Conversaciones con Vito Alessio Robles
Un par de cervezas, una sobremesa con amigos y el nombre de Vito Alessio Robles bastaron para que volviera a preguntarme cómo habría sido sentarse frente a él. En la charla salió a relucir lo mucho que perdió en política, la gubernatura, la campaña presidencial de Vasconcelos, pero también coincidimos en que ahí donde fracasó como político, ganó como historiador: hoy se le reconoce como el más grande de Coahuila. De esa conversación nació esta entrevista imaginaria: un reportero que llega a la Ciudad de México en 1936 buscando, en los recuerdos de don Vito, las raíces de Coahuila que sus padres dejaron atrás. Así surgió la idea de esta conversación ficticia con don Vito.
EL REPORTERO
Me llamo Luis Ábrego. Trabajo como reportero para el periódico La Voz de Los Ángeles. Soy hijo de coahuilenses que emigraron durante los años más duros de la Revolución Mexicana. Mi padre era de Monclova; mi madre, de Saltillo. Nunca dejaron de hablarme de la tierra que tuvieron que abandonar. Ella aún suspira cuando menciona los paseos por la Alameda Zaragoza; él recuerda los atardeceres junto al río Monclova.
Este verano de 1936, gracias a un contacto de mi padre, viajé a la Ciudad de México con un objetivo que me llena de entusiasmo: entrevistar a quien muchos consideran el mejor historiador del norte de México, un hombre de carácter severo y disciplina militar, pero también de palabra generosa: don Vito Alessio Robles.
Debo confesar que llegué a la capital sabiendo poco más que lo básico sobre la historia del noreste. Mis padres me habían contado relatos de Coahuila, siempre teñidos de nostalgia y dolor por el desarraigo. Como muchos mexicoamericanos de mi generación, soy más gringo que mexicano en mis conocimientos de historia.
EL HISTORIADOR
En la historia de México hay personajes que parecen vivir varias vidas en una sola. Tal es el caso de Vito Alessio Robles. Durante años fue uno de los opositores más firmes de su tiempo: senador, diputado, periodista combativo y director de El Demócrata. Su voz, sus denuncias y sus discursos lo convirtieron en un hombre respetado, cuya actividad política lo llevó incluso a la prisión.
Ese capítulo, sin embargo, quedó atrás. Lejos ya de la agitación pública, Alessio Robles se dedica por completo a la historia. En su casa, rodeado de una biblioteca inmensa y con la ayuda de sus hijas, pasa los días revisando documentos, copiando manuscritos y escribiendo libros que han ganado un lugar entre los lectores. Obras como Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva España y Saltillo en la Historia y la Leyenda marcan su paso de combatiente político a cronista riguroso del pasado.
LA CASA
Son poco más de las nueve de la mañana. La residencia de don Vito huele a papel y a café recién hecho. Las paredes están cubiertas de estantes de madera que llegan hasta el techo. Un gran mapa de Coahuila domina uno de los muros.
Don Vito aparece: un hombre alto y robusto, viste camisa blanca con mancuernillas y sostiene en la mano izquierda una taza de café. Sus canas están peinadas hacia atrás; sobre la nariz descansan unos lentes redondos. Su mirada es profunda y severa.
En la biblioteca trabajan tres de sus hijas. Margarita pasa en limpio los borradores en una máquina de escribir cuyo carro retumba cada vez que cambia de renglón. Leonor revisa y coteja fechas en libros de consulta. Angelita, la menor, organiza fichas en una caja de madera y estampa su letra en tarjetas que clasifican el archivo de su padre.
Al tenerlo frente a mí, sentí una mezcla de nerviosismo y admiración. No solo estaba ante el historiador más importante del norte de México: tenía delante a una leyenda viviente. Este hombre había combatido en la Revolución, apoyó a Vasconcelos en su campaña presidencial de 1929, intentó ser gobernador de Coahuila, y fue senador y diplomático en Europa.
