La tarde del fin del mundo, crónica de una falsa invasión extraterrestre

La tarde del fin del mundo, crónica de una falsa invasión extraterrestre

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Una transmisión de radio inspirada en La guerra de los mundos hizo creer a un niño que una invasión extraterrestre había comenzado.

Coahuila
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Cande era una señora de 70 años, gordita, de baja estatura y bonachona, que trabajaba en la casa de Lucita, una anciana de casi 100 años. La casona en la que vivían era de adobe y, en el barrio, era la que estaba en mejores condiciones; siempre olía a arroz con leche, los pisos relumbraban lustrados con cera y petróleo, las paredes eran color rosa quemado, llenas de fotografías; en los espacios que quedaban había libreros repletos de recuerdos.

Lucita había sido una maestra rural, entregada a su vocación y jubilada ya hacía buen tiempo; sus ropas eran siempre negras y un chal café cubría su cabeza, aunque el día fuera cálido. Muchas veces, después de comer, prendía un radio de bulbos, que era toda una antigüedad; se sentaba en el zaguán lleno de flores que partía la casa y platicaba largo y tendido con las ánimas del purgatorio.

Tenía una hilera de sillas a cada lado del pasillo para las ánimas y decía que ahí estaban sentaditas, contentas y resplandecientes, enamoradas porque les había rezado. El único que le contestaba era un perico, ya viejo como todo en esa casa; se llamaba Beto.

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Al principio, a Cande le daba miedo la fascinación de Lucita por las ánimas; incluso pensó en renunciar, pero ahora ya le seguía la corriente y hasta chuleaba a las ánimas. Al crecer en un ejido, muchas cosas le impresionaban.

Lucita se dormía, sentada, por más de una hora. Cande aprovechaba para cambiar de estación de radio. Ese día, al girar el sintonizador, le llamó la atención un sonido de ambulancia que emitía la bocina; eran las cinco de la tarde y la narración de un reportero de guerra, en medio de una refriega, la puso helada.

$!Todo comienza frente al resplandor del radio: una voz, una tormenta y una tarde que pronto se vuelve inolvidable.

Escuchar que describían una invasión extraterrestre le provocó un ataque de pánico que la paralizó. Exhausta, veía de reojo a Lucita dormida en su silla; Beto, en su jaula, “pelaba los ojos” asustado, o quizá imitaba a Cande, quien empezaba a llorar.

Yo vivía en la casa de al lado. Era un niño de nueve años. No era cobarde; sin embargo, había cosas que de verdad me daban miedo. Para entonces ya había dormido en una montaña, visto un muerto en un ataúd y platicado historias de terror hasta altas horas de la noche.

La casa en la que vivía, de paredes grandes de adobe y techo de morillos carcomidos, aún olía al guiso de puerco con chile colorado que recién habíamos comido; y es que era domingo, día en que, después de misa, podíamos deleitarnos con ese manjar que cada semana preparaba mi madre, aunque de manera racionada, pues éramos seis hermanos, un tío abuelo, tres perros y cuatro gatos: mucho para un jornal de operario como el de mi padre.

En un montón de arena cribada, grava y barro derruido de la barda perimetral que se levantaba detrás de mi casa, yo acostumbraba jugar con mi único mono de Star Wars. Le hacían compañía dos luchadores de plástico mal vaciados y mal acabados, casi despintados por la friega que les ponía todos los días.

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Pero, en mi microuniverso, eran parte de la galaxia en la que vivía Luke, mi héroe de la película original, que llegó a mí de rebote, ya que su dueño tenía tres repetidos y me lo regaló. Para él era una sobra; para mí, el santo grial.

Y ahí estaba, jugando dentro del pozo, en el montón de tierra semihúmeda, cuando un estrepitoso ruido me sacó de mi universo y me regresó a la realidad. Era Cande, quien estaba tocando la puerta de manera descomunal, insistente, fuerte, fastidiosa, como queriendo tumbarla. Con un rostro que parecía que le daría un infarto, entró gritando a la casa: “¡Nos invaden los extraterrestres!”.

Algunos de mis hermanos estaban leyendo, otros dormidos y otros más platicaban en la cocina. Pensé que había escuchado mal, pero lo repetía insistentemente: “¡Vienen para acá, nos invaden!”. Mi mente trató de tomar con calma la histeria de aquella anciana, pero lo único que vino a mí fue la portada del disco News of the World, de Queen, en la que un robot gigante, de cara triste, mataba sin querer a varias personas con el dedo, como si fueran juguetes.

De inmediato, salí corriendo al patio trasero, me subí a una escalera hechiza que mi tío abuelo había hecho con unas tablas que habían sobrado de un techo que se cayó, y me puse a observar todo el firmamento. La tarde ya había avanzado; era otoño y no se veía ninguna nave, solo unas nubes muy negras que amenazaban con soltar un gran aguacero.

$!El niño sale a mirar el cielo, convencido de que la amenaza anunciada por la radio puede aparecer en cualquier momento.

