Nutrir, no castigar: la visión de Alejandra Prado sobre el cuerpo femenino
Desde la nutrición funcional y con base científica, Alejandra Prado impulsa en Saltillo un modelo personalizado que va más allá del peso y las dietas restrictivas.
En Saltillo, la conversación sobre nutrición ha comenzado a transformarse. Cada vez más mujeres buscan algo distinto a una dieta restrictiva o a una cifra que determine su valor frente al espejo. En ese contexto, el trabajo de Alejandra Prado Bustillo ha abierto un espacio diferente: una propuesta de nutrición funcional, personalizada y respaldada por la ciencia.
Su punto de partida no fue el tradicional. Antes de dedicarse a la consulta, estudió ingeniería en alimentos, una formación que le permitió comprender la estructura, composición y química de lo que comemos. Ese enfoque técnico marcó la forma en que hoy ejerce. “Yo siempre me llevé ese enfoque conmigo. Veo la nutrición desde los fundamentos, no solo desde una hoja de menú”, explica.
Con el tiempo entendió que no quería limitarse al esquema clásico de dietas rígidas. Para ella, el problema no era la disciplina, sino la falta de educación nutricional. “Hacer dieta es seguir una hoja; aprender a nutrirse es adquirir información que te va a servir toda la vida”. En consulta no entrega soluciones temporales, sino herramientas que permitan sostener hábitos. La frase que más repite resume su filosofía: “La información es poder”.
Uno de los estereotipos que más ha buscado romper es el del cuerpo femenino ideal. Observa que muchas mujeres llegan comparándose con estándares impuestos por tendencias o redes sociales. Su propuesta es distinta: identificar el propio tipo de cuerpo y trabajar sobre él. “Cuando de verdad te enfocas en ti, puedes sentir plenitud; no cuando intentas alcanzar algo que quizá no tiene nada que ver contigo”.
La innovación de su modelo no radica en alimentos exóticos ni en menús imposibles de sostener. Trabaja con lo que cada paciente ya tiene en casa. Ajusta combinaciones, porciones y horarios sin obligar a comprar productos costosos ni a cocinar diferente para el resto de la familia. Esa practicidad ha sido clave. Varias pacientes le han confesado que regresan porque el plan es viable en la vida real. “Si se siente fácil, lo puedes sostener”, le han dicho.
Además, su enfoque es integral. No se limita a revisar lo que hay en el plato. También analiza descanso, niveles de estrés, actividad física y contexto social. Si detecta señales de trastornos de la conducta alimentaria, recomienda acompañamiento psicológico. Entiende que la relación con la comida no se corrige únicamente con calorías y macronutrientes.
Sobre el pasado de la nutrición centrada solo en peso e índice de masa corporal, reconoce que fue parte de una etapa en la evolución de la ciencia. Hoy el análisis es más amplio: masa muscular, porcentaje de grasa, rendimiento físico, energía diaria y salud hormonal. “No necesariamente tienes que tener sobrepeso para acudir a consulta; puedes querer funcionar mejor, rendir más o prevenir a largo plazo”.
En una era dominada por consejos rápidos en redes sociales, advierte sobre los mensajes absolutos. “Cuando alguien afirma que algo siempre funciona, hay que cuestionarlo”. La nutrición, como la medicina, trabaja con probabilidades, no con promesas mágicas. Por eso insiste en que las mujeres aprendan a filtrar la información y a buscar respaldo profesional.
El cambio más visible en sus pacientes no siempre se refleja primero en la báscula. Es postura, seguridad, energía. Es la forma en que vuelven a usar una prenda guardada o en cómo se presentan ante los demás. “El autoestima no se mide con una máquina”, afirma. Cuando una mujer deja de enfocarse solo en el peso y entiende su proceso, su proyección cambia.
Para Alejandra, la nutrición también es autonomía. Está ligada al desempeño laboral, al rendimiento físico y a la manera en que una mujer se percibe. Cuidarse no es un acto superficial, es una decisión que impacta en todas las áreas de la vida.
Mover Saltillo, desde su experiencia, significa crear conciencia y demostrar que alimentarse bien no es castigo ni sacrificio extremo. Es un proceso. Es constancia. Es aprender a elegir. Y cuando esa elección se vuelve hábito, el impacto no solo se nota en el cuerpo, sino en la seguridad con la que una mujer ocupa su lugar en la ciudad.