Los Pilares, cuna de estirpe tlaxcalteca en Saltillo

Los Pilares, cuna de estirpe tlaxcalteca en Saltillo

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Una huerta, un arroyo, un barrio, una ermita y un merendero. En el poniente de Saltillo, un rincón llamado Los Pilares guardó durante siglos la memoria viva de los tlaxcaltecas

Saltillo
/ 7 marzo 2026
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Desde los tiempos del antiguo pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala existió una huerta grande y generosa llamada Los Pilares. La enorme huerta abarcaba una buena franja de tierra junto al arroyo del pueblo, en el poniente de la ciudad, y se extendía desde la hoy calle de Ramos Arizpe hasta la calle de Lerdo de Tejada. No fue solo un conjunto de árboles: fue el corazón de un barrio, dio nombre a un arroyo, a una calle y a un templo dedicado a la Virgen de Guadalupe, y escenario de muchas historias que merecen ser contadas.

Los Pilares fue además el nombre de uno de los arroyos que se desprendían del cauce principal del arroyo del pueblo. En el mapa de 1836, trazado por el cuerpo de ingenieros del Ejército Mexicano bajo el mando de Antonio López de Santa Anna, se registra la traza de la ciudad con los nombres de sus calles. Dicho plano indica con claridad que sobre el arroyo de Los Pilares había un puente para acceder a la huerta por la novena calle de Iturbide, hoy calle Manuel Pérez Treviño, en la cuadra que comienza al cruzar la calle de Emilio Carranza rumbo al poniente. Para 1867 ese tramo se le conocía como calle del Puente Antiguo, denominación que corresponde al tramo de la actual calle Pérez Treviño desde Emilio Carranza hacia el poniente, ello sugiere que dicho puente existía desde muchísimo tiempo atrás.

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EL SEGUNDO PUENTE

En 1916, una solicitud del director de la Junta de Mejoras Materiales pedía al presidente municipal de Saltillo que los carretones de limpieza vaciaran su carga de basura en el arroyo Los Pilares, bajo el puente de la calle de Victoria.

EL TEMPLO DE LOS PILARES

Los orígenes del hoy Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe se remontan a finales del siglo XVIII. El 5 de julio de 1794, los vecinos del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala enviaron a Monterrey una solicitud para construir una capilla en honor a la Virgen de Guadalupe, por no contar con un lugar donde venerarla. La autorización llegó el 14 de julio del mismo año, firmada por el obispo del Nuevo Reyno de León, el Dr. Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés. El sitio elegido fue una pequeña elevación conocida como La Loma del Cituado, grafía de la época, en los linderos del pueblo de San Esteban.

La ermita, sencilla y modesta, abrió sus puertas a principios del siglo XIX. No existe fotografía alguna de aquella primera construcción. Sin embargo, un análisis minucioso de una toma del fotógrafo Charles Betts Waite, captada en 1901 desde el Cerro del Pueblo, permite distinguir el templo por su parte trasera: su fachada daba al oriente y se aprecia claramente una construcción de mampostería con cierta prestancia, nada modesta, aunque de dimensiones pequeñas para la patrona del Tepeyac. En agosto de 1911 ese templo fue demolido para dar paso al edificio de estilo gótico que conocemos hoy, obra financiada por doña Trinidad Narro de Maas y diseñada por el ingeniero franco-canadiense Henri Guindon.

$!Puente Antiguo sobre el arroyo Los Pilares. Plano de 1836.

PORTADORES DE LA HERENCIA TLAXCALTECA

Una de las familias tlaxcaltecas propietarias de la huerta de Los Pilares fue la de don Pedro Valerio de la Cruz y su esposa María Estéfana Carvajal. Las tierras desde la fundación de San Esteban, siempre en posesión de los tlaxcaltecas, habían pasado de mano en mano por generaciones. De esa estirpe proviene José María Gabriel Valerio Carvajal, quien heredó y recuperó parte de esas tierras. Don Gabriel estudió abogacía y se recibió en la Ciudad de México en 1879; de regreso a Saltillo ocupó cargos de peso: juez de Distrito, magistrado del Supremo Tribunal de Justicia y secretario de Gobierno durante la administración del gobernador José María Garza Galán. Con el título en mano, dedicó también sus esfuerzos a recuperar legalmente las tierras arrebatadas a los tlaxcaltecas en las últimas décadas del siglo XIX.

