Del ruedo a la mente: Jorge de Jesús Glison, el torero que se volvió psicólogo
Una cornada cambió su vida. Después de años enfrentando toros, Jorge de Jesús Glison encontró en la psicología otra forma de comprender el miedo y el dolor.
Jorge de Jesús Glison ya sabía lo que era ver venir la muerte de frente. La había visto en los pitones de un toro. La había sentido en una cornada. Había hecho del riesgo una forma de vida, pero nunca un riesgo sin sentido. Pero aquella vez fue distinta.
Estaba tendido sobre una mesa de operaciones en la Ciudad de México. Había perdido demasiada sangre después de una cornada sufrida en Tlaxcala y los médicos trabajaban para salvarlo.
Entonces, según recuerda, dejó de mirar la muerte desde abajo.
La miró desde arriba.
—Vi mi cuerpo allá abajo.
Mientras los médicos trabajaban sobre él, Glison asegura haber sentido que salía de su cuerpo. No hubo terror. No hubo desesperación. Hubo paz, y una luz.
—Me estaba muriendo muy contento —dice.
Después regresó.
Despertó.
Pero aquella cornada todavía no había terminado de cobrarle la factura.
Vendrían las complicaciones. La infección. La gangrena. Una pierna amenazada y nuevas intervenciones que prolongarían una batalla que ya no se libraba frente a un toro, sino dentro de su propio cuerpo.
Y aunque siguió siendo el mismo hombre que había pasado años enfrentándose a toros, golpes, fracturas y riesgos que para cualquiera parecerían suficientes para varias vidas, algo había cambiado.
Hasta entonces Glison había aprendido a dominar el miedo frente a un animal de cientos de kilos.
Después tendría que aprender algo mucho más difícil: qué hacer con el miedo cuando ya no está frente a ti. Cuando está dentro.
La cornada que estuvo a punto de matarlo terminó cambiando el rumbo de su vida. La gangrena, el dolor físico y las secuelas emocionales lo llevaron años después a estudiar Psicología y a desarrollar una forma propia de trabajar con las emociones.
El hombre que durante décadas enfrentó toros comenzó entonces a enfrentarse a otra clase de bestias: el miedo, el rencor, la culpa, la ira.
Cuando se le pregunta quién es Jorge de Jesús Glison, encuentra una palabra muy sencilla.
—Aventurero.
Y basta recorrer su vida para entender que no exagera.
Antes de los toros hubo futbol americano. Hubo judo. Hubo rodeo. Montó toros y hasta fue payaso de rodeo, uno de esos hombres cuya tarea consiste precisamente en atraer hacia sí a un animal enfurecido para salvar al jinete que acaba de caer.
Como si desde muy joven hubiera desarrollado una extraña familiaridad con el peligro.
Los golpes tampoco eran algo nuevo. En el futbol americano había aprendido a recibirlos de hombres mucho más grandes que él; en el judo, a caer y levantarse; en el rodeo, a convivir con animales de cientos de kilos capaces de mandarlo por los aires en un instante.
Después llegaron los toros. Y Glison encontró ahí el escenario perfecto para una personalidad que difícilmente entendía de caminos convencionales.
Nunca perteneció a una familia taurina. No creció entre matadores ni pasó la infancia llevado de la mano a las plazas. Su historia dentro del toreo comenzó de una manera poco común y siguió exactamente igual.
A contracorriente.
Él mismo suele explicarlo con la imagen del salmón: ese animal que remonta el río, enfrentando la corriente, para regresar al lugar donde comenzó su vida.
—A mí me ha tocado siempre ir contra corriente, pero siempre hay una razón.
No se considera un rebelde por el simple gusto de romper las reglas.
—No soy un rebelde sin cauce. Siempre hay una causa.
Y en el ruedo esa manera de ser podía convertirse en algo fascinante, o peligroso.
