Alejandra Iturbe, la nadadora saltillense que conquistó el océano

Alejandra Iturbe, la nadadora saltillense que conquistó el océano

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Nacida lejos del mar, ha llevado su historia desde Saltillo hasta competencias internacionales en Sudáfrica, Egipto, Tailandia y Perú. Con cinco podios a nivel mundial, su trayectoria revela no solo disciplina y talento, sino también los sacrificios, apoyos y recursos que una atleta mexicana necesita para competir al más alto nivel.

Saltillo
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Hay deportistas que entrenan para vencer a sus rivales. Alejandra Iturbe entrena para vencer algo mucho más impredecible: el océano.

Cada competencia representa enfrentarse a corrientes cambiantes, olas de varios metros de altura, bajas temperaturas, medusas, viento, fauna marina y, sobre todo, a una batalla silenciosa contra su propia mente. Ahí, donde el agua parece no tener fin, descubrió que el verdadero desafío nunca ha sido llegar primero, sino seguir avanzando cuando el cuerpo pide detenerse.

Originaria de Saltillo, una ciudad donde el mar parece un sueño lejano, la nadadora de aguas abiertas se ha convertido en una de las representantes mexicanas más destacadas en el circuito internacional Oceanman, considerado uno de los campeonatos de aguas abiertas más importantes del mundo.

$!En Egipto, Alejandra Iturbe subió al podio con la bandera de México, como parte de una trayectoria que ya suma cinco podios a nivel mundial.

Su logro más reciente llegó en Durban, Sudáfrica, donde volvió a subir a lo más alto del podio. Sin embargo, detrás de cada medalla existe una historia mucho más profunda: la de una mujer que aprendió a conversar con el océano, a respetar su fuerza y a descubrir que las olas, igual que la vida, nunca dejan de poner a prueba a quien decide entrar en ellas.

La primera contradicción

Saltillo está rodeado de montañas, nopales y semidesierto. Aquí el horizonte suele pintarse de tonos ocres, no de azul profundo. Aquí el sonido del viento reemplaza al romper de las olas y el agua se aprende a cuidar porque escasea.

Por eso resulta difícil imaginar que una de las mexicanas que hoy desafía algunos de los mares más imponentes del planeta haya crecido tan lejos de la costa, pero las grandes historias muchas veces empiezan así: contradiciendo la lógica.

Quien la ve por primera vez, difícilmente imaginaría que esa mujer de apenas 1.53 metros de estatura pasa buena parte de su vida enfrentándose a mares capaces de intimidar a cualquiera. Sonríe con facilidad. Habla pausado, sin levantar la voz.

Nada en ella parece anunciar que ha desafiado el Mar Rojo, las aguas del Índico o las corrientes de Tailandia.

Hasta que comienza a contar sus historias. Es ahí cuando uno entiende que el tamaño del cuerpo pocas veces tiene relación con el tamaño del carácter.

Recuerda un entrenamiento en Cancún como si hubiera ocurrido ayer. Venía de competir en Sudáfrica y decidió practicar con un surfista olímpico. El mar estaba bajo bandera roja. Para los turistas significaba mantenerse fuera del agua; para ellos, bajo entrenamiento y supervisión, representaba la oportunidad de aprender a enfrentar condiciones extremas. Las olas eran gigantes. Entró convencida de que podría dominarlas, pero el océano tenía otros planes.

”Sentí que me moría”, confiesa. Lo dice sin dramatismo. Lo cuenta como quien recuerda una vieja conversación con el mar.

La primera ola la hundió. La segunda no le permitió respirar. La tercera terminó por arrebatarle el aire. “Esas olas me triplicaban”, dice mientras intenta describir con las manos la altura de aquellas paredes de agua. Cada vez que lograba asomar la cabeza, una nueva ola volvía a revolcarla. Por un instante creyó que no iba a salir.

Cuando finalmente alcanzó la orilla, rompió en llanto. Quería dejarse caer sobre la arena y recuperar el aliento, pero su entrenador no se lo permitió.

”Camina. No te sientes. Respira”.

Durante casi un kilómetro avanzaron bajo la lluvia. Únicamente caminando mientras recuperaba el aire. Fue ahí, mucho más que en cualquier competencia, donde entendió una de las lecciones más importantes de su vida.

”Así es la vida. A veces quieres tirarte a llorar, pero tienes que seguir caminando”.

Su historia con el agua comenzó mucho antes. Su madre la llevó a clases de natación antes incluso de aprender a caminar. Conserva fotografías donde aparece con menos de un año dentro de una alberca, cubierta por un enorme sombrero mientras descubre, sin saberlo, el lugar que terminaría convirtiéndose en su refugio.

$!Alejandra Iturbe junto a su mamá, Belem, una de las figuras clave en su historia con el agua desde sus primeros años de vida.

Después llegaron las clases, las competencias en piscina, el nado sincronizado, las vacaciones en Acapulco y un amor inexplicable por el mar.

