A estas alturas, lo de menos es si la Suprema Corte de Justicia ratifica a Jaime Bonilla, gobernador de Baja California, para un periodo de cinco años o por el contrario, en el contexto de una severa reconvención, le conmina a que no la chingue, a que respete la Ley, la Constitución, las instituciones, la democracia y la voluntad popular, que se ajuste al periodo de dos años para el que fue electo y deje de jugarle al vivo con recursos tan baratos como “es que el pueblo quiere…”.

Es decir, por supuesto que sí es importante lo que decida la SCJN. ¡Faltaba más! Pero es que el fallo nos permitirá saber además qué tan corrompido está al día de hoy el tribunal supremo del País.

Dirimir esta controversia no tiene dobleces ni ambages: si prevalece la ley y la razón, el periodo de Bonilla será el mismo para el que se convocó a elecciones y para el que fue votado, y así los bajacalifornianos tendrán que aguantar sólo dos añitos a este viejo pasado de vivo.

Pero si la Corte resuelve que el chapucero de Bonilla se quede en el cargo cinco años como se ha emperrado, pues significa un lustro –o tres años extra al menos– de ignominia y de un gobierno completamente ilegítimo para nuestros hermanos de Baja, lo cual está del cocol, sí, pero no será tan aberrante como constatar que el Poder Judicial ya se pandeó gacho hacia el lado oscuro.

Significaría que AMLO ya se hizo de la tercera gema de su guante de poder: la esmeralda verde ejecutivo, el rubí rojo legislativo y el blanco diamante judicial, que le otorgan a su portador plenipotencia absoluta e infinita.

Cuando digo al principio de este texto que “lo de menos es el fallo que la Corte”, es porque es más importante –con el perdón de la gente de BC– la lectura que arroje dicha sentencia.

La 4T de cualquier manera ya dejó su postura clara al respecto, en la actitud festiva de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, que celebró a carcajada batiente la cobarde toma de posesión de Bonilla (a media noche y a puerta cerrada, como se perpetran los crímenes).

Capturada en cámara infraganti, la titular de Gobernación le aseguró a Bonilla que su mandato de cinco años estaba garantizado, rompiéndole así el corazón a muchos mexicanos que creyeron en ella, en su integridad y principios, básicamente por su aspecto de dulce abuelita. Aunque ya vimos que esta abuela bate el chocolate con mano de hierro.

El mismo Presidente apoya este turbio proyecto al no condenarlo (era imperioso que se pronunciase en contra de la llamada Ley Bonilla). Su silencio o parquedad al respecto sólo denota su apoyo, mismo que no puede expresar abiertamente porque la jugada de Bonilla es tremendamente impopular y repudiada por neófitos como por versados. Incluso representantes de Morena se han sentido ofendidos hasta la renuncia por lo que está aconteciendo en BC.

Algunos de los muchos analistas y expertos, que no dejan de rascarse la cabeza e indignarse ante semejante alarde de huevos, hablan de lo que se conoce como “política del alicate”, que no es sino apretar las tuercas una vuelta a la vez: someter a la población a una arbitrariedad (como la Ley Bonilla) y si la sociedad apechuga pese a todo, si la gobernabilidad no se agrieta y la vida sigue su curso, se puede proceder a darle otra vuelta, aumentando la presión a ver cuánto resistimos sin alzarnos.

En suma, AMLOVE quiere observar qué ocurre, ver cuántos elefantes es capaz de resistir la tela de una araña, y si ve que eventualmente soporta el tonelaje de la extensión de su propio mandato, dejarse caer con todo su peso presidencial.

¿Es todo una mera especulación? Lo es, pero el mutismo del Presidente no deja lugar para muchas otras lecturas plausibles:

Que López Obrador no opina por ¿respeto a la autonomía estatal? ¿Por no caer en provocaciones mediáticas? ¿Para permitir que la Corte falle y no enrarecer el clima político?

“¡Paparruchas!”, dijo Scrooge y la Navidad ya está a la vuelta de la esquina.

Es por eso que estamos hablando aquí de la Ley Bonilla y de la situación en Baja California, porque pocos acontecimientos hoy en el País son así de relevantes para perfilar lo que será el resto de la gestión de Andrés Manuel López Obrador o la artificiosa elongación de la misma.

Y vaya que yo no me opondría a muchas transformaciones radicales (sí, he dicho radicales), de nuestro sistema de Gobierno, pero por la vía parlamentaria y no por las pelotas de mi general, es decir, por el capricho testicular del mandamás en turno.

En fin, que la oposición, llámese partidos y representantes populares, pero también la población civil está como siempre, enfrascada en las nimiedades y en los chismes, cuando ya debería haber un frente común que frenase las pérfidas intenciones del señor Bonilla, las que parecen ser sólo el ensayo de un malévolo experimento en mayor escala.

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