Buscadores de tesoros en Ramos Arizpe: historias, metales y muertos en la Detectoriza 2026
En un rancho de Ramos Arizpe, cientos de detectoristas buscan metales y tesoros. Pero bajo la tierra también aparecen historias, símbolos, muertos y señales que ningún aparato puede interpretar por ellos.
—Que la presa no reclame a ninguno.
La advertencia apareció dentro del vehículo cuando pasábamos junto a Palo Blanco, camino a un rancho de Ramos Arizpe. Eran casi las tres de la tarde. El agua recibía el sol y devolvía el reflejo de quienes se habían detenido a visitarla. Mi acompañante miró hacia ese espejo.
—Que no los agarre de tributo. Así dicen las abuelas.
Cinco vehículos esperaban a uno más a la orilla del camino. Me uní a la caravana. Después supe que algunos venían de Querétaro. El semidesierto se abría alrededor de la carretera con mesetas, cerros y curvas pronunciadas. Pasamos Los Cuijes y otros ejidos
El pavimento terminó y comenzó la terracería. Más adelante regresó el pavimento. Luego volvió la terracería, como si el gobierno hubiera alcanzado a patrocinar solamente un pedazo de carretera. El recorrido duró cerca de una hora y el paisaje lo redujo a unos minutos. Si hubiera viajado solo, me habría perdido. Los organizadores habían colgado lonas en las desviaciones. Cada una confirmaba que todavía íbamos hacia alguna parte.
UNA FRATERNAL BIENVENIDA
Al final nos esperaba un arco inflable negro y dorado con la silueta de un hombre sosteniendo un detector. DETECTORIZA 2026, decía. Quienes habían llegado antes levantaban la mano para cedernos el paso. Saludaban con la confianza reservada para los conocidos. Buena parte del grupo estaba reuniéndose por primera vez.
Busqué a Ervey Martínez. Me reconoció desde lejos por mi bigote. Forma parte de Gambuseando Saltillo y en redes sociales es conocido como MARC DETECTA. Me explicó que aquella era la quinta edición del encuentro y calculó más de trescientos asistentes procedentes de varios estados de México, además de una persona llegada de Uruguay.
Ervey había participado desde los primeros encuentros. En 2022, una reunión organizada en Coahuila congregó a 254 detectoristas.
Un reportaje publicado entonces por VANGUARDIA explicó cómo se utilizan los equipos, qué objetos suelen aparecer en la región y por qué una persona puede pasar diez horas caminando bajo el sol en espera de un pitido. Cuatro años después, el campamento previo ya formaba parte del programa. La noche estaba reservada para las historias que nacen cuando todos guardan el detector.
La competencia comenzaría el domingo. Para entonces, en el rancho ya había personas buscando.
COMPAÑEROS DE BÚSQUEDA
Ervey me presentó a Alejandra Socorro García Hernández y a Hever Ortuño Pineda. Ella había viajado desde Capulhuac, Estado de México. Llevaba veintiocho años como detectorista, estudiaba marcas y símbolos, ejercía como curandera y se definía como médium. Hever venía de Michoacán. Realizaba búsquedas de tesoros a profundidad en distintas partes del país, vendía equipos de detección metálica y desde hacía tres años cobraba por explorar propiedades.
Con ellos y varias personas más, subí un cerro cercano al campamento. El ascenso obligaba a elegir dónde poner los pies entre la piedra, la tierra suelta y la vegetación del semidesierto. Hever cargaba el equipo. Alejandra revisaba el terreno. Una marca significativa podía justificar el esfuerzo de llevar los aparatos hasta un sitio difícil.
En la comunidad distinguen al detectorista del buscador de tesoros. El primero recorre el suelo con el plato del aparato a pocos centímetros de la superficie. Persigue monedas, anillos y objetos que alguna vez se salieron de una bolsa. El segundo llega después de estudiar el lugar. Busca vestigios de antiguas construcciones, cruces, figuras grabadas, modificaciones en un muro y relatos repetidos dentro de una familia.
