El Ocaso de los Guachichiles: Resistencia, Profecía y Extinción

El Ocaso de los Guachichiles: Resistencia, Profecía y Extinción

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En un solo día de 1599, una anciana guachichil fue juzgada y ahorcada por brujería en San Luis Potosí, la recién pacificada frontera norte de la Nueva España.

Saltillo
/ 10 abril 2026
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La antropóloga e historiadora Ruth Behar, de la Universidad de Michigan, rescató uno de esos registros. En su artículo “Las visiones de una bruja guachichil en 1599: una ventana a la subyugación de los cazadores-recolectores de México”, publicado en la revista Ethnohistory en la primavera de 1987, Behar analiza las actas del juicio de una anciana guachichil (60 años) celebrado el 19 de julio de 1599 en San Luis Potosí. Gracias a la minuciosa lectura que Behar hace de las actas originales, hoy podemos reconstruir este episodio con la riqueza de detalle que merece. Lo que esa mujer dijo ante sus jueces no fue solo una confesión; fue, con una claridad perturbadora, la profecía del fin de su propio pueblo.

Un Pueblo Forjado en la Resistencia

Los guachichiles eran uno de los grupos más numerosos y temidos del vasto territorio que los españoles denominaban la Gran Chichimeca. Con diversas tribus llamadas parcialidades, la región donde se desplazaban abarcaba los actuales estados de Guanajuato, San Luis Potosí, Jalisco, Zacatecas y el sureste de Coahuila. Su principal bastión era el Tunal Grande, situado en la región del actual municipio de Pinos, en el sureste de Zacatecas, un territorio que funcionó durante décadas como refugio.

El nombre guachichil, en náhuatl, significa cabeza roja o gorrión de cabeza roja, por su costumbre de pintarse la cabellera y el cuerpo de rojo y usar bonetes puntiagudos de cuero colorado, además de elaborados tocados de plumas rojas. Una apariencia que las crónicas coloniales describían como intimidante y que, según algunos relatos, asustaba hasta a las mulas de carga. Más allá de lo visual, lo que verdaderamente los distinguía era su capacidad de organización y su ferocidad en el combate: formaban alianzas con los zacatecos y otros grupos para atacar las caravanas que transitaban la ruta de la plata entre la Ciudad de México y Zacatecas, destruyendo asentamientos, saqueando puestos de abastecimiento e incendiando lo que se les pusiera enfrente.

Durante casi medio siglo, entre 1548 y 1590, sostuvieron lo que la historiografía conoce como la Guerra Chichimeca, uno de los conflictos más prolongados y costosos que enfrentó la Corona española en el territorio de la Nueva España. A diferencia de las grandes civilizaciones sedentarias del centro y sur de México, los guachichiles no ofrecieron una resistencia que pudiera quebrarse con la caída de una capital o la captura de un gobernante. Su poder era la movilidad profundamente arraigada a su modo de vida nómada.

La Guerra y la Paz que los Destruyó

En 1546 se descubrió plata en Zacatecas. De repente, el norte pasó de ser un lugar desdeñado a una zona de enorme importancia estratégica. Los españoles necesitaban libre el camino de más de quinientos kilómetros entre la Ciudad de México y las minas. Los guachichiles se los dificultaron durante casi medio siglo: atacaron caravanas, destruyeron asentamientos y saquearon puestos de abastecimiento. Fue uno de los conflictos más prolongados y costosos que enfrentó la Corona, más caro y largo que la propia conquista de Tenochtitlan, que no llevó más de tres años.

$!India guachichila es sentenciada a muerte por hechicera, por haber matado a un indio llamado Agustin y por sublevar a los indios chichimecas y tlaxcaltecas para asesinar a los españoles en San Luis Potosí en 1599

En 1589, los españoles cambiaron de estrategia. Implementaron la llamada “paz por compra”: entregarles periódicamente alimentos, ropa y herramientas a cambio de que se sedentarizaran. Funcionó. Al volverse dependientes de esos suministros, los guachichiles dejaron de moverse. Sus hijos crecieron en pueblos, bajo la doctrina cristiana, aprendiendo a ser otra cosa. En una generación, lo que habían sido dejó de transmitirse.

