Rentan cuartos para vivir en la Zona de Tolerancia, convierten ‘lupanares’ en departamentos

Dueños de locales que antes servían para la práctica de la prostitución encuentran nueva utilidad en esos lugares; ‘la casa nunca pierde’, dicen
Agonizante. El lugar a donde miles de parroquianos asistían los fines de semana vive sus últimos días; la pandemia vino a darle el tiro de gracia provocando el cierre de la mayoría de los negocios. ANA LUISA CASAS

Las casitas de colores al fondo de la Zona de Tolerancia que operaban como burdel hoy ofrecen un espacio para vivir y formar un hogar, sin importar que su empleo se encuentra fuera del santuario para ejercer la prostitución.

Un par de cuadras más delante de las calles donde la luz tenue de los faroles iluminan mujeres y transexuales que visten medias de red, corsets ajustados, ligueros y pelucas de colores cada noche, está la casa de Teresa.

El camino a su hogar lo dirige un pasillo de escaleras, angosto, oscuro. Al centro de las habitaciones hay un patio donde la ropa húmeda cuelga de un tendedero.

Son cuartos donde apenas cabe una familia. Tienen la apariencia de una habitación de motel. Una cama, una mesa y un sillón. Los adornan posters de mujeres desnudas y paredes rojas. Las ventanas, selladas con pintura negra.

El colchón tiene el relleno de esponja saliéndose y el ropero cruje. Eran las habitaciones donde mujeres y trans seducían llamando “amor” a cualquiera. Donde ofrecían sexoservicio. Lo que antes fue un santuario para ejercer la prostitución, hoy es prácticamente una colonia más para vivir.

Paquete. Algunos cuartos se rentan “amueblados”; una base para colchón y un sillón son el mobiliario.

La cuota es de 150 pesos semanales para las habitaciones con techo de lámina; 200 con techo de concreto y 250 pesos las habitaciones con excusado propio. El resto de los inquilinos se ducha o hace sus necesidades en el baño comunitario.

“Las habitaciones con más huéspedes son las de segunda planta porque admiran la ciudad, o una parte lejos del cerco color rosa que rodea los negocios y habitaciones”, dice don Toño, el encargado de rentar los cuartos. 

Hay al menos tres mujeres jóvenes y una señora, un hombre de la tercera edad y dos adultos más como inquilinos. Vecinos de la Zona de Tolerancia.

Don Toño ofrece además una estancia segura, lejos de la amenaza de hombres que creen que las mujeres hospedadas son trabajadoras sexuales, aseguró.

Teresa ha convertido en uno de estos cuartos su casa. De su puerta cuelga una cortina y almanaques en su pared. Una luna y un sol reciben sus visitas y el olor a caldo de pollo que sale de una parrilla le da un aroma a hogar.

Creyentes. La espiritualidad siempre está presente; las imágenes religiosas son la protección de los inquilinos.

Un frigobar y un microondas son su cocina. Su recámara, una base de bloques con un colchón. Este cuarto se convirtió en su casa desde hace 22 años cuando comenzó a trabajar en la Zona, pero tiempo después se retiró.

Entonces hizo de ese cuarto un hogar donde descansar y continuar su vida adulta. Puso cortineros, alfombra y colocó macetas que regar en un pasillo.

“Las rentas están recaras y pues aunque ya no haya trabajo es buen lugar para vivir, yo aquí me fui haciendo de mi estéreo y de mis cosas”, comentó Teresa, una señora de 48 años.

Éstos, señala, eran cuartos para dar servicio o donde vivían las mismas muchachas que trabajaban en los bares, recordó, pero esto se fue acabando y también se mudaron, una que otra se quedó a vivir aquí y otras llegaron para nada más rentar el cuarto.

Así fue como pusimos en renta los cuartos, como si fueran departamentos, un lugar dónde dormir, no practicar la prostitución como antes, agregó don Toño entre chistes rojos que hacía Teresa.

Panorama. Los patio de lo que antes fue la Zona de Tolerancia lucen ahora como los de cualquier colonia de la periferia.

LA CRISIS GOLPEA A SEXOSERVIDORAS

La crisis del coronavirus no solo azotó al comercio formal, sino también la Zona de Tolerancia. De las 300 trabajadoras que acudían hace años, en la actualidad hay menos de 70; mientras que de los 42 negocios que existían son menos de siete los que continúan abiertos.

Bailarinas exóticas, restauranteros, inversionistas, meseros y clientes migraron hacia otras zonas de la ciudad, mientras ésta muere. Lo que antes formó una colonia de bares en los cuales encontrar un éxtasis de placer y satisfacción en cada rincón. Hoy se resume a una calle, unos cuantos bares y un show donde aplauden las palmas de un par de hombres.

‘Departamento’. La renta de un cuarto con techo de lámina alcanza los 600 mensuales.

“Se largaron a otros espacios donde se prostituyen, como los alrededores de la Alameda, el distribuidor vial El Sarape, Cine Olimpia, el bulevar de Presidente Cárdenas y otros sitios”, aseguró don Toño.

Sin embargo, “la casa nunca pierde”, dice, por eso se anuncian de boca en boca la renta de cuartos. Sin que haya una aplicación digital donde exhibirlos o anuncio en los periódicos, están llenos de inquilinos.

“Quienes recurren a su renta supieron por un conocido, y la necesidad está canija pero aquí siempre hay un lugar, todavía tenemos cuartos para el que regrese”, dice don Toño, quien ve, al igual que otros renteros el negocio del hospedaje como una segunda entrada de ingresos ante la crisis que cada día exprime lo que antes era la gran Zona de Tolerancia.