Crónica de una madre que se fue borrando: ‘al final, el olvido fue piadoso’
Aunque perdió sus memorias, el amor que dejó en su familia permanece como legado
Por: Gabriel Salas
Como todos los domingos, mi madre acudía a una iglesia en el centro de la ciudad. Al salir, compraba una paleta de fresa natural, olorosa y fresca, con palito de madera.
La vimos en la plaza, en medio de la gente: comprando una estampita que vendían las monjas a la salida, acariciando la cara de un bebé al que divertían soplándole burbujas. A mi hija mayor la subí a las sillitas voladoras, esas que parece que se van a deshacer en cualquier momento; ojalá no llueva porque el techo está todo carcomido. No tienen motor, un señor las impulsa a mano: a veces más fuerte, a veces más lento, como cuando se cansa.
Mi hijo menor quiso que le comprara una rata de barro, de esas que tienen un cordón elástico y unas rueditas que simulan que caminan. Se acercó, bromista, a su abuela. Ella fingió asustarse. Todos reímos.
Nos fuimos caminando a mi camioneta, que estaba como a una cuadra, para llevarla a su casa. Y justo cuando íbamos a subir, me dijo, sorprendida:
—Hijo... qué bonita camioneta. ¿Es nueva?
Me sorprendió su pregunta. Esa camioneta la tenía desde hacía un par de años. Ella ya se había subido muchas veces. Incluso habíamos viajado en ella. La percibí acalorada; sus chapas naturales me decían que, por la temperatura, a lo mejor se le había bajado la presión y se había confundido.
Ahí apareció la primera grieta, como el techo de las sillitas voladoras. Y pasó casi desapercibida.
Llegando a su casa estaban mis otros hermanos con sus familias y todo transcurrió con naturalidad. Todavía un poco embarrada de su paleta de frutas, pasó a lavarse al baño y regresó a la cocina. Ese espacio que siempre huele rico: a canela, a café, a tortillas de harina recién hechas... a hogar.
La barulla de la plática de una típica y gran familia mexicana llenaba el lugar.
Chistes, canciones, anécdotas que se han contado muchas veces.
Hasta que mi mamá preguntó qué hora era.
Y luego volvió a preguntarlo. Y luego otra vez. Como cinco veces. Cada dos minutos. Reíamos, continuaba la plática y volvía a preguntar.
Hasta que mi papá, ya con un poco de fastidio, le dijo:
—¿Vas a tomar pastilla o qué?
Por la dinámica de la reunión volvimos a verlo todo con normalidad.
“Está un poco cansada”.
“Ya está grande”.
Pero era su memoria la que empezaba a desgastarse. La grieta comenzaba a hacerse más visible.
Pasaron como dos meses, tenía vuelta cerca de la casa de mi mamá. Ahí estaba sola, sentada en el sillón de la sala, con las ventanas entrecerradas, la televisión apagada y una vieja revista Selecciones en sus manos.
La vi tranquila. Un poco melancólica.
—¡Hijo! ¿Qué andas haciendo? ¿Quieres un café?
Le dije que no, que solo pasaba a saludarla.
Le pregunté si se sentía bien. La notaba rara. Cuando me acerqué, percibí su aliento alcohólico.
—¿Qué tomaste? —le pregunté, sorprendido.
—Nada —me dijo sonriendo.
—¿Y ese vaso?
Uno de vidrio que tenía a un lado, con restos de lo que había tomado.
—Ah... me tomé un chocolatito —así le decía a la crema de whisky.
—¿Solo uno?
—Siii... pues ni que fuera borracha.
Me quedó claro que no había sido solo uno.
Entonces me volvió a preguntar:
—Hijo... ¿qué andas haciendo? ¿Quieres un café?
Le contesté que no y nos fuimos a la cocina. Esa cocina de olores ricos, salsa recién hecha y piso de barro.
Ahí se puso a lavar su vaso.
—¿Qué andas haciendo? ¿Quieres un café?
—Ya te dije que no —le respondí esta vez un poco serio.
—Oye... pero no te enojes.
—¿Qué andas haciendo?
Le dije que había ido a recoger unos papeles cerca y que había pasado a verla.
—Hijo... ¿quieres un café?
Respiré profundo, preocupado.
Ese día decidí hablar con mis hermanos.
Ellos ya lo habían notado. Mi hermana comentó que mi madre le había puesto varias veces sal a los frijoles, dejándolos incomibles. También que las señoras de la lotería, con las que iba a jugar todos los martes, habían ido a reclamar porque no había pagado la cuota. Extrañada, mi hermana les dijo que siempre les mandaba el dinero, pero entonces entendió que las estampitas que compraba en la tienda religiosa de la esquina habían sido adquiridas con ese dinero.
Obviamente, con su carácter bromista, lo negaba y se reía. Aunque por momentos se preocupaba, no le daba importancia.
Como yo, estábamos negando lo evidente: que su memoria se estaba desgastando, justificándolo con que ya era una persona mayor.
Para descartar cualquier cosa la llevamos al médico. Ese día iba contenta, limpia y perfumada, disfrutando el paseo como una niña, contemplando todos los detalles en el camino y, al llegar, percibiendo cada rincón del edificio donde estaba el especialista. Ocurrente y bromista, criticó la exagerada delgadez de su asistente.
Ya en consulta, le empezó a hacer algunas preguntas y, después de unos exámenes, nos dijo que habían aparecido señales de algunos microinfartos y que seguramente eso le estaba afectando su memoria a corto plazo.
Ella le dijo, bromeando al doctor:
—O sea... ¿como Dory? ¿La de Buscando a Nemo?
Y él le respondió:
—Ándele... más o menos.
Entonces toda la familia, empezamos a tratar de comprender más sus olvidos, sus grietas, que cada vez se permeaban en más situaciones.
A mi sobrina, cada que iba, le preguntaba qué carrera estaba estudiando y ella volvía a decírselo. Yo les pedía a mis hijos que también fueran pacientes si les preguntaba veinte mil veces las mismas cosas o si les ofrecía algo, porque ella siempre daba a manos llenas: una naranja, un pedazo de pan, un abrazo.
El olvido empezaba a hacerse constante.
Lo cierto es que casi siempre se acordaba de todo, menos de lo más inmediato.
Estaba viviendo en un bucle constante sin darse cuenta, y aunque la paciencia por momentos se agotaba y la impotencia aparecía, su alma de niña siempre nos regresaba al presente.
Llegó el 2020 y la pandemia sembró de miedo al mundo entero.
Y el bicho la tocó.
Aun con la mascarilla, bromeaba y preguntaba, sin medir el peligro, si tenía COVID. Le decíamos que no se preocupara, hasta que se puso más grave y tuvo que entrar al hospital. Cuando la iban ingresando, todavía alcanzó a sonreírle a los camilleros.
Entonces las grietas se volvieron un pequeño consuelo, porque imaginábamos que a ratos olvidaba en dónde estaba... y también el miedo.
No la volvimos a ver.
El olvido se la fue llevando, sí... pero fue piadoso al final.
Le arrancó nombres, le deshizo fechas, le apagó los recuerdos... pero nunca pudo tocar lo único que nos dejó para siempre: el amor.