Cuando un toro lo derribaba, se levantaba. Cuando lo golpeaba, regresaba. Cuando parecía prudente tomar distancia, Glison hacía exactamente lo contrario: se acercaba.
Hubo tardes en las que aquella forma de plantarse frente al peligro hizo que desde fuera resultara difícil entender qué ocurría dentro de su cabeza. La prensa llegó a llamarlo loco. Suicida. Incluso hubo quien sugirió que debía estar bajo los efectos de alguna droga para comportarse de aquella manera frente a un toro.
Glison tenía una explicación mucho menos misteriosa.
—Yo estaba acostumbrado a los trancazos.
Durante años su cuerpo pareció darle la razón. Caía. Se levantaba. Volvía.
Hasta que apareció un toro que no le permitió levantarse y seguir como si nada.
Se llamaba Golfo. Y aquella vez el golpe no terminó cuando Glison salió del ruedo.
Golfo no fue simplemente otro toro en la historia de Glison.
Fue el que dividió su vida en dos. La cornada fue grave. El pitón alcanzó la femoral y comenzó una carrera que ya no se libraba frente al público, sino entre médicos, sangre, quirófanos y decisiones tomadas contrarreloj.
Primero vino la operación en Tlaxcala. Después, las complicaciones. La herida se infectó y apareció una palabra mucho más aterradora que cualquier toro: gangrena.
Glison había pasado buena parte de su vida aprendiendo a controlar el miedo. Frente a un toro sabía qué hacer con él. Podía medir distancias, observar movimientos, reaccionar. El peligro tenía una forma, un peso, dos pitones y estaba justo delante de sus ojos.
En un hospital era diferente. Ahí no había nada que esquivar. Nada que torear. Nada contra lo cual demostrar valentía. Su cuerpo estaba perdiendo la batalla. La situación obligó a trasladarlo a la Ciudad de México, donde tuvo que ser intervenido nuevamente. La posibilidad de perder la pierna era real. También lo era algo todavía peor: morir.
Fue durante aquella segunda intervención cuando ocurrió la experiencia que décadas después sigue relatando con absoluta claridad: verse desde fuera, observar a los médicos trabajando sobre su cuerpo, sentir una profunda tranquilidad y aquella luz que todavía forma parte de sus recuerdos.
Sobrevivió.
Pero sobrevivir no siempre significa salir intacto. La cornada cerró, la gangrena quedó atrás y el cuerpo comenzó a recuperarse. Lo que había sucedido dentro de él, sin embargo, tardaría mucho más en encontrar nombre.
Con los años, Glison entendió que Golfo no sólo le había abierto una herida en el cuerpo; también había abierto una puerta. Una que terminaría llevándolo hacia un territorio completamente distinto al que había conocido hasta entonces.
Por eso, cuando durante nuestra conversación le hago una pregunta que parece unir dos vidas aparentemente distintas, la del torero y la del hombre que años después encontraría en la psicología otra forma de enfrentarse al miedo, su respuesta llega casi de inmediato.
—¿En qué momento dejaste de pelear contra los toros para comenzar a pelear contra las emociones?
Glison sonríe.
—Pues gracias a Golfo.
La respuesta dura apenas unos segundos.
Entenderla le tomó años.
Porque aquel hombre acostumbrado a resolver el miedo avanzando hacia él comenzó a descubrir que las emociones funcionan de otra manera.
No basta con ser valiente. No basta con aguantar.
Resulta difícil no encontrar cierta ironía en el recorrido. Durante años Glison había estudiado al toro: sus movimientos, sus reacciones, su temperamento, sus embestidas. Ahora comenzaba a estudiar al ser humano y descubría que, en muchos sentidos, nosotros también embestimos, también huimos, también atacamos cuando tenemos miedo y también cargamos heridas que nadie puede ver.
El ruedo simplemente había cambiado de lugar.