Según Hever, sus equipos permiten localizar metales, cavidades y anomalías a mayor profundidad.
Hever se volvió profesional cuando los propietarios comenzaron a pagarle por su conocimiento.
Lo contratan para revisar haciendas, quintas, casas y terrenos donde existe la historia de un guardado. Pasa los equipos, marca los puntos y entrega un diagnóstico. La decisión de abrir un piso o perforar un muro pertenece a quien vive ahí.
TAMBIÉN UNA PROFESIÓN
Uno de sus mejores registros apareció en una casa construida entre finales del siglo XIX y principios del XX. La propiedad había sido remodelada. La sala ocupaba el espacio de un antiguo patio.
Los aparatos, según Hever, marcaron un posible vacío a unos dos metros de profundidad. Trazó una equis sobre el punto y explicó cómo sondearlo sin destruir la habitación.
En un cuarto encontraron otra señal debajo de una loseta, justo donde comenzaba el arco de una puerta antigua. La misma familia poseía una casa cercana que durante muchos años rentó a un sastre. El hombre envejeció y murió dentro de ella. Cuando Hever revisó su habitación, el equipo registró metal en la pared, a unos dos metros de altura, junto al lugar que había ocupado la cabecera de la cama. El resane todavía era visible. Hever entregó los resultados. Los dueños nunca le contaron qué salió de ahí.
La búsqueda profesional conserva ese tipo de silencio. Quien contrata recibe la ubicación de una anomalía y continúa a solas con lo que su familia lleva años contando.
MÁS QUE UNA BÚSQUEDA
Alejandra aporta otra lectura. Ella estudia símbolos, cruces y líneas de tiempo. También atiende a lo que ella describe como entidades adheridas a una persona, un objeto o un lugar. En su manera de trabajar, el equipo de Hever y su conocimiento como curandera forman una misma exploración.
—Ambas partes se fusionan dentro del detectorismo —dijo.
Su creencia tiene reglas. Desconfía de quienes cobran por asegurar que un muerto les reveló la ubicación de un tesoro. También rechaza las promesas construidas con cartas, predicciones o mensajes recibidos durante una sesión.
—Si un muerto me dijera dónde está directamente, yo sería multimillonaria.
Alejandra exige una marca, información del asentamiento y resultados producidos por los aparatos. Las presencias pertenecen a otro espacio de su trabajo. Cuando considera que una entidad permanece en un sitio, hace una oración, le da luz y pide descanso para ella. Describe adherencias capaces de provocar pesadez, sueño o el deseo de abandonar una búsqueda.
La noche anterior a nuestra conversación había vivido una experiencia que todavía la mantenía inquieta.
Alejandra y Hever llegaron a la casa de un compañero que les permitió acampar antes de La Detectoriza. Durante la reunión, la familia habló de una mujer que aparecía en la propiedad. Cada visitante se retiró a dormir. Alejandra eligió su camioneta. Los perros encargados del resguardo quedaron encerrados a un costado.
Entre las tres y las tres y media de la mañana, la camioneta se asentó y produjo un crujido. Alejandra pensó que alguien había subido. Abrió los ojos y vio una figura a unos centímetros de su cara. La describe blanca, alta, de fisonomía alargada y con apariencia momificada.
—Pegué el brinco de mi vida.
Los perros comenzaron a ladrar. Después aullaron y lloraron. Hever y la familia escucharon a los animales desde donde dormían. Al amanecer, durante el desayuno, Alejandra contó lo que había visto. La figura no coincidía con la mujer mencionada la noche anterior. El dueño relacionó la descripción con un antiguo propietario asesinado en esa casa.
El inmueble había funcionado como molino y lugar de almacenamiento de grano. La familia decía que allí hubo un guardado y que habían aparecido monedas.
