Libro de Defunciones del Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala
En la primavera de 1632, un fraile franciscano abrió un libro y comenzó a contar muertos. Lo que quedó es uno de los registros demográficos más antiguos del noreste de México: 578 defunciones a lo largo de 38 años
El 1 de abril de 1632, un franciscano tomó la pluma y escribió: “Memoria de los indios que han muerto en este Pueblo de S. Esteban del Saltillo”. Con esa frase arrancó uno de los documentos demográficos más antiguos conservados para el noreste de México. El libro I cubre hasta el año de 1807, he tomado una muestra de 38 años que va de 1632 a 1670, donde se registran 578 muertes. En los primeros años ni siquiera aparece la firma del fraile doctrinero; quizás el número de muertes de ese año hizo que comenzara el registro de manera tardía.
Hay muchos saltos de días, meses y años: probablemente el libro no esté completo y se componga de partes de otros que se perdieron. Aun así, es uno de los documentos de este tipo más antiguos conservados en el noreste. En la vecina villa de Santiago del Saltillo, el primer libro de difuntos data de 1745, justo cuando empezó a erigirse el templo de Santiago Apóstol, hoy Catedral de Santiago.
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En este libro están registrados los que morían, cuándo, al pasar el tiempo se anotaron las causas. Es una ventana a la vida cotidiana que los grandes documentos coloniales casi nunca ofrecen. Hay una tentación, cuando se trabaja con registros históricos, de convertir a las personas en datos. Pero detrás de cada número hay alguien que tuvo un nombre. Pascuala Guachichila tenía veinte años cuando murió en junio de 1632. Una viuda murió sin dejar testamento porque era pobre. Cada una de estas personas merece más que una celda en una tabla de datos.
SAN ESTEBAN DE LA NUEVA TLAXCALA
Fundado en 1591 como parte de una política de la Corona para pacificar el norte. La idea fue traer familias tlaxcaltecas, indios aliados de la conquista, y asentarlos en el valle de Saltillo, los caracterizaba fama de guerreros y buenos labradores, su presencia fue planeada para defenderse de los ataques de la indios nómadas de la región. El pueblo creció, se construyó un convento franciscano, después de 41 años empezaron los registros de difuntos.
El pueblo se organizó en cinco barrios: San Esteban, también llamado barrio de la Candelaria; Santa Ana; San Buenaventura; La Purísima Concepción y La Purificación. Cada barrio era una unidad social propia con su identidad y su patrono(a). El censo de población de 1622, registró 88 guachichiles y 400 tlaxcaltecas.
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San Esteban no era una comunidad igualitaria. En la cima estaban los indios principales, descendientes de los linajes nobles de Tlaxcala, la misma nobleza que había pactado la alianza con Hernán Cortés décadas antes: solo ellos podían ser gobernadores, usar el título de “Don” y portar armas a caballo, privilegios que en el siglo XVII muy pocos tenían. Figuras como Buenaventura de Paz, nieto de Xicoténcatl, o Andrés del Saltillo, maestro de escuela y de capilla, representaban a esta élite. Debajo, estaban los macehuales: agricultores, artesanos y albañiles que construyeron el convento y cultivaban la tierra.
La Corona española había otorgado a los tlaxcaltecas del norte el rango perpetuo de hidalgos, libres de tributo, con privilegios que a veces superaban a los de colonos españoles pobres de la vecina villa de Santiago del Saltillo, lo que generaba envidia entre vecinos que los separaba tan solo una acequia.
1632: EL PRIMER AÑO
El primero en la lista es Martín, un indio guachichil muerto el 7 de abril de 1632. El fraile no anotó causa ni edad. Solo el nombre, la etnia y la fecha. Los primeros cuatro muertos son todos guachichiles: Martín, Juan, el niño Joan y Francisca, todos en el mes de abril. Eran el grupo más vulnerable: sin la red de parentesco y protección que gozaban los tlaxcaltecas, sin el arraigo comunitario de pertenecer a un barrio organizado, la mayoría los confinaron en rancherías. Los guachichiles eran los que estaban en el margen del margen. En mayo, la muerte cruzó el umbral y los tlaxcaltecas empezaron a morir.
