Foto: Héctor García
Crónica de una caótica jornada de vacunación antiCOVID en Saltillo

“Ya no hay vacunas. Hasta mañana”.Ya no hay vacunas. Hasta mañana”.

Sin voltear a ver a los automovilistas, uno de los ocupantes de la unidad de la Policía Municipal de Arteaga repetía cada ciertos coches: “Ya no hay vacunas. Hasta mañana”. La cantaleta reverberaba en el ambiente cargado de polvo con esa distorsión robótica que producen los altoparlantes de la policía.

Eran las 3:48 de la tarde y apenas estaba llegando a la “joroba” que levanta el Boulevard Fundadores por encima del libramiento Óscar Flores Tapia. De acuerdo con Google Maps, aún median tres kilómetros de asfalto desde allí hasta el entronque con la calle que lleva al estacionamiento de la Ciudad Universitaria de la UAdeC.

“Ya no hay vacunas. Hasta mañana”.

Pero nadie se salía de la fila. Como si no escucharan. O como si prefirieran ignorar la advertencia, o pensaran que tal vez se trataba de un engaño para hacerles salir de la fila y quitarles la oportunidad de recibir el esperado antídoto contra el Coronavirus al que hemos logrado sobrevivir un año entero.

Una hora antes de escuchar al policía, a las 2:45, un amigo me había enviado -vía WhatsApp- una alerta noticiosa según la cual las vacunas se habían agotado en el módulo hacia el cual me dirigía. Pero igual que hacía el del auto de enfrente, y los que se formaron detrás de mí después, no me salí de la fila y seguí avanzando. Supuse que alguien tendría la buena idea de dar aviso formal para que aquel culebrón de coches se disolviera. Un alto funcionario saldría a dar una declaración o lanzaría un tuit…

Pero eso no pasó.

Foto: Héctor García

Unos 600 metros más adelante, ya del otro lado de la joroba, una segunda unidad de la policía arteaguense. A diferencia de la primera, sus ocupantes se habían apeado de la patrulla y repetían, a todo vehículo que se detenía, la misma información: “ya se acabaron las vacunas. Regrese mañana, a partir de las 8:00”.

Pero la gente seguía sin salirse de la fila. Yo los imité por un par de minutos más. Entonces decidí tirar la toalla y agotar los dos kilómetros restantes, hasta la entrada de la UAdeC, para ver qué pasaba. Cuando llegué ya habían colocado unas vallas naranjas y atravesado una patrulla en la calle. El mensaje era absolutamente claro: “ya no hay vacunas”.

Pero la gente seguía sin salirse de la fila… como si creyera que su persistencia sería recompensada con un anuncio repentino -o milagroso- de que alguien había llegado con un cargamento fresco de vacunas. Me quedé un par de minutos más observando y documentando el episodio.

Cuando puse rumbo de vuelta a mi casa, la gente seguía sin salirse de la fila…

Foto: Alejandro Rdz.