Las castas en la villa del Saltillo durante los siglos XVII y XVIII
Los archivos de la villa de Santiago del Saltillo que se guardan en el Archivo Municipal cuentan que el origen étnico no era solo un asunto de honor, sino una herramienta de control fiscal, social y político. Fueron esas mismas estructuras las que sembraron el descontento que terminó rompiendo el vínculo con España.
¿Qué eran las castas?
Las castas eran los grupos sociales formados por los descendientes de las mezclas entre españoles, indígenas y africanos en la Nueva España. Surgieron cuando la separación inicial entre la República de Españoles y la República de Indios se vio desbordada por el mestizaje constante, fue inevitable y nadie lo pudo detener. A diferencia de países como Estados Unidos, los ingleses no se mezclaron con indígenas, en la Nueva España las cosas fueron diferentes, hubo una mezcla clara y marcada, después clasificada. Pero, más que una clasificación, eran un sistema de dominación. La jerarquía era piramidal y la base era la raza: los españoles peninsulares en la cúspide, con todos los privilegios; los grupos mezclados debajo, con derechos limitados y obligaciones específicas, como el pago de tributos. Un orden diseñado para saber a quién mandar, a quién cobrar y a quién vigilar.
La obsesión de ponerle nombre a la mezcla
Todo empezó con una ilusión de orden. Cuando los españoles llegaron al continente, imaginaron una sociedad dividida en dos mundos que no iban a tocarse: Españoles e Indios. Cada uno en su lugar, cada uno con sus obligaciones. Pero no fue así.
La mezcla fue tan rápida e inevitable que la Corona tuvo que inventar un sistema para nombrarla y, sobre todo, para controlarla. Así nació el catálogo de castas: el hijo de español con indígena era mestizo; el de mestizo con española, castizo; el de español con africana, mulato. Hasta ahí todavía había cierta lógica.
Las cosas se complicaron conforme avanzaron las mezclas. Hay más de cincuenta castas documentadas. Los burócratas coloniales recurrieron a nombres que hoy suenan a apodos extraños, pero que en su momento eran categorías legales: “Tente en el aire”, “No te entiendo”, “Salta atrás”. Este último decía todo lo que el sistema pensaba sobre la sangre africana: que sus rasgos siempre regresaban, que no había manera de borrarlos, que cualquier mezcla que los incluyera era un retroceso. Había incluso una casta que llegó a llamarse “Ahí te estás”, el resultado de cruzar a alguien de “No te entiendo” con una india. El sistema seguía clasificando, aunque ya nadie supiera qué estaba clasificando, pero había que dejarlo en papel.
El sistema como arma
A raíz de las Reformas Borbónicas, las autoridades de Saltillo formalizaron en 1783 el formato oficial para levantar censos en la villa, aunque ya se había realizado un censo muy completo en 1777. El documento exigía que se especificara la condición social de cada habitante y que quedara asentado con claridad quiénes eran esclavos. Cinco años después, en 1788, un registro más recorría toda la región anotando clases, estados y castas de cada familia. En 1791 vino el padrón más detallado de la época: nombre, estado civil, edad, oficio y casta, persona por persona, calle por calle. Los documentos existían porque sin ellos era imposible saber a quién cobrarle, a quién perseguir si se movía sin permiso. El censo era en pocas palabras la infraestructura del control del Estado.
Para 1781, cuando España necesitaba dinero para financiar su guerra contra Inglaterra, llegó a Saltillo un bando de recaudación que dejaba las cosas claras: los españoles libres pagarían dos pesos; los indios y las demás castas, uno.
Sin libertad para salir
Los impuestos siempre fueron incómodos, pero la libertad de movilidad fue el colmo. En 1790, un bando prohibía a los indios, mestizos y a cualquier otra casta tributaria salir de sus pueblos o haciendas sin una certificación firmada por su párroco o su juez. Es decir: si habías nacido en el estrato equivocado, necesitabas una autorización para moverte en su tierra y cambiar de un pueblo a otro.
Armas, no
También había un bando para la defensa. Desde 1687, un decreto prohibía explícitamente el tráfico y porte de armas a mulatos, mestizos y coyotes en Saltillo. La orden tenía más de un siglo cuando estalló la guerra de Independencia. El sistema desconfiaba y temía rebeliones de los grupos que mantenía sometidos. Hasta que sucedió.
El amor ante el juez
Los expedientes matrimoniales que existen en el Archivo Municipal de Saltillo son quizás los documentos más perturbadores de todos, porque muestran el sistema en su dimensión más dura y personal.
En 1792, José Cayetano Yáñez se presentó ante las autoridades pruebas. Quería demostrar que el hombre que pretendía casarse con su nieta tenía sangre impura: era mulato. No bastaba con oponerse en familia. Yáñez necesitaba que el Estado le diera la razón, que el sistema legal respaldara su rechazo. El sistema “legal” existía justo para eso.
Un año antes, en 1791, otro padre saltillense, Nicolás de Bargas (sic) y Anda, había hecho lo mismo. Su hija María Dolores quería casarse con Martín Linares, un mulato esclavo de José Miguel Lobo Guerrero. El padre se opuso formalmente. El caso llegó a las autoridades. Días después, Nicolás de Bargas y Anda demandó a Martín Linares por injurias. Todos el derecho tenía Martín de desahogarse con Bargas, le privaron del amor. Lo que pudo ser un matrimonio quedó convertido en un expediente judicial.