Mayo de 1632 es un mes que duele leer. Un párvulo llamado Miguel. Nicolás, seis años. Diego, cuatro años. María Guachichila, también cuatro años. Otras niñas de dos meses, todas guachichiles. Juana, viuda, cuyo apellido el escribano dejó en blanco con tres puntos suspensivos. Al final del mes, otro niño llamado Miguel. Ocho muertos en un solo mes; cinco de ellos, niños menores de diez años. En julio la acumulación se desbordó: en pocos días murieron más de diez personas. El 10 de ese mes murieron, en el mismo registro, un bebé guachichil de nueve meses llamado Joan.
Don Gregorio Gutiérrez había sido gobernador de San Esteban dos veces y regidor en 1626, 1627 y 1630. Hombre poderoso de su comunidad, el puente entre San Esteban y las instituciones coloniales del Saltillo, el mediador de conflictos. La muerte no distinguió entre él y los lactantes.
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Al cerrar el año, el libro sumaba 44 entradas. Tlaxcaltecas y guachichiles, jefes de rancherías, niños, recién nacidos que no alcanzaron a ver un día completo, mujeres jóvenes como Pascuala Guachichila, de veinte años, o Elena Guachichila, de cuarenta. El libro no preguntaba por qué. Eso vendría después, cuando en sus páginas empezarían a aparecer palabras oscuras, casi olvidadas: tabardillo, garrotillo, Cocoliztli, postema, cámaras, esquinencia. Nombres que hoy no dicen nada. En ese entonces significaron muerte.
DIVERSIDAD ÉTNICA
Junto a los tlaxcaltecas, el libro registra una variedad de naciones que muestran a San Esteban como un lugar de residencia y tránsito. Los guachichiles eran el segundo grupo más documentado, presentes desde 1632 y durante décadas: eran los habitantes originales del valle de Saltillo.
Juan, guachichil, murió en 1657 a los 90 años, dato poco común en un registro lleno de muertes tempranas. Los chichimecas aparecen en la década de 1630 con nombres castellanos, Diego, Pablo, María, identidades que el sistema colonial comenzaba a desplazar; fueron siete en total y desaparecen del registro después de marzo de 1635.
Los tetecoras, documentados en la década de 1660, eran en su mayoría niños cautivos traídos de “la presa que hicieron los naturales de este pueblo en Cuaguila”, la región que hoy corresponde a Monclova: botines de guerra arrancados de sus familias en campañas conducidas por los propios tlaxcaltecas de San Esteban. Murieron aquí, lejos de los suyos.
Juan, un tarasco de 60 años venido de tierras michoacanas, aparece sin explicación de cómo llegó. Una niña llamada Bárbara, de nación borrada, grupo nómada de la región sur de Saltillo y Monterrey, aparece en 1633. Los borrados y rayados, para muchos historiadores el mismo grupo. También hay registros de personas de regiones de los hoy estados de Sinaloa, Campeche y San Luis Potosí.
El más longevo de todos fue Diego, de nación peruleña, muerto en 1666 a los 93 años. Los peruleños eran un grupo nómada de la región central de Coahuila. Diego había visto llegar a los colonizadores, sobrevivido epidemias que diezmaban a sus vecinos y hermanos al final de su larga vida terminó en San Esteban. Juan guachichil de 90 y Diego el peruleño de 93: vieron cómo los suyos fueron desapareciendo.
CAUSAS DE MUERTE
La mortalidad infantil es constante en todo el periodo, independientemente de si había epidemia. Los registros consignan “una criatura”, “un párvulo”, “un y una inocente de días” año tras año. En varios casos el sacerdote bautizó al recién nacido de urgencia antes de que muriera. La muerte materna durante el parto aparece documentada con muchísima regularidad.
En algunos registros se lee muerte de “sangre congelada” hoy sabemos que corresponde al shock hipovolémico por hemorragia posparto, sin sangre, el cuerpo perdió temperatura en poco tiempo. Magdalena y su hija Juana murieron juntas en 1657, otro registro que se anota como “muerte de mal parto”. Sebastiana tlaxcalteca murió quemada en el temascal en 1660: el baño de vapor ritual, práctica médica y cultural indígena, que ahora sabemos era usado en San Esteban, esa noche fue causa de muerte.
