Día del Maestro Coahuila: Dora y Everardo: una vida de amor, enseñanza y generosidad

Coahuila
/ 14 mayo 2025
Con más de medio siglo dedicados a la docencia, Dora Valero y Everardo Martínez comparten una vida marcada por el amor, la vocación y el impacto en generaciones de estudiantes de Coahuila

Entre libros, pupitres y cientos de alumnos, Dora Valero y Everardo Martínez construyeron no solo una carrera docente, sino también una historia de amor y servicio. Ella dedicó 53 años a estar frente a un grupo, mientras que él, con 86 años, sigue dando clases y acumula ya 67 años de vida entregada a la educación.

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Su historia comenzó en los años 60, cuando ambos ingresaron al Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, un programa del gobierno que permitía titularse a quienes ya estaban ejerciendo como maestros. Allí se conocieron cuando ella tenía 16 años, él, 22. Desde entonces, sus vidas se entrelazaron con la enseñanza y el compromiso por transformar la vida de sus alumnos.

Dora recuerda con cariño sus primeros años en el magisterio, en comunidades con muchas carencias, como Las Esperanzas, Coahuila, en la Región Carbonífera, donde dio clases en educación primaria por cinco años. Una de sus mayores satisfacciones, dice, es ver cómo los niños evolucionaban: “Llegaban sabiendo apenas hacer bolitas y palitos, y en pocos meses ya sabían leer y escribir. Eso era una satisfacción enorme.”

A lo largo de su carrera vivieron momentos entrañables, como aquel pastel de plátano cocido en una estufa de leña que los niños de una comunidad de Saltillo le regalaron un Día del Maestro. Dora recuerda que para llegar a ellos se levantaba muy temprano y se bajaba en medio de la carretera para caminar por seis kilómetros.

Everardo, por su parte, fue director del Ateneo Fuente y también estudió en España una especialización en administración pública y educativa. Fue allá donde compartió habitación con quien más tarde sería el papa Francisco, el entonces joven Jorge Mario Bergoglio. De regreso a Saltillo, continuó formando generaciones y gestionando espacios educativos.

Su legado va más allá del aula, pues a lo largo de su vida juntos, Dora y Everardo no solo educaron a sus hijos biológicos, sino que también ‘adoptaron’ a más de 30 jóvenes a quienes abrieron su hogar, alimentaron, vistieron y apoyaron en sus estudios.

“Con lo poco que ganábamos, pensábamos: donde comemos dos, pueden comer tres más”, dice Dora.

Todos, hasta el día de hoy, los recuerdan como parte de su familia: “Algunos, sus padres ya no viven, pero a nosotros nos quieren como si lo fuéramos. Y para nosotros, siempre serán nuestros hijos.”

“La vida del maestro debe ser una enseñanza de vida. Eso es lo que verdaderamente transforma. El testimonio de un maestro no tiene precio”, dice Dora a las nuevas generaciones de docentes.

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Reportera apasionada, desafiante y polifacética por naturaleza. Egresada de la Universidad Interamericana para el Desarrollo con experiencia en cobertura de política y locales.

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