Estudiar psicología no convirtió a Glison en un hombre distinto de un día para otro, ni borró al torero. En cierta forma, lo obligó a volver a mirarlo y a entender desde otra perspectiva al hombre que había sido durante tantos años.
Hasta entonces había asociado la fortaleza con resistir: aguantar el dolor, levantarse después del golpe, regresar al ruedo, no retroceder. Era una lógica que le había servido frente a toros, caídas y heridas.
Pero la mente no siempre responde a esas reglas.
Hay heridas que empeoran cuando uno pretende ignorarlas.
Hay miedos que crecen cuando se esconden.
Hay dolores que no desaparecen simplemente porque uno sea capaz de soportarlos.
Y Glison comenzó a descubrir que enfrentarse a una emoción podía exigir tanto valor como ponerse delante de un toro, quizá más. Porque al toro podía verlo, a la angustia, no. El toro avisaba cuando iba a embestir, el rencor podía permanecer escondido durante años.
Y mientras una cornada dejaba sangre, cicatrices y médicos corriendo alrededor, una herida emocional podía pasar inadvertida incluso para quien la llevaba dentro. Ahí comenzó otra etapa de su vida.
El hombre al que alguna vez llamaron loco y suicida por la manera en que se exponía en el ruedo empezó a escuchar historias de personas enfrentadas a sus propios miedos.
Ya no había aplausos, arena ni trajes de luces, había personas sentadas frente a él tratando de entender por qué sufrían. Y Glison encontró una nueva manera de colocarse frente al dolor. Esta vez no para desafiarlo. Para comprenderlo.
Hay algo paradójico en escucharlo hablar de emociones.
Durante buena parte de su vida construyó una relación muy particular con el miedo. Lo buscó, lo provocó, aprendió a caminar hacia él. Sin embargo, con el tiempo comprendió que no todas las batallas se ganan enfrentándolas de la misma manera.
Algunas requieren detenerse, observar, escuchar; entender de dónde viene aquello que sentimos antes de intentar modificarlo. Por eso no reniega de Golfo.
Glison nunca ha sido particularmente bueno para las historias sencillas, también fue el hombre que decidió que había toros que merecían seguir vivos, aun cuando hacerlo significara enfrentarse a la autoridad, al público y a las consecuencias.
En León ocurrió una de esas tardes. Frente a él había un toro extraordinario y Glison decidió que no lo mataría. El juez pensaba distinto, llegaron los avisos, parte del público protestaba y el reglamento exigía terminar la faena, pero él se mantuvo en su decisión.
El toro incluso alcanzó a golpearlo y le rompió la nariz. Glison se levantó, pero esta vez no para continuar la pelea, sino para sostener lo que había decidido. El animal salió vivo de la plaza y posteriormente, según recuerda, se convirtió en semental. Él, en cambio, terminó detenido.
—Si yo soy el matador, yo decido si lo mato o no —explica.
Y aceptó el castigo.
La anécdota revela algo que estuvo ahí desde mucho antes de que apareciera la psicología. Glison podía desafiar el peligro, pero también estaba dispuesto a enfrentarse a la autoridad, al público y a las consecuencias cuando aquello que consideraba correcto chocaba con lo que se esperaba de él.
El mismo hombre que durante años quiso comprender por qué embestía un toro comenzó a preguntarse por qué embestimos nosotros.
Con el tiempo, aquella búsqueda dejó de ser solamente personal. Glison comenzó a desarrollar una técnica propia a la que llama proceso de transmutación emocional, una forma de trabajo que, según explica, nació precisamente de lo que vivió después de aquella cornada, de los hospitales y de la gangrena.
La idea parte de algo que atravesó su propia historia: no se trata simplemente de negar lo que sentimos ni de esconder aquello que nos lastima, sino de trabajar con emociones como el miedo, el rencor, el odio o la ira para evitar que terminen gobernando nuestra vida.
—Eso es precisamente lo que yo hago. Se llama proceso de transmutación emocional —explica.