SUPERVISIÓN ECLESIÁSTICA
Las visitas son perceptibles en el propio libro: las de fray Diego de Aragón en 1642 y del obispo de la Nueva Galicia en 1667 y 1669. En cada visita el libro cambia, se agregan más datos, hay más información sobre, estado sacramental, deudos y condición social.
A partir de 1659 los registros revelan con claridad la jerarquía interna de la comunidad. El contraste es directo: Don Diego, fallecido en 1660, tuvo testamento formal, nueve misas rezadas, una cantada con vigilia y designación de albaceas. Un anciano tlaxcalteca de 90 años fue enterrado “con una misa de limosna” por su pobreza extrema. Ambos quedaron anotados en el mismo libro muy cerca uno de otro.
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LAS EPIDEMIAS
Las viruelas de 1647 golpearon principalmente a niños de entre 1 y 11 años y a jóvenes de hasta 15. Lo que hace especialmente significativo este brote no es el número total de muertes sino quiénes murieron: los que deberían haber sobrevivido para construir el futuro del pueblo. La viruela golpea con más fuerza a quienes no tienen defensas ante el patógeno. Los niños.
Lo que ocurrió entre 1657 y 1661 fue más prolongado. En 1657, el cocoliztli, la palabra significa en náhuatl enfermedad o peste, los síntomas podían ser fiebre altísima, hemorragias por nariz u orejas, dolor abdominal, ictericia, afectó a niños y jóvenes, mientras el tabardillo, tifus exantemático transmitido por piojos, cobraba vidas entre adultos. En 1659 ambas enfermedades regresaron y golpearon con especial intensidad a los mayores: hombres de 67 y 72 años cayendo ante enfermedades que normalmente se asocian a los más jóvenes. A principios de 1660, el cocoliztli se concentró en lactantes desde los tres meses y niños de hasta nueve años. En julio de 1661 el tabardillo reapareció entre muchachas de la doctrina de 8 a 16 años.
Noviembre y diciembre de 1662 concentran el mayor número de defunciones: 48 en el año, con entierros casi diarios. El 1 de diciembre el sacerdote registró cuatro párvulos en un solo día. Las víctimas tenían entre 8 meses y 15 años, diezmados fecha tras fecha, nombre tras nombre. El brote continuó en enero y febrero de 1663 con el mismo perfil.
En 1665 el cocoliztli regresó afectando principalmente a adultos y ancianos, mientras las cámaras, de sangre, disentería hemorrágica, golpeaban a todas las edades. Entre 1668 y 1669, nuevamente el tabardillo y las cámaras se hacían presentes. La esquinencia, inflamación aguda y grave de las amígdalas y garganta, conocida como angina maligna o garrotillo sofocaba a los jóvenes.
MUERTES NO RELACIONADAS CON ENFERMEDAD
Don Domingo Ramos que fue gobernador de San Esteban en 1630, muerto a flechazos por “indios bárbaros” en noviembre de 1661, los hechos nos dicen que el conflicto con grupos nómadas continuó mucho después de la supuesta pacificación.
Felipe murió en 1670 de “una coz de una bestia”, expresión de la época que significa golpe o patada violenta que da un animal cuadrúpedo, como caballo, mula, toro con una de sus patas traseras.
LO QUE SOBREVIVIÓ
San Esteban existe hoy con otro nombre. Sus calles, su iglesia y los registros de sus muertos forman parte del poniente del Centro Histórico de Saltillo. Sus descendientes existen también, dispersos por la ciudad, muchos sin saber el nombre exacto del hilo que los conecta con sus ancestros.
Lo que ocurrió en San Esteban entre 1632 y 1670 fue la versión local de algo que estaba ocurriendo en todo el continente: pueblos indígenas que desaparecieron, epidemias que diezmaron a la población sin tregua, jerarquías sociales que la muerte pasaba por alto. Todo eso cabe en un libro parroquial, el Libro uno es la prueba de que ese pueblo estuvo aquí, de que resistió, y logró salir adelante a pesar de tantas muertes.