DE LA POLÍTICA A LA HISTORIA
—Usted fue un hombre de discursos encendidos y de lucha política. ¿Cómo es que pasó a los archivos, los papeles y los libros?
—La política fue un deber, pero los libros han sido siempre una vocación. En un momento comprendí que mi lucha en las cámaras y en las plazas estaba cumplida. Pasé muchos años en debates, en batallas, incluso con riesgo de mi vida, y estuve preso. Pero la historia me llamaba. La palabra en el Congreso se apaga con el tiempo; la palabra escrita permanece.
SU BIBLIOTECA PERSONAL
—¿Qué significa para usted esta colección de documentos y crónicas antiguas que conserva con tanto cuidado?
—Es mi mayor tesoro. En estas paredes guardo actas, crónicas, reales cédulas y papeles que hablan del origen de nuestra tierra. Aquí está la raíz de Saltillo, de Monclova, de Parras. Rescatar esos documentos es rescatar la memoria del norte de México, tantas veces olvidado en la historia nacional.
Suelta un leve suspiro. “Aquí están mis recuerdos —dice, señalando papeles y libros—, y cuando yo me muera, espero que todo esto esté un día en Saltillo.”
LA AYUDA FAMILIAR
—Sus hijas participan cada día en su trabajo. ¿Cómo es esa dinámica familiar alrededor de la historia?
—Ellas son mis manos. Margarita, Leonor y Ángela me ayudan copiando a máquina mis borradores y corrigiendo detalles. No es un trabajo fácil: sin ellas no podría avanzar al ritmo que lo hago. Mis hijas son parte de cada uno de mis libros.
EL VALOR DE LA MEMORIA
—Usted dice que escribe “la verdad, aunque duela”. ¿Qué lugar ocupa la verdad en la historia que narra?
—La verdad es el deber del historiador. No se trata de halagar ni de maquillar los hechos, sino de mostrarlos tal como fueron. Yo mismo, en mis memorias, he escrito pasajes desagradables pero necesarios. México necesita conocer su historia con sus luces y con sus sombras.
MIRADA AL PASADO POLÍTICO
—¿Qué recuerdos guarda más vivos: los triunfos, los debates, ¿o los momentos de mayor riesgo, como su prisión en Lecumberri?
—Todos dejaron una marca en mí. Las batallas en el Congreso, porque ahí se ponía a prueba la fuerza de las ideas. Pero también Lecumberri: ese encierro me cambió. Estuve cerca de la muerte, y es en esos instantes cuando uno mide hasta dónde está dispuesto a llegar por sus convicciones. No me arrepiento; era lo que mi conciencia me pedía.
EL VELORIO DE SERRANO
—Después de la matanza de Huitzilac, en 1927, usted ofreció su casa para velar el cuerpo del general Francisco R. Serrano. En cambio, no hizo lo mismo por Otilio González, que también murió esa noche. ¿Por qué esa diferencia, y qué pasó realmente?
—Aquellos días fueron de los más sombríos que me ha tocado vivir. Serrano y yo veníamos de la misma trinchera política; lo asesinaron junto con varios acompañantes por orden de quienes no estaban dispuestos a perder el poder por la vía de las urnas. Cuando trajeron su cuerpo, nadie quería arriesgarse a recibirlo: el miedo era tal que ofrecer una casa podía leerse como declaración de guerra. Yo abrí la mía. No podía permitir que un hombre con quien había compartido tantas luchas fuera velado a escondidas, casi con vergüenza.
En cuanto a Otilio González, no hubo de mi parte ninguna decisión de incluir a unos y excluir a otros: mi casa simplemente no era un lugar tan grande para todas las víctimas. González fue velado por su propia familia. Si la memoria asocia mi casa solo con Serrano, es porque él era la figura visible.
PROYECTOS ACTUALES
—¿Qué obra prepara ahora y cuál quisiera que quedara como su legado más importante?