Primero vino la experiencia y después la necesidad de comprenderla. Glison asegura que desarrolló e implementó la técnica y que esa búsqueda terminó llevándolo a estudiar formalmente psicología, continuar con una maestría y avanzar hasta el doctorado, que está próximo a concluir, con la intención de dar sustento académico y científico a aquello que había comenzado a descubrir desde su propia experiencia.
Hay algo coherente con toda su historia en ese recorrido. Glison no quiso simplemente sobrevivir a la cornada; necesitó entender qué había ocurrido dentro de él y qué podía hacer con ello. El hombre que durante años había entrenado su cuerpo para reaccionar frente al peligro comenzó entonces a estudiar la mente para comprender por qué una emoción puede paralizarnos, hacernos huir o llevarnos a actuar de maneras que ni nosotros mismos entendemos.
Y al profundizar en la mente terminó inevitablemente haciéndose preguntas todavía más grandes.
Sobre la vida.
Sobre la muerte.
Sobre aquello que somos cuando dejamos de ser solamente un cuerpo.
Y sobre Dios.
No son preguntas nuevas para Glison. Desde niño, asegura, sintió curiosidad por las religiones y por comprender qué podía existir más allá de la vida. Con los años leyó distintas corrientes y construyó una visión propia, alejada de la imagen tradicional de un Dios que observa al ser humano desde algún sitio distante.
En esa búsqueda encontró particularmente atractivas las ideas de Baruch Spinoza, el filósofo que entendía a Dios no como una figura separada de la creación, sino íntimamente ligado a todo lo que existe. Glison reconoce ahí parte de su pensamiento, aunque asegura haber construido a partir de ello su propia manera de entender la existencia.
—Yo creo que existe esta inteligencia suprema creadora que no podemos comprender ni explicar —dice.
No pretende tener una respuesta definitiva. De hecho, cuando habla de religiones, reconoce que ninguna persona puede asegurar poseer toda la verdad sobre lo que ocurre después de la muerte.
A partir de sus experiencias y de su trabajo psicológico, Glison habla incluso de algo que denomina “comunicación almática”, una idea con la que describe lo que interpreta como una conexión que va más allá de la comunicación convencional. Para explicarla utiliza una analogía inevitablemente contemporánea: la nube digital. Así como un dispositivo puede conectarse a información que no está físicamente almacenada dentro de él, Glison imagina una especie de conexión entre aquello que somos individualmente y algo mucho más amplio.
Pero para él existe una condición antes de intentar llegar a ese punto: trabajar con aquello que llevamos dentro. El rencor. El odio. La ira. El miedo. Ahí vuelve a aparecer la transmutación emocional. Y también vuelve, curiosamente, el torero.
Porque después de hablar de Dios, del alma y de aquello que podría existir más allá de la muerte, Glison termina regresando a una emoción absolutamente terrenal y que conoce desde mucho antes de estudiar psicología. El miedo.
Contrario a la imagen romántica del torero que entra al ruedo sin sentirlo, Glison asegura que el miedo siempre estuvo ahí.
Y considera que debe estarlo.
—El miedo y el dolor son muy importantes para la sobrevivencia como individuos y como especie. No tener miedo raya en la inconsciencia.
Para él, el miedo aparece especialmente frente a la duda y la incertidumbre, cuando no sabemos qué va a ocurrir. El reto, sostiene, no consiste en eliminarlo, sino en confrontarlo.
Quizá por eso, después de escucharlo durante horas, resulta difícil separar por completo al torero del psicólogo.
Uno aprendió a reconocer el miedo frente a un toro.
El otro intenta comprender qué hacemos con él cuando el toro ya no está.
Pero antes del torero, del aventurero y del psicólogo hubo un niño.
Y cuando Glison busca a las personas que ayudaron a construir al hombre que terminó siendo, aparecen dos mujeres.
Su madre, y su abuela.