El antecedente venía de más atrás todavía. En 1668, los vecinos de la villa de Santiago habían pedido castigos para quienes aconsejaran a sus sirvientas casarse con indios o personas de otras castas para llevárselas a otras haciendas. La queja mezclaba dos cosas que iban siempre juntas: el prejuicio racial y la pérdida de mano de obra. Una sirvienta que se casaba se iba. Eso no se podía permitir.
El papel que valía una vida
Frente a todo ese sistema de restricciones, algunos saltillenses encontraron una salida: conseguir un certificado de pureza de sangre. No exactamente comprarlo, pero casi. En 1790, José González solicitó formalmente un testimonio ante las autoridades que acreditara su linaje y sus servicios a la patria. Seguro entre los servicios había matado indios. En 1785, Andrés Antonio de la Mata había hecho lo mismo, pero para su hijo. Ese papel significaba abrir puertas: matrimonios más convenientes, acceso a cargos, respeto social. Era, en todos los sentidos, una inversión de por vida.
Los archivos muestran cómo los criollos, los españoles nacidos en la Nueva España, que ocupaban el segundo escalón de la pirámide, revelaban el antepasado indígena o el bisabuelo africano esto los excluía de poder acceder al poder político.
La villa más diversa del norte
Saltillo no era una villa homogénea. Los documentos mencionan una mezcla de poblaciones poco común en el norte de la Nueva España: tlaxcaltecas, guachichiles, chichimecas, borrados, coahuiltecos, mulatos, mestizos, coyotes, moriscas, negros libres y esclavos, todos dentro de la misma jurisdicción, todos con derechos radicalmente distintos. Unos con más, otros con menos y algunos con ninguno.
Los tlaxcaltecas habían llegado como aliados militares de la colonización y cargaban consigo privilegios que los distinguían legalmente de otros grupos indígenas. Esos privilegios se desvanecieron cuando llegó la Independencia.
Los mulatos y esclavos africanos aparecen casi siempre en causas criminales. Manuela de la Fuente, Ana Terrones, el esclavo Juan Antonio de Aguirre: sus nombres se conservaron porque en algún momento de su vidas se vieron arrastrados por un conflicto que alguien consideró necesario documentar. Así funcionan los archivos: conservan los hechos, sobre todos los conflictos.
Diego de Castro y Joseph Flores, mestizos, aparecen en pleitos y agresiones. Cayetano Sánchez y Joseph Valdés, clasificados como coyotes, en juicios y demandas. Juan de la Cruz y el esclavo Juan Manuel, negros según expedientes figuran con la misma frialdad con que se anotan cabezas de ganado o cualquier otra cosa. Para el sistema colonial, un esclavo era una propiedad. Su casta no era una identidad, era una condición que se heredaba.
Los que tenían todo menos poder
Existe una ironía en todo esto: quienes impulsaron el colapso del sistema de castas no eran los que más sufrían, los de abajo, sino los criollos, los españoles nacidos en la Nueva España, los que ocupaban el segundo peldaño de la pirámide. Desde 1808 buscaron más autonomía, no tanto la independencia, pero las diferencias sociales y la negación sistemática de cargos públicos fueron acumulando una presión que terminó por estallar.
Los peninsulares, a quienes los criollos llamaban “gachupines” con todo el desprecio que la palabra podía cargar, los miraban con una mezcla de desconfianza y condescendencia. Los peninsulares argumentaban que el clima americano debilitaba las facultades mentales de quienes nacían en estas tierras. Vaya argumento, más ridículo. Sospechaban que casi todas las familias criollas tenían en su árbol genealógico un antepasado indígena o africano que preferían no mencionar. Lo que los peninsulares olvidaron es que ellos mismos eran producto de siglos de mezclas: visigodos, celtas, romanos, moros, los mismo que llegaron del norte de África, judíos, gitanos, negros, todos dejaron huella en la península ibérica, sobre todo los árabes que estuvieron más que 700 años.
¿Qué significa ‘gachupín’?
La palabra es un término despectivo usado en México y otros países de Hispanoamérica para referirse a los españoles peninsulares, especialmente aquellos vistos como arrogantes o prepotentes durante la época colonial. Proviene del apellido hidalgo Cachopines, una familia noble de Laredo, Cantabria, que se popularizó en los siglos XVI y XVII como estereotipo de hidalgos vanidosos, arrogantes y demás adjetivos que se le puedan agregar.
Los años en que todo terminó
La madrugada del 15 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo tocó la campana en Dolores. Criollos y castas se sumaron al movimiento cargando décadas de frustración acumulada. Una década después, el criollo Agustín de Iturbide, nacido en Valladolid, hoy Morelia, en 1783, hijo de padre navarro y madre criolla de ascendencia vasca, consumó la Independencia con el Plan de Iguala en 1821. Iturbide había comenzado del lado realista. Como es costumbre hasta estos tiempos, cambió de bando.
Ese mismo 1810, la producción de pinturas de castas, ese género que llevaba un siglo retratando la supuesta armonía del orden colonial, se detuvo para siempre. Nadie volvió a encargar esas obras. No tenía sentido pintar un orden racista y clasista, que había terminado.
El catálogo de castas
Tabla fue elaborada por Nicolás León (México, 1859–1929), médico cirujano, historiador y escritor. Reproduce el sistema de clasificación racial que el régimen colonial utilizó para nombrar y controlar a las generaciones nacidas de la mezcla.