sus errores, omisiones, traumas y limitaciones a la hora de gobernar. Apenas esta semana insistió en minimizar el crecimiento del PIB y quiere convencernos, con más rollo que sustancia, de que los mexicanos están mejor de lo que sugiere la drástica caída de la economía (provocada conjuntamente por la pandemia global y los efectos de 2 años de “cuatrotemia” local). Y aquí es donde es clave entender lo que sugiere Stiglitz y quienes quieren medir el progreso o el bienestar de forma distinta. Estoy seguro de que todos los economistas serios de izquierda, centro o derecha estarán de acuerdo en que medir bienestar con métricos distintos al PIB no implica olvidarse de que la economía debe crecer para que exista más desarrollo y progreso. Pensar en que se puede mejorar el bienestar de la población con una economía que se contrae es no sólo un error sino una grave omisión digna de alguien que raya en la locura y la negación enfermiza de la realidad. Entonces, si alguien que asesora a AMLO le dice que el PIB no lo es todo, es importante pedirle a ese asesor que aclare que efectivamente el PIB no es todo, pero sí es parte vital de lo que hace viable la prosperidad y el bienestar de una nación. Sin crecimiento no habrá desarrollo. Sin crecimiento no se podrán cerrar las brechas del bienestar existentes y reducir la pobreza. Eso debería ser claro, incluso para la 4T, a quienes les queda como anillo al dedo esta frase de Stiglitz: “Los datos no deberían interponerse en el camino de una fantasía agradable”.

José De Nigris Felán

Columna: En tr3s y do2