Habla el anciano: la moral establece una diferencia en las cosas del mundo, distinguiendo entre buenas y malas. Todo aquello que es comunicado, así como toda actividad humana, adquieren cualidad moral sólo si expresan aprecio o desprecio humano. 

En otras palabras, podemos decir que la moral establece criterios de inclusión que luego son aplicados a las personas en la sociedad. Mis reflexiones parten de una distinción primaria: “el mundo no se puede conocer” (aprehender). 

Y si no se puede el mundo conocer no se puede nunca estar seguro sobre qué esté bien o esté mal, ni en qué grado (incluso sospecho que ustedes también comparten ese punto de vista). La realidad del mundo es la realidad de cada uno, y que es sólo a escala intersubjetiva se establece la supuesta realidad objetiva. 

Aunque para los intelectuales y la sociedad en general no tiene sentido que yo venga y les diga que todo es relativo y que, por lo tanto, los derechos humanos pueden ser explicados como una construcción social al igual que todos los estereotipos y las ideologías. 

Habla el adulto: en las teorías jurídicas tradicionales suele haber una especie de confianza en la naturaleza humana, considerándola “capaz de reconocer –mediante el ejercicio del razonamiento– aquello que es lo justo”.

Aunque debemos decir que la guerra, el terrorismo y los crímenes de lesa humanidad, así como ejemplos históricos de locura e irracionalidad, crueldad y frialdad han terminado por derrotar esa pretensión, o al menos han obligado a más de un matiz. 
No hemos encontrado ninguna referencia que nos lleve de lo natural a lo justo. Sin negar que es posible hablar de un orden natural de las cosas, que no sería más que resultado de la evolución. 

La teoría jurídica no podría negar que, “bajo peligro de perder su objeto de estudio, “toda ley o norma jurídica debe llegar más allá respecto al orden natural de las cosas” (de otro modo no tendría sentido que existiera la norma). 

Habla el joven: entiendo que el discurso de los derechos humanos consiste en la protección de la vida y la dignidad humana, pero al mismo tiempo he observado que, en nombre de la democracia y de los derechos humanos, se invade países lejanos y se destroza la diversidad cultural. 

Aquello que sirve para el bien también puede servir para el mal. Por esta razón creo que la moral –y su código bueno/malo– no encaja con el modelo de la inclusión que realmente necesitaría la sociedad global actual.

¿De qué serviría especializarme en la protección de un grupo o minoría social determinado? ¿Si lo hiciera perdería la oportunidad de posibilidad de ayudar a los otros? (No). Si me ocupará de todos ellos tendría que hacerle frente a su enemigo común: el sistema.

Las violaciones de derechos humanos son demasiadas que poco será siempre nuestro esfuerzo, comparado con el necesario para arreglar nuestro mundo. ¿Cómo se puede luchar contra una trasnacional o contra el crimen organizado? ¡¿Quién le ha de hacer frente al imperio?! 

No estoy diciendo que no me preocupen todas esas personas que mueren por la voluntad o por la negligencia de otros, sólo que una sociedad conectada a través de medios de comunicación masiva y alimentada por redes macroeconómicas no puede ser reducida a “formas correctas (universales)” de habitar en el mundo.
Habla el niño: si todos fueran iguales todo sería muy aburrido, y si todos fueran buenos no conoceríamos al malo, entonces nunca sabríamos que seríamos buenos.

Al aprehender algo primero nos equivocamos. Por eso necesitamos que todos hagan cosas diferentes para aprender más rápido entre todos. (Por eso sería ridículo que fuéramos malos con las personas diferentes a nosotros). 

Debemos tener solidaridad y respeto por los demás; eso nos los dicen los maestros en la escuela. Porque aunque nos guste que los demás estén de acuerdo y nos hagan caso no olvidemos que ellos quisieran las cosas a su modo también.

@RemyCouteaux 
remycouteaux@gmail.com