”Siempre ha sido mi lugar seguro”, dice.

Mientras otros niños elegían parques de diversiones, ella sólo quería volver al océano. Podía pasar horas dentro del agua. Y si una ola la revolcaba, simplemente volvía a entrar.

El océano como meditación

A los 18 años descubrió las aguas abiertas y, con ellas, algo mucho más grande que un deporte. Encontró una forma de vivir.

”Nadar para mí es meditar”, dice con la serenidad de quien ha pasado incontables horas flotando entre el cielo y el mar.

Le pregunto qué piensa mientras recorre cinco kilómetros de competencia. Sonríe antes de responder.

”Nada”.

Hace una breve pausa, como si buscara la manera de explicar algo difícil de poner en palabras.

“No recuerdo ningún recorrido”.

La respuesta desconcierta. Cinco kilómetros representan miles de brazadas, un esfuerzo físico enorme y, sin embargo, asegura que al terminar apenas conserva imágenes aisladas. Explica que, una vez que entra al agua, el tiempo deja de existir. No cuenta metros, no calcula cuánto falta para la meta ni pelea contra el reloj. Simplemente respira, observa el horizonte, agradece y sigue avanzando.

$!Alejandra Iturbe encontró en las aguas abiertas una forma de desafiar sus límites físicos y mentales.

”Agradezco a Dios, a mis papás, a todas las personas que me han apoyado. Agradezco poder estar ahí”.

Tal vez por eso nunca habla del mar como un rival. Habla de él como un lugar donde el ruido desaparece y sólo queda el silencio suficiente para escucharse a sí misma.

Le pregunto entonces qué pesa más durante una competencia de aguas abiertas: el cuerpo o la mente. No necesita pensarlo.

”La mente”.

Explica que el cansancio físico siempre llega. Después de varias horas nadando aparecen los hombros adoloridos, la piel irritada por la sal, los goggles que comienzan a molestar, el sol que parece caer a plomo y un cuerpo que, poco a poco, empieza a pedir descanso.

Pero asegura que ese nunca ha sido el verdadero enemigo.

El verdadero desafío comienza cuando aparecen las voces de la mente.

”Ya basta”, “ya me cansé”, “ya no puedo más”.

Es entonces cuando inicia la competencia más importante.

”No hay que escuchar ese ruido”, dice convencida. “Hay que apagarlo”.

Y mientras el cuerpo continúa avanzando brazada tras brazada, la mente aprende a hacer silencio.

Cuando le pido que describa el paisaje más hermoso que ha visto, sus ojos cambian. Ya no responde como una competidora; responde como alguien profundamente enamorada del planeta.

Recuerda un amanecer en Egipto. El Mar Rojo completamente transparente. Montañas afiladas elevándose como una corona. Y un sol perfectamente redondo, intensamente naranja.

https://vanguardia.com.mx/deportes/orgullo-saltillense-alejandra-iturbe-nada-5km-en-el-mar-rojo-y-se-hace-de-una-presea-dorada-KE9701084

”Nunca había visto un sol así”. Dice que entendió por qué los antiguos egipcios veneraban al dios Ra.

$!Entre entrenamientos, viajes y competencias, Alejandra Iturbe ha construido una carrera internacional en aguas abiertas a base de disciplina, apoyos y sacrificios personales.

Después aparece Tailandia. Enormes formaciones de piedra caliza emergiendo del mar mientras ella avanzaba entre aquellas gigantescas esculturas naturales.

”Son paisajes que nunca se olvidan”.

Pero hubo un mar que la puso a prueba como ningún otro. Sudáfrica.

Todavía recuerda aquella mañana en Durban. Despertó con el sonido de la lluvia golpeando la ventana, un viento helado y un océano embravecido que parecía advertirles a todos que aquel no sería un día cualquiera. Afuera apenas había diez grados de temperatura. El mar estaba oscuro, frío y levantaba olas enormes.

Lo primero que pensó fue en una posibilidad que hoy recuerda entre sonrisas.

”Mamá... no me quiero meter. Ojalá cancelen la competencia”.

No la cancelaron. Entró.

Era la única mexicana en el evento y también la única mujer inscrita en su categoría. Sin embargo, muy pronto entendió que aquella carrera no era contra las demás competidoras.

Era contra el miedo.

”Siempre hay miedo”, reconoce. “Antes de subir al avión. Antes de entrar al mar. Antes de cada competencia”.

Hace una pausa, como si quisiera dejar que la frase encontrara su lugar.

”Pero si no vences tus miedos... no conquistas tu vida”.

Y quizá esa sea la mejor definición de Alejandra Iturbe: una mujer que no ha aprendido a dejar de sentir miedo, sino a seguir avanzando a pesar de él.

Hay una pregunta que responde sin pensarlo.

—¿Has llorado dentro del mar?

”Claro. Todas las veces”.

