Lupita Mandujano y el liderazgo que se cultiva en el campo
Desde Los Lirios, Lupita Mandujano dirige Vinos D’Guadiana entre campo y mercado, en un viñedo donde las mujeres son clave
En Los Lirios, en la sierra de Arteaga, el paisaje de montañas, manzanos, cerezos y viñedos se ha convertido en un destino cada vez más visitado por quienes buscan conocer el vino que se produce en la región.
Entre esas montañas se encuentra Vinos D’Guadiana, una bodega que recibe visitantes para recorridos y catas y que, con el paso de los años, ha logrado posicionarse dentro del mapa vitivinícola del norte del país.
Al frente del proyecto está Guadalupe Mandujano, quien dirige la empresa con una presencia constante en el campo. Su trabajo no se limita a una oficina, ella supervisa cultivos, revisa el estado de las plantas, participa en las decisiones administrativas y también se encarga de abrir camino para que los vinos lleguen a nuevos mercados.
“Soy la gerente general, pero aquí hacemos de todo”, dice con naturalidad, una frase que resume la dinámica diaria en el la huerta Manzanares.
La historia de la bodega comenzó como muchos proyectos del campo, con una idea y con curiosidad. El origen de Vinos D’Guadiana está en un campo experimental que impulsó su esposo, apasionado por la agricultura y por probar distintos cultivos. “Un hombre multifacético”, como lo describe.
Durante los primeros años se sembraron diversas variedades de uva para observar cuáles se adaptaban mejor a las condiciones de la sierra. Con el tiempo, las parcelas se reorganizaron hasta quedar en tres variedades principales: Cabernet Franc, Merlot y Pinot Noir.
Ese proceso marcó el nacimiento formal de la bodega. Lo que inició como un ensayo agrícola terminó convirtiéndose en un proyecto vitivinícola con identidad propia.
Producir vino en la sierra implica mucho más que cultivar uvas. Cada temporada requiere atención constante al clima, a la salud de las plantas y a las variaciones de temperatura que caracterizan a la región.
En el caso del Pinot Noir, por ejemplo, el cuidado comienza desde muy temprano en el año. Es una variedad que brota antes que las demás y necesita vigilancia desde los primeros meses del invierno.
Durante semanas, el equipo del viñedo se levanta de madrugada para monitorear las temperaturas y evitar que una helada repentina arruine los cultivos. Ese esfuerzo constante forma parte de la rutina de la huerta. La producción de vino depende de muchos factores, pero el clima sigue siendo el más impredecible. “Con el clima no podemos negociar”, explica Mandujano.
Los últimos años han sido particularmente difíciles para los productores agrícolas de la región. Desde 2018, las heladas han afectado de forma repetida los cultivos de la sierra. Muchos manzaneros han visto reducir sus huertas y algunos han tenido que abandonar la producción. Para quienes mantienen viñedos, cada temporada implica adaptarse a condiciones cada vez más cambiantes.
La viticultura en la región se ha convertido en un ejercicio de resistencia: proteger las plantas, anticipar riesgos y mantener la producción a pesar de las pérdidas ocasionales. Ese contexto explica por qué cada cosecha representa un logro.
Y detrás de los triunfos, está el estilo de liderazgo de Lupita, marcado por la cercanía con el trabajo diario. Recorre las parcelas, habla con quienes trabajan la tierra y revisa personalmente lo que ocurre en cada etapa del cultivo. “Estoy pegada al campo, no administrando desde una oficina”, explica.
Además de supervisar el viñedo, también participa en la estrategia comercial de la bodega. Posicionar un vino en el mercado requiere paciencia. Primero convencer a los restaurantes locales, después abrir espacios en otras ciudades y finalmente consolidar una red de distribución.
El crecimiento ha sido gradual. Los vinos de la casa comenzaron en Saltillo y poco a poco han llegado a ciudades como Monterrey, Mérida y Playa del Carmen.
Uno de los rasgos más particulares de Vinos D’Guadiana es el equipo que sostiene el trabajo del viñedo. Gran parte de las labores de poda, formación de parras y cuidado de los brotes está a cargo de mujeres.
Ellas se encargan de dar forma a las plantas, una tarea delicada que define la estructura de la parra durante años. La precisión en ese trabajo es fundamental. Un movimiento brusco puede quebrar el brazo de la planta y obligar a comenzar de nuevo.
El enólogo español José Trillo, quien colabora con la bodega, suele destacar ese detalle cuando visita el rancho.
Cuenta Mandujano que al recorrer las parcelas, Trillo suele comentar que es uno de los viñedos mejor formados que ha visto. Para ella, esa precisión tiene una explicación sencilla: la paciencia y el cuidado con el que trabajan las mujeres del equipo.
Además de producir vino, la bodega ha comenzado a abrir sus puertas al turismo enológico. Cada vez más visitantes llegan a Los Lirios para recorrer las parras, conocer el proceso de producción y participar en catas.
Lupita afirma que ven potencial de visitas por el mundial, “este año va a ser muy bueno para todos los que tenemos bodegas y recorridos abiertos al público en general”.
Ese interés ha llevado a la empresa a pensar en nuevos proyectos. Entre ellos está la apertura de un restaurante dentro del rancho.
La idea es ofrecer una experiencia completa, caminar entre viñedos, probar los vinos de la casa, disfrutar del paisaje y quedarse a comer en medio de la sierra.
Su legado busca demostrar que el campo también puede ser un espacio para el liderazgo femenino. En distintas regiones del país, explica, cada vez es más común ver mujeres manejando tractores, montacargas o participando en tareas que antes se consideraban exclusivas de los hombres.
Para ella, ese cambio es una señal de que el trabajo en el campo se está transformando y de que las mujeres tienen un lugar cada vez más visible dentro de la producción agrícola y vitivinícola.
El impacto de su labor queda visible no solo en las parras que crecen en la sierra, sino principalmente en el equipo que las cuida día con día.