Alejandra interpretó la aparición como la del antiguo propietario, todavía ligado al sitio y, según su lectura, en busca de ayuda para descansar.
—¿Por qué me buscan? Porque soy un portal de vinculación energética.
MONEDAS BAJO EL SOL
Horas después estaba en el cerro, junto a Hever, siguiendo marcas y disfrutando del lugar bajo el sol.
El programa del sábado concedía la tarde a la instalación del campamento. Bajo los árboles aparecieron casas de campaña de todos los colores.
Los vehículos quedaron estacionados en orden frente a ellas. Hubo una rifa, intercambio de objetos y una charla del paramédico Rigoberto Vigil sobre fogatas y fauna nociva.
La noche continuó con Gerardo Alvarado Rodríguez, conocido como Jerryz y presentado como el Vaquero de las Leyendas. Gerardo dice que lleva cuatro décadas investigando fenómenos paranormales y cerca de veinte años en el detectorismo. También ha dedicado buena parte de su vida a la numismática.
Para él, la búsqueda de tesoros va acompañada por la energía que las personas imprimen en los objetos. Una moneda pasa por manos, bolsillos y habitaciones. Puede permanecer décadas debajo de la tierra. El detector recupera el metal. La historia de sus propietarios llega con él.
Las reuniones nocturnas surgieron de una conversación entre Gerardo e Ignacio García. Algunos integrantes de la comunidad habían escuchado voces, visto luces o regresado a casa con una sensación que no podían contar dentro de sus familias.
La fogata se convirtió en un lugar para compartir esas experiencias.
OBJETOS Y ENTIDADES
Gerardo llevó varios objetos de culto para su charla. Dijo que todavía conservaban actividad. Entre ellos estaba una lámpara pequeña de cobre o bronce que encontró junto con un candelabro que ubica en el siglo XVII.
Desde que la llevó a casa, comenzaron los ruidos. Tocaban la puerta y algunas cosas se apagaban. Una mañana, cuando estaba por salir a trabajar, él y su esposa vieron emerger de la lámpara una forma parecida a una araña, hecha de algo semejante a una fibra negra para lavar trastes.
La figura cayó sobre la mesa, saltó a su mano, alcanzó una puerta y dobló hacia el interior de la casa. Ambos fueron detrás de ella. Ya no encontraron nada.
Gerardo publicó la historia en sus redes sociales y ofreció enviar la lámpara a quien quisiera ponerla a prueba.
Una persona de Coahuila aceptó. Con el paso de las semanas reportó movimientos inexplicables dentro de la casa y, después, problemas de salud y personales. Gerardo relacionó esos cambios con el objeto, recuperó la lámpara y realizó lo que llama una desactivación.
La pieza regresó a su colección. Para Gerardo, el hallazgo todavía requería cuidados muchos años después de haber salido de la tierra.
Al terminar su intervención, los asistentes tomaron el micrófono. Las historias circularon alrededor de la fogata.
El descanso estaba programado después de la medianoche. A la mañana siguiente, los detectores volverían a trabajar.
INICIO DE LA BÚSQUEDA
El domingo comenzó con una competencia infantil.
Más tarde, los adultos entraron al área delimitada para la detección.
El sol subió sobre los cerros y dejó sin sombras a los participantes.
Algunas personas se alejaron hasta convertirse en puntos que movían el detector de izquierda a derecha.
Otras avanzaban en grupos, con cuidado de no ser mordidas por una víbora de cascabel.
El plato pasaba casi rozando el suelo. Cada pitido obligaba a detenerse y decidir si la señal merecía un agujero.
Los organizadores habían enterrado monedas de plata y cobre, fichas conmemorativas y piezas marcadas que podían cambiarse por premios. Los participantes sabían que había objetos bajo sus pies. Desconocían el tono que conduciría a cada uno.