No llora por miedo. Llora porque entiende el privilegio de estar ahí. Porque ha nadado sobre mares que guardan miles de años de historia. Porque contempla amaneceres que muy pocas personas alcanzan a ver desde esa perspectiva. Porque cada brazada representa muchos años de trabajo.

Otra realidad

Existe una idea muy extendida sobre los deportistas que compiten a nivel internacional: que viajan con todos los gastos pagados, que viven rodeados de patrocinadores y que, una vez que alcanzan cierto nivel, las oportunidades llegan solas.

Alejandra sonríe cuando escucha esa percepción. La realidad, dice, es muy distinta.

Detrás de cada podio hay años de sacrificios silenciosos, de ahorrar peso por peso, de tocar puertas en busca de apoyos y de aprender a invertir en un sueño que pocas veces ofrece certezas. En su caso, además, nada de esto ocurre mientras descansa: Alejandra sostiene dos trabajos y, entre horarios, responsabilidades y entrenamientos, busca la manera de financiar cada competencia internacional.

$!Para Alejandra Iturbe, nadar no solo es competir: también es una forma de silencio, concentración y encuentro consigo misma.

Su automóvil es modelo 2014. Mientras muchas personas cambian de coche, ella compra boletos de avión.

Mientras algunos invierten en vacaciones, ella invierte en inscripciones, entrenamientos, equipo y competencias.

Reconoce que ese ha sido uno de los mayores sacrificios de su vida.

Perderse reuniones familiares, viajes con amigos, fiestas y fines de semana. Mientras otros dormían o salían a divertirse, ella ponía el despertador antes del amanecer para lanzarse al agua.

”Pero no fue una pérdida”, dice convencida. “Fue una ganancia”.

Esa es otra de las enseñanzas que le dejó el océano: que los sueños no sólo se construyen con talento, sino también con renuncias. Porque detrás de cada fotografía en un podio hay cientos de madrugadas que nadie vio y un largo camino recorrido mucho antes de escuchar el himno o recibir una medalla.

Saltillo

Cuando habla de Saltillo, hace una breve pausa y sonríe. No parece estar recordando una competencia, sino a las personas que hicieron posible llegar hasta ella. Se vuelve más cálida. Más íntima.

Habla de la ciudad con el mismo cariño con el que otros hablan de la casa donde crecieron.

Resulta inevitable pensar en la paradoja: una mujer que aprendió a amar el océano nació entre montañas, mezquites y semidesierto, a cientos de kilómetros de la costa más cercana.

”Siempre llevo a Saltillo en el corazón”, dice. Y uno termina creyéndole.

Porque, de alguna manera, cada vez que entra al agua parece llevar consigo un pedazo del desierto.

Como si en cada brazada viajaran también las calles donde aprendió a nadar, las albercas donde dio sus primeros entrenamientos y todas las personas que, cuando aquel sueño parecía demasiado grande para una niña de Saltillo, decidieron creer en ella.

Poco a poco comienza a mencionar nombres. Empresarios. Amigos. Patrocinadores. Familiares. Entrenadores.

Habla de ellos con un profundo sentido de gratitud, porque sabe que ninguna historia de éxito se escribe en solitario.

”Todos se fueron sumando”, repite varias veces durante la conversación.

Y mientras la escucho enumerar personas, entiendo que para Alejandra cada medalla lleva grabados muchos más nombres que el suyo.

Porque entendió hace mucho tiempo que ningún océano se cruza solo.

Cada llegada a la meta también pertenece a quienes estuvieron detrás, empujando desde tierra firme cuando ella sólo podía ver agua hasta el horizonte.

Antes de despedirnos, le pregunto cuál es el sueño que todavía le falta conquistar.

No responde unos Juegos Olímpicos. Tampoco un campeonato mundial. Sonríe.

”Mi Guinness”.

Ese, dice, es su Everest.

Después revela otro sueño. Quiere escribir un libro ilustrado para niños y adolescentes. Ya tiene incluso el título: Olas de Cambio.

La idea me hace sonreír. No me sorprende. Después de escucharla durante casi una hora, resulta evidente que Alejandra colecciona mares, ha competido para demostrar que el lugar donde uno nace no determina el lugar al que puede llegar. Que una niña criada entre montañas también puede aprender el idioma del océano.

Y que, sin importar el tamaño de las olas, todos los grandes viajes comienzan exactamente igual. Con una primera brazada.

Escritor y especialista en narrativa y comunicación. Con más de 20 años de experiencia en medios y comunicación estratégica, ha construido una trayectoria que articula periodismo, storytelling y desarrollo de proyectos editoriales.

Inició su carrera en espacios como Televisa Monterrey, Grupo Reforma, Multimedios Radio y Periódico Vanguardia, donde ha ganado tres Premios Estatales de Periodismo.

Es autor de Dinolibros, una colección infantil que aborda la salud socioemocional a través de historias simbólicas. Su trabajo se distingue por una narrativa sensible y una mirada cercana a las emociones que habitan lo cotidiano.

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