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Tras servir con el gobernador Garza Galán, se retiró de la política y se dedicó a la docencia en el Ateneo Fuente. En 1909, el gobernador Jesús de Valle, como Gobernador de Coahuila, llamó al Lic. Gabriel Valerio a colaborar con su administración. Así, ejerció como gobernador interino de Coahuila durante un breve periodo en 1910, cargo que desempeñó con discreción.

Un gesto generoso del Lic. Valerio, fue donar una porción de terreno de su propiedad de Los Pilares para abrir una pequeña calle detrás del Santuario de Guadalupe. En agradecimiento, el ayuntamiento dio su nombre a dicha calle.

LA CHONA DE LOS PILARES

Vayamos más atrás en el tiempo, en ese barrio vivió y trabajó una mujer que merece capítulo aparte. María Concepción Quiterio Valerio, no Asunción, como muchos la han llamado, prima hermana de Gabriel Valerio nació en 1825, hija de Juan José Quiterio y María Brígida Valerio. La joven Concepción abrió un merendero en 1840, muy cerca del templo de Los Pilares.

En el merendero se ofrecían enchiladas en tortillas coloradas rellenas de queso fresco, cebolla cruda y papas en trocitos; chiles toreados; tamales envueltos en hoja de maíz, pulque almendrado y el famoso pan de pulque, herencia inconfundible de la herencia tlaxcalteca. La Chona servía su puesto con respeto y trataba a todos con igual dignidad, sin importar su rango.

DISTINGUIDOS COMENSALES

Enero de 1864. Benito Juárez llegaba a Saltillo como presidente itinerante de una República sitiada. La ciudad fue refugio temporal del mandatario por espacio de tres meses. Don Benito se sentó a la mesa de la Chona: sin palacio, sin guardia de honor, con la mente ocupada en asuntos de Estado, pero cuando el hambre llamaba, el presidente disfrutaba de las delicias que se preparaban en el merendero.

Por ese mismo puesto pasó la comitiva del presidente Juárez: el poeta Guillermo Prieto, el hombre que le salvó la vida al enfrentarse con su cuerpo a los fusiles y gritar ”¡Los valientes no asesinan!”; el político, periodista e historiador Francisco Zarco, y el propio don Benito. Todos comieron, disfrutaron y pagaron como cualquier parroquiano.

El 10 de diciembre de 1905, a los ochenta años, María Concepción Quiterio Valerio, viuda de Norberto Jiménez, murió en su casa de la última cuadra de la calle de Iturbide, a unos pasos de la calle de los Baños, hoy Francisco Murguía. Su partida, sin embargo, no significó el fin de su negocio. Hoy en día la quinta generación del merendero sigue al frente: los Valdés García continúan encendiendo el horno como hace poco más de ciento ochenta años, hazaña que pocos negocios en el mundo pueden presumir. Quien levantó el acta de defunción de la Chona fue, precisamente, el licenciado Gabriel Valerio, su primo hermano.

$!Lic. Gabriel Valerio Carvajal. Hoy una calle al norte del Santuario de Guadalupe lleva su nombre.

LOS HIJOS DE DON GABRIEL VALERIO

En cada uno de ellos, de maneras distintas y a veces contradictorias, siguió viva la herencia de aquella tierra llamada Los Pilares. El primero de los varones, José Ricardo Valerio, a pesar de gozar de una posición económica muy estable, ingresó a las filas de la Revolución Mexicana. Su padre, quien siempre representó el orden porfirista, se negó rotundamente a las ideas revolucionarias de su hijo. Un día, José Ricardo cayó herido en una refriega y fue a dar a la casa familiar, ubicada en la esquina de Aldama y Xicoténcatl. Doña Antonia, al ver a su hijo gravemente herido, lo refugió en una de las caballerizas de la parte trasera para que fuera atendido por un médico. Desafortunadamente, el médico no pudo hacer nada y el joven murió. Doña Antonia, para evitar un disgusto con su esposo, prefirió guardar silencio. El cadáver fue sacado de la casa sin que nadie se enterara. Don Gabriel murió tres años más tarde sin conocer los últimos días de su hijo el rebelde.