AÑOS CON UNA PALA
Fuera de las competencias, Ervey había seguido señales sin esa certeza. Durante cerca de tres años regresó a un antiguo asentamiento de La Laguna donde encontró anillos, medallas, botones militares y monedas fechadas entre el siglo XIX y mediados del XX. Casi nunca veía a otra persona.
Una mañana, cerca del mediodía, se agachó para excavar y escuchó las risas de una mujer y una niña. Parecían cuchichear a poca distancia. Ervey se levantó y revisó el terreno. No había nadie. Volvió a inclinarse. Las escuchó otra vez. Subió a un bordo desde donde podía observar los alrededores. Esperó. Regresó al agujero. Las voces reaparecieron cuando acercó el cuerpo al suelo.
En otro paraje, durante el invierno, sintió escalofríos y la certeza de que alguien lo observaba. Guardó el detector y subió a la camioneta. Una manada de perros flacos cruzó el camino. Tiempo después, un hombre que trabajaba cerca señaló el mismo tramo y dijo que allí se escuchaban ruidos.
La familia de la zona añadió una historia. Años atrás, dijeron, uno de los perros regresó con una mano humana en el hocico. Según su relato, las autoridades encontraron después el cuerpo de una mujer enterrada en ese punto.
Ervey conserva varias explicaciones. Su instinto pudo advertirle la llegada de los perros. La historia del lugar pudo influir en quienes conocían el hallazgo. Pero tampoco descarta que dos momentos separados lleguen a tocarse.
INSTINTO ANTIGUO
Durante una expedición rumbo a Zacatecas se apartó de sus compañeros y descendió hacia un paso cubierto de vegetación. Escuchó algo que se acercaba con rapidez. Pensó en una camioneta. El sonido adquirió el traqueteo de una carreta. Los arbustos comenzaron a moverse siguiendo una línea. El movimiento pasó a cuatro o cinco metros de él y continuó por el monte. Ervey no vio caballos, ruedas ni conductor.
Cuando se acercó, encontró debajo de las ramas el trazo de un camino antiguo.
Para él, aquel sendero había vuelto a ser transitado durante unos segundos.
El hallazgo que más lo perturbó ocurrió en un lugar donde se libró una batalla. Ervey acudió con un grupo que tenía acceso por una propiedad cercana. En el terreno aparecieron balas de mosquete y algunas piezas pequeñas.
Cuando sus compañeros cambiaron de dirección, su detector produjo un tono ferroso distinto de los demás. Ervey comenzó a excavar. Primero salieron fragmentos de hueso y balas de mosquete. La piedra del cerro impedía bajar más. Todo estaba disperso dentro de un diámetro de unos cincuenta centímetros.
Ervey pensó que se trataba de un soldado estadounidense. Imaginó que el cuerpo había permanecido sobre la pendiente, fuera de las sepulturas, y que el agua y los animales lo habían separado con los años. Una de las balas pudo haberlo matado. Eran deducciones hechas desde un agujero abierto en el campo de batalla.
El cráneo le preocupaba. Temía encontrarlo y soñarlo durante meses. Detuvo la excavación y volvió a cubrir los huesos con tierra. Dice que pidió disculpas en voz alta y deseó descanso al muerto.
No se llevó nada. Tiempo después, personas vinculadas con el museo local conocieron el hallazgo y le preguntaron por el sitio.
El detector había localizado metal. Ervey encontró también un cuerpo, una posible muerte y la responsabilidad de decidir qué debía permanecer ahí.
CUANDO LO ENCONTRADO NO TE PERTENECE
La legislación mexicana establece una frontera que no depende de lo que marque el detector. La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, cuya última reforma fue publicada el 14 de noviembre de 2025, establece que los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles son propiedad de la Nación. Quien encuentre un bien arqueológico debe avisar a la autoridad civil más cercana. La propia ley reserva los trabajos materiales destinados a descubrir o explorar monumentos arqueológicos al INAH o a instituciones científicas o de reconocida solvencia moral previamente autorizadas.