—Trabajo en varios proyectos. Uno se va a llamar Coahuila y Texas en la Época Colonial. Preparo también un estudio sobre la conquista del Nuevo Reino de León. Pero más allá de títulos, lo que quisiera dejar como legado es la certeza de que el norte de México tiene una historia grande, digna de ser conocida. Que nadie diga que nuestra región fue solo desierto: fue también cuna de hombres, de ideas y de proyectos que ayudaron a forjar este país.
LOS DOCUMENTOS DE AUSTIN
—Don Vito, hay quienes dicen que durante su estancia en los archivos de Texas usted se llevó documentos que no le pertenecían. ¿Es cierto eso?
(Deja la taza sobre el escritorio con un golpe seco. Se recarga en el respaldo de su silla y me mira fijamente unos segundos antes de responder.)
—Mire usted, he escuchado esa versión y no me sorprende que circule. En México, cuando alguien trabaja con disciplina y obtiene resultados que otros no obtienen, siempre aparece quien prefiere inventar una explicación antes de reconocer que simplemente no se tomó el trabajo de buscar. Yo estuve en Austin, revisé acervos que nadie había tocado en años y traje a México información que de otro modo habría seguido ignorada. ¿Que me llevé documentos? Lo que me llevé fueron copias, notas y transcripciones hechas con mis propias manos, página por página. Si alguien tiene pruebas, que las presente. Esa historia me parece más chisme que otra cosa.
Frunce el ceño y da un sorbo largo de café. La pregunta no lo incomoda del todo.
LOS GUACHICHILES Y EL SILENCIO
—Algunos historiadores le reprochan no haber escrito lo suficiente sobre los pueblos nativos del norte, en particular sobre los guachichiles. ¿A qué se debió eso?
(Toma los lentes de la mesa y los sostiene entre los dedos sin ponérselos.)
—Es un reproche que entiendo, aunque no lo comparto del todo. Las fuentes sobre los guachichiles son escasas, fragmentadas y casi siempre escritas por quien los combatía. Trabajar con ese material exige una cautela enorme, porque es muy fácil construir una historia que parezca sólida y que en realidad no sea más que especulación. Prefiero escribir poco con certeza que mucho con relleno. Ahora bien, si la pregunta es si pude haber hecho más, probablemente sí. El norte tiene una deuda con sus primeros habitantes que ninguno de nosotros ha saldado del todo. Eso no lo discuto. Pero acúseme usted de prudente, no de indiferente.
DESPEDIDA
La luz de la mañana se fue, el sol de mediodía cae y el café de la taza de don Vito se ha enfriado sin que él lo note. Cierro mi libreta, consciente de que llevo conmigo mucho más de lo que esperaba.
—Ábrego —me dice, levantándose con esa lentitud de quien ha pasado horas sentado—, dígale a sus padres que no olviden a Coahuila. Dígales también que un hijo que viene a preguntar por sus orígenes ya ha hecho, con eso, la mitad del camino de regreso.
Me extiende la mano, firme, y con la otra señala hacia los estantes que cubren la pared.
—Cuando toda mi biblioteca llegue a Saltillo, como espero que ocurra, quiero pensar que usted o sus hijos la van a leer. No para admirarla, sino para seguir preguntando. Esa es la única utilidad real de la historia.
Salgo de la casa con el sol de frente y el bullicio de la ciudad recibiéndome de golpe. Pienso en mi madre, en la Alameda Zaragoza, en el río Monclova que mi padre describe con los ojos cerrados. Por primera vez, esos lugares no me parecen solo recuerdos ajenos.
ACLARACIÓN
Esta es una recreación periodística: los hechos y las ideas atribuidas a Vito Alessio Robles (1879–1957) están documentados en sus escritos y en testimonios de la época; el diálogo y el personaje del reportero son ficticios. Cualquier error de interpretación es responsabilidad mía.
El recurso de recrear conversaciones con personajes históricos tiene tradición en varios relatores, la ficción puede acercarnos a la verdad de una época con una eficacia que los datos actuales a veces no siempre logran.