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VICENTE ANASTASIO VALERIO

Estudió en el Colegio de San Juan Nepomuceno, cursó la preparatoria en el Ateneo Fuente y concluyó su carrera de Derecho en el Colegio Civil de Querétaro en 1916. Como su padre, dedicó su vida al servicio público y escaló prácticamente todos los peldaños de la justicia en Coahuila, hasta llegar a magistrado del Tribunal Superior; en varias ocasiones fungió también como gobernador interino.

En 1970, el Ayuntamiento de Saltillo bautizó con su nombre el tramo de la calle Mixcoac entre Moctezuma y Álvaro Obregón. Su nieta, la señora Gloria Elena González Valerio, recuerda que los vecinos no recibieron con entusiasmo el cambio de nombre y que, al parecer, lograron revertirlo.

Hay una imagen que define al hombre detrás del jurista, nunca le gustó manejar automóvil. En cierta ocasión, siendo gobernador interino, por las tardes después de atender los asuntos oficiales tomaba el camión rumbo a General Cepeda para atender su rancho El Chupadero, llamado así, según la familia, porque todo el dinero que invertía en él desaparecía. Cierto día se le hizo tarde, perdió el último camión y pidió aventón para regresar a Saltillo. Una vieja camioneta se detuvo y el licenciado, sin pensarlo, se acomodó en la caja.

Al entrar a Saltillo, un agente de tránsito detuvo el vehículo: estaba prohibido transportar personas en la caja. En ese momento descendió el licenciado Valerio. El oficial lo reconoció de inmediato.

—Señor licenciado... ¿qué está usted haciendo ahí?

El chofer volteó, incrédulo.

El asunto no pasó a mayores. El licenciado Valerio llegó a su casa como siempre: caminando.

$!Antonia Rodríguez Acuña, esposa del Lic. Valerio, demostró que el amor a un hijo está por encima de cualquier circunstancia.

MARÍA LEOCADIA VALERIO

María Leocadia contrajo matrimonio con el educador y periodista Félix Barragán Neira, uniendo así dos familias comprometidas con la vida pública y cultural de Saltillo.

MARÍA PIEDAD VALERIO

La más pequeña de los Valerio fue una artista consagrada a la pintura. Nunca contrajo matrimonio y murió a los casi noventa y siete años, tras una vida entera dedicada al arte y a la enseñanza.

Pasó por la academia del maestro Rubén Herrera, al concluir sus estudios, permaneció en ella como maestra de los alumnos de primer grado. Su vocación docente fue tan profunda como su talento creativo. Presentó sus obras en diversas exposiciones celebradas en Monterrey, Ciudad de México, San Antonio, Texas, San Luis, Misuri, así como en Saltillo, Torreón y Chihuahua, cosechando premios y diplomas que confirman el alto valor de su obra. Junto a la señorita Eloísa Ruiz fundó en Saltillo una academia particular de dibujo y pintura, institución que ambas dirigieron con dedicación. Esta artista merece un relato aparte; pronto aparecerá.

PARA NO OLVIDAR

Las calles cambiaron de nombre, el arroyo se tapó, la huerta desapareció, la ermita se transformó en santuario y el merendero se mudó en 1922 a la Calzada Madero, pero la tradición siguió como si la Chona nunca se hubiera ido. En el mapa de la ciudad, casi escondida detrás del Santuario de Guadalupe, sobrevive una calle de una sola cuadra con el nombre de un hombre de descendencia tlaxcalteca que donó un terreno para el bien común. Hoy, un fraccionamiento sobre la calle de Murguía lleva el nombre de Los Pilares; quizá sea lo único que recuerda esta hermosa huerta.

Agradezco a Gloria Elena González Valerio, hija de Margarita Elia Valerio Siller, mujer extraordinaria y amiga entrañable de mi madre, por compartirme mucha de la información para la realización de este relato.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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