Según el historiador J. de Jesús Dávila Aguirre, en su Crónica del Saltillo Antiguo de 1974, fue el general don Rodrigo de Río Loza quien impulsó el acuerdo ese mismo año. El principal mediador fue el capitán Miguel Caldera, hijo de español y madre chichimeca, que dominaba perfectamente la lengua guachichil. Eso hizo que el tratado fuera aceptado con relativa facilidad: confiaban en él por ser de su propia sangre y raza.

El tratado de “paz” continuó hasta 1674, cuando Francisco de Barbarigo, Teniente de Capitán y Protector de la Frontera del Saltillo, informó: “En esta frontera no se hallan más de cinco indios, chicos y grandes, de la nación guachichil, pues han muerto la mayor parte de ellos a causa de las enfermedades que han tenido, principalmente de las viruelas.” Lo que no dijo fue quién trajo esas pestes.

Voz de la Anciana sin Nombre

No tenía nombre. O al menos, no uno que los escribanos quisieran recordar.

El 19 de julio de 1599, una mujer guachichil de edad avanzada irrumpió en las iglesias de los barrios de Tlaxcala y Santiago en San Luis Potosí. Destrozó cruces e imágenes religiosas e incitó a los presentes a rebelarse. Para los españoles, el acto era una amenaza directa; para los indígenas que la observaban, era la manifestación de poder de alguien muy valiente y temeraria.

El juicio se resolvió en un solo día, pero los testimonios recabados revelan, como señala Behar, un universo simbólico de extraordinaria riqueza en el que la mujer mezclaba con maestría elementos de la cosmología chichimeca con conceptos tomados del propio catolicismo que pretendía combatir. Este sincretismo no era casual ni superficial; tampoco estaba confundida.

Sueño de Libertad, no Alucinación

La anciana relató haber visto a dos figuras en forma de venado: una montaba un caballo y la otra lo llevaba de las riendas. La imagen era una inversión deliberada del orden colonial. El caballo era el símbolo por excelencia del poder español, reservado exclusivamente para los conquistadores. El venado, en cambio, era la presa tradicional de los chichimecas, pero también su allegado totémico y figura protectora. Ver al venado dominar al caballo significaba que los “cazados” se convertirían en cazadores, que el mundo colonial se voltearía y que una nueva era comenzaría para los suyos.

También habló de su hija muerta, enterrada bajo el altar de la iglesia de Tlaxcala, cuyo espíritu parecía estar atrapado bajo el orden cristiano. Prometió a su pueblo un lugar llamado La Laguna: un territorio de indios resucitados donde los viejos volverían a ser jóvenes, los enfermos sanarían y todos alcanzarían la inmortalidad. La condición para llegar era matar a los españoles. La anciana no hablaba solo para los suyos; hablaba para todos los que habían perdido algo, o todo, bajo el dominio español. En La Laguna no importaría de qué pueblo vinieras: guachichiles y cualquier otro vivirían juntos. Lo que la Colonia había destrozado, ese lugar lo reconstruiría.

$!Expansión Española en el Territorio Chichimeca (1519-1599).

Acusación

Su poder como hechicera era, según los testigos recogidos por Behar, concreto y temible. Se le acusó de haber matado a un indio tarasco llamado Agustín con solo rozarle la oreja con un palito, tras lo cual el hombre murió echando espuma por la boca. La anciana no bajó la mirada. No lo maté, dijo. Afirmó que el hombre ya estaba enfermo, que ella solo lo vio morir. Yo no hice nada. Pero luego añadió algo que inquietó a todos: Los muertos no se quedan aquí. Yo los devuelvo. Dijo que el corazón del hombre no se perdió, que ella lo envió a La Laguna, donde los muertos viven, donde los viejos vuelven a ser jóvenes y el dolor desaparece. Allá siguen, afirmó. Para los jueces, el hombre había muerto. Para ella, solo había partido.

Su compañero Andrés declaró bajo juramento haberla visto transformarlo en coyote mediante un acto de magia, al punto de haber percibido su propia cola de animal. Ella negó los cargos y negó haber consumido peyote, dejando en claro que sus visiones no eran producto de ninguna sustancia: eran reales. Los testigos, seguramente, fueron aleccionados y después recompensados.

La Sentencia y su Significado

Su abogado defensor, Juan López Panyagua, intentó salvarla argumentando que estaba “loca y falta de juicio”, o que simplemente se hallaba ebria al momento de los hechos, y que sus visiones eran delirios causados por la “furia del alcohol”. Solicitó tres días de prórroga para verificar las acusaciones. El aplazamiento le fue negado.