De una heredó la sensibilidad.
De la otra, la dureza.
—Mi mamá me dio toda la parte de la poesía, del arte.
Puso frente a él un mundo que parecería difícil de reconciliar con el hombre que años después se plantaría frente a un toro: las palabras, la sensibilidad, la posibilidad de mirar la vida desde un sitio distinto a la fuerza.
Su abuela le entregó otra cosa.
—Ella me dio el carácter, la firmeza, la fortaleza. Me enseñó a luchar, a no darme por vencido.
Glison comenzó a construirse precisamente ahí, entre esas dos mujeres. Entre la sensibilidad y la resistencia. Entre aprender a sentir y aprender a aguantar.
Durante muchos años pareció imponerse la segunda.
Con el tiempo, sin embargo, aquella otra herencia comenzó a ocupar más espacio. La sensibilidad. La capacidad de observar al otro. De escuchar. De entender que detrás de una reacción puede existir una historia y detrás de una conducta, una herida.
Él mismo reconoce que su historia difícilmente cabe en la trayectoria convencional de un hombre del ruedo. Ha sido ingeniero agrónomo zootecnista, deportista, jinete, torero, padre y psicólogo; protagonista de episodios que, puestos uno detrás de otro, parecen pertenecer a personas diferentes.
Pero es el mismo hombre: uno que durante décadas pareció empeñado en descubrir hasta dónde podía llevar su cuerpo y que, después, comenzó a preguntarse hasta dónde podía llevar su mente.
Glison no habla de su pasado como si perteneciera a otra persona. El torero sigue ahí. También el hombre del rodeo, el jugador de futbol americano, el judoca, el aventurero que durante años pareció necesitar que la vida tuviera cierto grado de riesgo para sentirse plenamente dentro de ella. La diferencia es que ahora observa aquellas experiencias desde otro lugar.
La psicología le permitió poner palabras donde antes muchas veces sólo había resistencia. Entender que sentir miedo no significa necesariamente ser cobarde. Que la ira puede esconder dolor. Y que muchas personas pasan buena parte de su vida peleando contra algo cuyo origen ni siquiera conocen.
El hombre que aprendió durante años a observar a un toro para anticipar una embestida terminó utilizando esa misma curiosidad para observar el comportamiento humano.
¿Qué hace que una persona ataque?
¿Qué hace que otra huya?
¿Por qué alguien permanece paralizado frente a algo que le hace daño?
¿Por qué cargamos durante años con culpas, rencores o miedos que terminan decidiendo por nosotros?
Las respuestas ya no se encuentran en la arena, están adentro.
Hoy, cuando habla con alguien que atraviesa una crisis, frente a él ya no está el hombre que alguna vez entró a una plaza dispuesto a demostrar que podía vencer el miedo. Está alguien que aprendió que el miedo no siempre tiene que vencerse. A veces necesita entenderse.
Quizá ésa sea la distancia más grande que ha recorrido Jorge de Jesús Glison: la que existe entre resistir y comprender; entre soportar una herida y preguntarse qué dejó dentro; entre vivir desafiando a la muerte y descubrir qué hacer con la vida.
Glison pasó buena parte de su vida aprendiendo a ponerse frente a un toro sin retroceder. Después descubrió que los toros más difíciles no siempre pesan cientos de kilos, no siempre embisten y no siempre tienen cuernos.
Algunos se llaman miedo. Otros, culpa, dolor o rencor. Y algunos llevan tantos años viviendo dentro de nosotros que terminamos creyendo que forman parte de quienes somos. A esos no se les vence con una espada ni se les esquiva con un movimiento del cuerpo. Primero hay que atreverse a mirarlos.
Glison lo hizo.
Se acercó demasiado a la muerte y descubrió que no todas las batallas se libran frente a nosotros. Algunas ocurren adentro.
Y para enfrentarlas recorrió la distancia más difícil de su vida: del ruedo a la mente.