Empecé a sugestionarme. Pasaba una paloma y le veía forma de avión o de platillo volador, así que preferí bajarme, pues desde donde estaba no escuchaba lo que Cande platicaba a mi madre y a mis hermanos.

Ella insistía en que pusiéramos la radio, que estaban diciendo que platillos voladores tripulados por extraterrestres habían invadido varias ciudades y que, en vivo, se escuchaba a un corresponsal narrando las desgracias que los alienígenas estaban provocando en todo el mundo.

En eso, la electricidad falló. Aunque era algo común en el área donde vivía, yo tomaba cada vez más en serio las palabras de aquella anciana. Regresó la energía como veinte minutos después. De inmediato, puse un radio portátil que tenía por ahí y logré sintonizar lo que Cande nos había narrado. Eran los ochenta; yo había crecido con Star Wars, con E.T. Escuchaba, horrorizado, que todo era cierto.

Prendí el televisor en blanco y negro que teníamos. El único canal que se veía bien en mi pequeña ciudad del norte de México transmitía un programa de payasos mal grabado. Las nubes negras descargaron su furia y, entre truenos, relámpagos y la electricidad que fallaba, escuchaba cómo el mundo que conocía empezaba a desmoronarse.

El cromo del disco de Queen taladraba mi inconsciente. Mis manos estaban frías, mi corazón latía más rápido y ya me veía en las manos de un robot gigante, siendo atravesado por su dedo metálico.

Cande lloraba desconsolada. Decía: “¡Qué bueno que Lucita está dormida y no se dará cuenta de lo que harán los marcianos!”. Me asomé a la calle, que permanecía completamente sola. De vez en cuando pasaba un automóvil, conducido por gente con cara de preocupación.

$!Al asomarse a la calle, el niño proyecta en el barrio el terror que la radio ya sembró dentro de él.

No aguanté más y me fui corriendo a la iglesia, que se encontraba como a cinco cuadras de mi casa. La lluvia había parado y solo algunos relámpagos iluminaban las siluetas de los quemados nubarrones. Quería platicarle al sacerdote lo que estaba ocurriendo y, de paso, decirle mis pecados para que, al menos, los marcianos me agarraran confesado.

Vi la plaza llena de puestos, de gente; la verbena era como la de todos los domingos, solo que los colores se enfatizaban por la lluvia que acababa de caer y se reflejaban en el espejo de agua del adoquín.

El sacerdote estaba por terminar la misa. El miedo me hacía ver las caras de las personas llenas de angustia, de terror. Los diez minutos que faltaban para que el oficio concluyera se me hicieron eternos.

Me fui a la sacristía y sus altas marquesinas aún conservaban el olor del carbón e incienso recién chamuscado que se usó en el rito que estaba por terminar. Las paredes llenas de imágenes, los óleos del siglo pasado, la cálida luz que desprendía el candelabro —y que en otras ocasiones me regalaba paz— hoy estaban muy lejos de producir esa sensación.

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Entonces mi hermana llegó corriendo. Con la prisa que llevaba, se tropezó en la baldosa; como pudo, se incorporó y, apresurada, se acercó y me tomó de los brazos. Sonriendo, me dijo que me calmara, que todo era mentira.

Yo pensaba que quería que no me preocupara más y le dije:

—¿Cómo puedes dudarlo? ¿No escuchaste la radio? ¿No viste la tormenta? ¿No se fue la luz?

Ella me interrumpió y me dijo que, después de que salí corriendo, un comercial en la estación que estábamos escuchando avisó que lo que se estaba transmitiendo era un radioteatro por el 45 aniversario de que Orson Welles transmitió La guerra de los mundos.

La adrenalina a tope empezó a bajar. Parte de mí creía las palabras de mi hermana, pero algo dentro de mí me decía que algo grande estaba pasando. Salí corriendo a la plaza y entonces crujió la tierra y un sonido agudo y ensordecedor aturdió a todos alrededor...

No era el fin del mundo, no salió una nave del centro de la Tierra... era el estruendo de unos cohetes que anunciaban el inicio del baile en la plaza.

La gente aplaudía. Reía. Compraba elotes. Seguía con su vida.

Mientras yo, con el corazón todavía desbocado, entendía que allá afuera no estaba pasando nada... todo estaba pasando dentro de mí.

Escritor y especialista en narrativa y comunicación. Con más de 20 años de experiencia en medios y comunicación estratégica, ha construido una trayectoria que articula periodismo, storytelling y desarrollo de proyectos editoriales.

Inició su carrera en espacios como Televisa Monterrey, Grupo Reforma, Multimedios Radio y Periódico Vanguardia, donde ha ganado tres Premios Estatales de Periodismo.

Es autor de Dinolibros, una colección infantil que aborda la salud socioemocional a través de historias simbólicas. Su trabajo se distingue por una narrativa sensible y una mirada cercana a las emociones que habitan lo cotidiano.

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