Bajo un cielo que amenazó lluvia, la fe no se movió: cientos caminan el viacrucis del Ojo de Agua al Mirador de Saltillo
La edición 50 del Viacrucis del Ojo de Agua reunió a cientos de fieles que caminaron hasta el Mirador en una representación marcada por reflexiones actuales y participación comunitaria.
Las primeras gotas apenas tocaron el pavimento cuando ya nadie estaba dispuesto a irse. Ni los niños sobre los hombros de sus padres, ni las señoras con rosario en mano, ni los hombres apoyados en muletas. Frente a la parroquia del Ojo de Agua, entre música religiosa y un murmullo constante, cientos de saltillenses esperaban el inicio del viacrucis como si la lluvia fuera apenas un detalle menor.
Ocho minutos después de las tres de la tarde, comenzó. El obispo alzó la mano, el agua bendita cayó sobre actores y asistentes, y entre aplausos se dio paso a la edición número 50 del Viacrucis viviente. “Que el cansancio no nos detenga”, se escuchó en la bendición inicial. Minutos después, esa frase comenzaría a tomar sentido.
El silencio llegó por momentos, roto apenas por el juego de algunos niños o el murmullo de quienes intentaban alcanzar a ver entre los paraguas. Porque si algo no se detuvo, además del evento, fue la gente: seguía llegando. Cada vez más.
La representación avanzó entre dramatización y reflexión. Los gritos de “¡crucifícalo!” se mezclaron con latigazos que resonaban en el aire, lo suficientemente fuertes como para hacer voltear incluso a quienes estaban lejos del escenario.
Algunos padres aprovechaban para explicar la escena a sus hijos. Otros simplemente observaban.
Hubo momentos que rompieron la narrativa tradicional: personajes con reflexiones actuales, referencias a problemáticas sociales, jóvenes que intervenían con mensajes contemporáneos. Incluso Poncio Pilato, en un giro distinto, pidió perdón en medio de la representación.
—Tuve miedo al clamor popular —decía el personaje—. No supe defenderte.
Esa mezcla entre lo clásico y lo actual marcó el tono de un Viacrucis. A las 4:05 inició el recorrido.
La multitud se abrió como pudo para dejar pasar la cruz de casi 90 kilos. Después, comenzó a moverse detrás de ella, de forma constante.
Calles cerradas con cuerdas, policías intentando ordenar el paso, banquetas irregulares, autos estacionados que obligaban a rodear. Nada detenía el avance. La fe caminaba.
A un lado, señoras rezaban en voz baja. Más adelante, niños preguntaban: “¿Dios no quería eso?”. Unos metros después, alguien gritaba: “¡Liberen a Jesús, es inocente!”. El viacrucis no solo se veía. Se vivía.
El trayecto hacia el Mirador se convirtió en una procesión de contrastes.
Mientras unos lloraban o rezaban, otros compraban elotes, churros o algodón de azúcar. El olor a comida se mezclaba con el sudor de quienes subían la pendiente.
Vecinos observaban desde azoteas. Familias completas se incorporaban al paso. Algunos avanzaban por tradición, otros por primera vez.
“Se siente tristeza... pero también es bonito vivirlo”, dijo María Margarita Carrillo, quien acudió por primera vez al viacrucis del Ojo de Agua, acompañada de su familia.
Para Melany Limones, también primeriza, la experiencia fue distinta: “Es mucha emoción verlo por primera vez... es algo que todos deberíamos experimentar”.
El cansancio comenzó a notarse en la subida. Pero nadie se detuvo.
Ni siquiera cuando las caídas de Jesús se hicieron más frecuentes en la representación. Para algunos, ese fue el momento más duro.
“Las caídas... cuando ya no puede más”, comentó Rene Mares, quien asistió con su familia. “Ahí es donde más sientes”.
Y aun así, el paso continuó.
En el Mirador, ya esperaban más. Cientos.
Al caer la tarde, el ruido se transformó en silencio. La crucifixión detuvo todo. Incluso a los niños.
“¿Ya murió?”, preguntó uno.
Nadie respondió de inmediato.
La escena avanzó entre gritos, oraciones y, finalmente, quietud. Jesús fue bajado de la cruz. Algunas personas limpiaban lágrimas. Otras solo observaban en silencio.
A las 6:34 de la tarde, el Viacrucis terminó, pero no del todo.
Algunos caminaron hacia el sepulcro. Otros comenzaron a dispersarse. La fe, como el recorrido, se dividió en caminos distintos.
Detrás quedaba una tarde donde la lluvia no llegó, pero sí la reflexión.
Donde la multitud no retrocedió.
Y donde, por unas horas, Saltillo caminó junto a una cruz.