La antigua ciudad española de Itálica fue una localidad del imperio romano fundada por Escipión el Africano. Ahí nacieron los emperadores Trajano y Adriano. Luego, la decadencia del imperio la llevó a la ruina y siglos después el poeta Rodrigo Caro escribió su canción a “Las ruinas de Itálica” (1607), donde uno de sus versos parece contar la decadente historia de lo que hoy pasa en Coahuila: “Por tierra derribado yace el honor, las Torres que desprecio al aire fueron, a su gran pesadumbre se rindieron”.

Aquí Rodrigo Caro le canta a las máximas glorias de Itálica: a Escipión el Africano, a Trajano, el Rayo de la Guerra, y a Elio Adriano, el Divino Imperator. También se duele de su decadencia, de la pérdida de su grandeza y esplendor.

En el estado también tenemos un museo que canta las glorias de Coahuila: Juan Antonio de la Fuente, Francisco I. Madero y don Venustiano Carranza, entre otros. Asimismo se duele de su decadencia histórica, como parece ser la derrota del exgobernador Jorge Torres López, no en las Galias ni Germania, sino desterrado del Campestre vencido por la corrupción.

Y aquí lo advertimos desde el año 2012 en la columna “Eterno homenaje a una corbata”, donde cuestionamos la exhibición de prendas de vestir de los últimos gobernadores de Coahuila en el Museo de Palacio, como la corbata que usó Torres López al rendir protesta como gobernador, un asunto que, al igual que las pantuflas de Moreira, debe ser sujeto a un riguroso revisionismo histórico, pues tales reliquias no son dignas de veneración, como las del Canto a las Ruinas de Itálica, que nos dice: “El único consuelo de todo el bien que airado nos quitó el destino, gozar de las reliquias bellas, para envidia del mundo y sus estrellas”.

Claro que esto puede enfurecer a muchos, pero es necesario revisar la historia de manera crítica y reinterpretar los homenajes y las reliquias de recientes personajes. Jorge Torres López no es la torre más alta que ha caído ni la única que caerá.

Y es que los bronces y monumentos son esencia de triunfos y epopeyas reconocidas por la posteridad. Pero hay riesgo cuando los homenajes son promovidos en vida, porque el pueblo suele tomar revancha de farsantes y ladrones. Recuerde usted que la estatua de Vicente Fox fue derribada y arrastrada por las calles de Veracruz.

Y aquí no se trata de hacer una revisión peyorativa de la historia, pero existen los que han sido defenestrados de ella por pretender igualarse a Dios. En España, el dictador Francisco Franco será echado de su mausoleo en el Valle de los Caídos. Y al Demonio de Cotija, Marcial Maciel, nunca lo dejaron ocupar el mausoleo que se construyó en el Vaticano.

Y aun aquí hay quienes pretenden ser reconocidos como la manifestación terrena de lo celestial. Como esos que piden veneración para sus pantuflas y corbatas en el Museo de Palacio. Y acaso será necesario abrir aquí una especie de “Cloaca de los Caídos”, para arrojar en ella las reliquias, los bronces y los reconocimientos de tantos pillos y ladrones. Y por qué no, los restos de esas torres que aún faltan por caer ¿Lito Ramos, Chuy Ochoa o Blas Flores? No sabemos, pero ya los esperan con la fajina de mazmorra.