El capitán Gabriel Ortiz de Fuenmayor comprendió el alcance real del peligro: más de ciento cincuenta guachichiles de distintas regiones habían acudido al llamado de la anciana. La sentencia fue apresurada. La mujer fue sacada a caballo mientras un pregonero anunciaba su crimen, y fue ejecutada en la horca en el camino entre San Luis y el barrio de Tlaxcala, donde habitaban los tlaxcaltecas.

Con ella murió el último gran intento organizado de revitalización cultural guachichil. Pero antes de morir, había pronunciado algo que sus jueces registraron sin advertir el peso de sus palabras: ”la tierra se abriría para tragárselos a todos”.

El Cumplimiento de la Profecía

Lo que ocurrió en las décadas siguientes resulta difícil de leer sin cierta conmoción. Behar documenta cómo la “paz por compra” continuó haciendo su trabajo silencioso. Los censos coloniales registran la desaparición de los guachichiles. En Mexquitic vivían 98 individuos de esa nación en 1622; para 1636, quedaban 41; hacia 1674, los registros señalan que no quedaba ni uno solo, con excepción de dos ancianas que eran las últimas de su nación.

Los números en San Esteban de la Nueva Tlaxcala son igualmente devastadores: 88 guachichiles en 1622, 20 muertos por viruela en 1632. El último varón, Juan, murió el 5 de febrero de 1666. La última mujer, Juana, falleció el 30 de enero de 1670.

A mediados de la década de 1670, los guachichiles habían desaparecido prácticamente como pueblo de toda la jurisdicción de San Luis Potosí y de la villa de Santiago del Saltillo. Los que no murieron por enfermedad, desplazamiento o violencia fueron absorbidos como mano de obra en las minas y haciendas españolas. Behar apunta que se mezclaron con otomíes, tarascos y otros grupos hasta perder todo rasgo distintivo de su identidad. En el caso de San Esteban, se mezclaron con borrados. Como hemos apuntado en este espacio, los guachichiles nunca se mezclaron con tlaxcaltecas.

El Crimen de Soñar en Voz Alta

Sabemos muy poco de los guachichiles, y eso hace aún más perturbador este episodio: una anciana sin nombre, sin bautizo, sin registro que la dignifique, desafió con palabras a todo un aparato colonial. No con armas. Con visiones.

Lo que sus jueces llamaron brujería no era otra cosa que el sueño lúcido de alguien que había visto desmoronarse su mundo. La Laguna no era una alucinación: era el deseo profundamente humano de recuperar lo perdido, un lugar imaginado donde las tribus vivían en armonía, donde los muertos regresaban y los viejos volvían a ser jóvenes. Un espacio de justicia que el mundo real le negaba. Y si en ese sueño los españoles no tenían cabida, no había nada de irracional en ello: habían matado a miles de los suyos, les habían arrebatado el territorio, la lengua, el movimiento. Querer verlos muertos no era locura; era memoria.

La acusación de brujería fue una solución conveniente. Los testigos, convocados con todo el peso de la Iglesia detrás, dijeron lo que se esperaba que dijeran, y probablemente recibieron lo que se les prometió por hacerlo. El abogado defensor pidió tres días para verificar los cargos. Se los negaron. El juicio duró un solo día. La sentencia estaba escrita antes de que ella abriera la boca.

Que haya sido una anciana no bautizada quien protagonizara el último grito organizado de resistencia guachichil dice todo sobre ese pueblo. Nunca buscaron rendirse. Cuando les quitaron las flechas, usaron las palabras. Cuando les quitaron el territorio, construyeron un territorio imaginado. El espíritu guachichil no se doblegó; simplemente dejaron de tener a alguien que lo sostuviera.

La acusaron, ahorcaron, borraron su nombre, aquí la recordamos y seguimos hablando de ella.

Como acto de justicia y gesto profundamente humano, sin derecho alguno salvo el de la deuda que tenemos con los olvidados, me atrevo a nombrar a esta mujer valiente: Yatamahuina, la que prometió La Laguna para los suyos. Solo para no olvidarla y devolverle todo lo grande que fue. Con profundo agradecimiento a mi hija Daniela Gutiérrez, quien tuvo la gentileza de hacerme llegar el trabajo de Ruth Behar, que dio origen a este relato.

saltillo1900@gmail.com

Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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