En determinados casos, los particulares pueden recibir la custodia de bienes arqueológicos mediante su registro y una concesión de uso. Esa custodia no los convierte en propietarios y el registro no certifica por sí mismo la autenticidad de la pieza.
Alejandra y Hever hablaron del expolio, las tumbas y las piezas que salen del país. Durante una búsqueda puede aparecer un recipiente prehispánico que ningún aparato está persiguiendo. Su recomendación consiste en detener el trabajo, dar aviso y evitar mover el hallazgo.
—No somos los expertos en ese tema —dijeron—. Es mejor no hacerlo.
HISTORIAS Y ENCUENTROS
Por la tarde, los asistentes se reunieron debajo del arco inflable para la fotografía oficial. Había gorras, sombreros, cubrecuellos, botas y camisas de manga larga. Algunos sostenían el detector frente al cuerpo. Otros lo levantaron hasta apuntar el plato hacia el cielo. Durante unos segundos, las herramientas dejaron de mirar la tierra.
En el camino de llegada, las lonas habían indicado cada desviación. Dentro del rancho, las señales exigían otra clase de lectura. Hever buscaba anomalías profundas; Alejandra, símbolos y presencias; Gerardo, la energía que atribuía a los objetos recuperados. Ervey escuchaba las historias que el terreno abría frente a él.
Después de la fotografía, los detectores volvieron a bajar. El plato quedó a unos centímetros del suelo. Durante el fin de semana habían buscado monedas, metales, vacíos, símbolos, historias y presencias. Algunas señales terminaron en un agujero; otras, en una conversación. Luego alguien dio otro paso. El detector volvió a pasar sobre la tierra y esperó el siguiente pitido.
El plato pasaba casi rozando el suelo. Cada pitido obligaba a detenerse y decidir si la señal merecía un agujero.
Los organizadores habían enterrado monedas de plata y cobre, fichas conmemorativas y piezas marcadas que podían cambiarse por premios. Los participantes sabían que había objetos bajo sus pies. Desconocían el tono que conduciría a cada uno.
AÑOS CON UNA PALA
Fuera de las competencias, Ervey había seguido señales sin esa certeza. Durante cerca de tres años regresó a un antiguo asentamiento de La Laguna donde encontró anillos, medallas, botones militares y monedas fechadas entre el siglo XIX y mediados del XX. Casi nunca veía a otra persona.
Una mañana, cerca del mediodía, se agachó para excavar y escuchó las risas de una mujer y una niña. Parecían cuchichear a poca distancia. Ervey se levantó y revisó el terreno. No había nadie. Volvió a inclinarse. Las escuchó otra vez. Subió a un bordo desde donde podía observar los alrededores. Esperó. Regresó al agujero. Las voces reaparecieron cuando acercó el cuerpo al suelo.
En otro paraje, durante el invierno, sintió escalofríos y la certeza de que alguien lo observaba. Guardó el detector y subió a la camioneta. Una manada de perros flacos cruzó el camino. Tiempo después, un hombre que trabajaba cerca señaló el mismo tramo y dijo que allí se escuchaban ruidos.
La familia de la zona añadió una historia. Años atrás, dijeron, uno de los perros regresó con una mano humana en el hocico. Según su relato, las autoridades encontraron después el cuerpo de una mujer enterrada en ese punto.
Ervey conserva varias explicaciones. Su instinto pudo advertirle la llegada de los perros. La historia del lugar pudo influir en quienes conocían el hallazgo. Pero tampoco descarta que dos momentos separados lleguen a tocarse.
INSTINTO ANTIGUO
Durante una expedición rumbo a Zacatecas se apartó de sus compañeros y descendió hacia un paso cubierto de vegetación. Escuchó algo que se acercaba con rapidez. Pensó en una camioneta. El sonido adquirió el traqueteo de una carreta. Los arbustos comenzaron a moverse siguiendo una línea. El movimiento pasó a cuatro o cinco metros de él y continuó por el monte. Ervey no vio caballos, ruedas ni conductor.
Cuando se acercó, encontró debajo de las ramas el trazo de un camino antiguo.
Para él, aquel sendero había vuelto a ser transitado durante unos segundos.
El hallazgo que más lo perturbó ocurrió en un lugar donde se libró una batalla. Ervey acudió con un grupo que tenía acceso por una propiedad cercana. En el terreno aparecieron balas de mosquete y algunas piezas pequeñas.
Cuando sus compañeros cambiaron de dirección, su detector produjo un tono ferroso distinto de los demás. Ervey comenzó a excavar. Primero salieron fragmentos de hueso y balas de mosquete. La piedra del cerro impedía bajar más. Todo estaba disperso dentro de un diámetro de unos cincuenta centímetros.
Ervey pensó que se trataba de un soldado estadounidense. Imaginó que el cuerpo había permanecido sobre la pendiente, fuera de las sepulturas, y que el agua y los animales lo habían separado con los años. Una de las balas pudo haberlo matado. Eran deducciones hechas desde un agujero abierto en el campo de batalla.
El cráneo le preocupaba. Temía encontrarlo y soñarlo durante meses. Detuvo la excavación y volvió a cubrir los huesos con tierra. Dice que pidió disculpas en voz alta y deseó descanso al muerto.
No se llevó nada. Tiempo después, personas vinculadas con el museo local conocieron el hallazgo y le preguntaron por el sitio.
El detector había localizado metal. Ervey encontró también un cuerpo, una posible muerte y la responsabilidad de decidir qué debía permanecer ahí.
CUANDO LO ENCONTRADO NO TE PERTENECE
La legislación mexicana establece una frontera que no depende de lo que marque el detector. La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, cuya última reforma fue publicada el 14 de noviembre de 2025, establece que los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles son propiedad de la Nación. Quien encuentre un bien arqueológico debe avisar a la autoridad civil más cercana. La propia ley reserva los trabajos materiales destinados a descubrir o explorar monumentos arqueológicos al INAH o a instituciones científicas o de reconocida solvencia moral previamente autorizadas.
En determinados casos, los particulares pueden recibir la custodia de bienes arqueológicos mediante su registro y una concesión de uso. Esa custodia no los convierte en propietarios y el registro no certifica por sí mismo la autenticidad de la pieza.
Alejandra y Hever hablaron del expolio, las tumbas y las piezas que salen del país. Durante una búsqueda puede aparecer un recipiente prehispánico que ningún aparato está persiguiendo. Su recomendación consiste en detener el trabajo, dar aviso y evitar mover el hallazgo.
—No somos los expertos en ese tema —dijeron—. Es mejor no hacerlo.
HISTORIAS Y ENCUENTROS
Por la tarde, los asistentes se reunieron debajo del arco inflable para la fotografía oficial. Había gorras, sombreros, cubrecuellos, botas y camisas de manga larga. Algunos sostenían el detector frente al cuerpo. Otros lo levantaron hasta apuntar el plato hacia el cielo. Durante unos segundos, las herramientas dejaron de mirar la tierra.
En el camino de llegada, las lonas habían indicado cada desviación. Dentro del rancho, las señales exigían otra clase de lectura. Hever buscaba anomalías profundas; Alejandra, símbolos y presencias; Gerardo, la energía que atribuía a los objetos recuperados. Ervey escuchaba las historias que el terreno abría frente a él.
Después de la fotografía, los detectores volvieron a bajar. El plato quedó a unos centímetros del suelo. Durante el fin de semana habían buscado monedas, metales, vacíos, símbolos, historias y presencias. Algunas señales terminaron en un agujero; otras, en una conversación. Luego alguien dio otro paso. El detector volvió a pasar sobre la tierra y esperó el siguiente pitido.