El curandero que quita lo gay

Semanario
/ 9 febrero 2015

Hombres saltillenses que se resisten a ser homosexuales, buscan a don Joaquín para que con un hechizo, les quite su gusto por los hombres.

Saltillo, Coahuila. Amitad de una calle empinada, como joroba, que se llama Fray Bartolomé de las Casas y que nace al pie del Cerro del Pueblo, en los entresijos de la colonia del mismo nombre, está el consultorio espiritual de Joaquín, un hombre que asegura, contra todo escepticismo, ser capaz de curar la homosexualidad.

Quién diría que en este barrio de vendedores ambulantes, taxistas sentados sobre los cofres de sus Nissan, esperando clientela, y señoras saliendo cargadas con mandado de una de esas tiendas populares en las que se anuncia que todo está más barato, viva alguien así.

Yo no me lo hubiera pensado hasta que un mediodía,  preguntando, di con una casa grande, pintada de amarillo canario, con una cochera amplia y al fondo unos arcos y un altar en el cual había puestas unas veladoras ardiendo que lloraban cera a las plantas de una Virgen de Guadalupe, un Cristo en cruz y una escultura mediana de San Judas Tadeo, el abogado de las causas difíciles, el de los casos desesperados.

Un día como aquellos llegó hasta aquí, el consultorio de Joaquín, un señor, desesperado. Dijo que ya no quería ser gay, que quería cambiar, porque tenía él esposa,  familia.

Y cambió

A mí, francamente, se me hizo harto extraño.

 

Hacía más de 40 años, (1973), que la Asociación Americana de Psiquiatría había eliminado a la homosexualidad, considerada por mucho tiempo como una conducta reprobable y una enfermedad mental curable, del Manuel Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales.

17 años después, en 1990, la OMS hizo lo propio.

Pero el caso de aquel hombre no fue el único que Joaquín vio, es del que se acordaba, por ser el más reciente, me contó el día que nos conocimos en su consultorio espiritual.

Ya otras veces habían venido a buscarlo gentes, gays y lesbianas de todas partes, para pedirle que las ayudara, para solicita sus servicios, que les hiciera un trabajo.

-      ¿Cuántos han venido?, le pregunte:

-      De contarlos, nunca me he puesto a contarlos, pero han sido bastantes

Yo había entrado por la cochera de la casa amarrillo canario y me había instalado en una vieja banca de madera, a esperar a que Joaquín hiciera su aparición.

 

Sobre el suelo, a la puerta del consultorio, había un brasero humeante en el que se soasaban varios chiles jalapeños o serranos, creo, quién sabe.  

El olor de los chiles quemándose era tan, pero tan fuerte, tan picante, que me hizo toser y estornudar muchas veces.

Era, después me lo hizo saber Joaquín, uno de sus rituales para alejar de la casa las envidias y otras malas energías.

A veces se carga la casa de malas energías, tiene uno que limpiar y dejarla armonizada para poder descansar. A veces deja la gente sus energías malas, me diría después.

En esas estaba cuando vi venir a un tipo grueso, no alto, aperlado, cabellos negros y lacios, que manaba tranquilidad.

Dijo que se llamaba Joaquín y me hizo pasar a un cuartito, como una suerte de cubículo con ventana semipolarizada, en el que había algunas sillas y al centro una mesa pequeña y redonda, donde descansaban unas cartas de baraja.

Las paredes estaban tapizadas con retratos de imágenes cristianas y paganas: la Virgen de Guadalupe, el  Corazón de Jesús, Buda, Pancho Villa, la Santa Muerte y una diosa china de la que Joaquín no recordó el nombre.

Dentro de dos vitrinas, acomodadas en forma de escuadra en torno a la pieza, había muchas latas de sprays milagrosos, lociones espirituosas, esencias mágicas, perfumes de la buena fortuna y veladoras de todos colores y motivos.

Era el consultorio espiritual de Joaquín, hasta donde una vez llegó aquel señor.

Tenía como 37 años y parecía desesperado, preocupado: que ya no quería ser gay, que tenía esposa,  familia, le soltó al sanador, y que si  podía cambiarlo, le había preguntado.

 

Todo dependía de su fe, reviró el curandero.

A los 15 días hubo cambios.

Una tarde el señor aquel regresó al consultorio con picor de chiles asándose en un brasero.

Dijo que ya le gustaba estar más con su familia, con su esposa y todo eso. Joaquín prefirió no darme detalles sobre lo que quiso decir con y todo eso.

Cuando le pregunté qué era lo que había hecho con aquel hombre me respondió sin mayor ciencia ni rodeos; oraciones, fetiches y velaciones.

La mañana que su cliente estuvo a verlo en el consultorio, y después que platicaron laaaargo rato, Joaquín le había ordenó que volviera al día siguiente y le entregó un papel con una extraña lista de artículos que debía llevar:

Una fotografía suya, un papel con su nombre, una vela en forma de pene, de esas que venden en las tiendas de productos esotéricos, un listón blanco y uno rojo, alfileres y un calzón suyo, sin lavar.

De lo otro se encargaría Joaquín.

Años atrás había yo leído en un libro de crónicas de la ciudad México, la historia de un brujo de barrio que juraba curar la homosexualidad, por medio de la aplicación de electroshocks.

Quién sabe si realmente aquella terapia daría o no algún resultado, Lo cierto es que aquel curandero se había hecho de clientes muchos, mamás que iban con sus hijos gays y sus hijas lesbianas, para que las sanara con choques eléctricos.

Y había yo sabido, por reportajes de sensación, sobre las supuestas curas para cambiar la orientación sexual de gays y lesbianas, que realizan algunas congregaciones cristianas de Coahuila, (Cristo Vive de México y Asamblea de Dios, en Monclova), basándose en la Palabra y en la impartición de terapias reparativas.    

 

Pero nunca oí hablar de Joaquín y su insólito método de curar la homosexualidad a través de  oraciones, fetiches y velaciones.

Fetiches, dijo.

Según el diccionario de la Real Academia Española, un fetiche es un Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.

Y eso fue lo que hizo Joaquín.

Con la fotografía, el pene de cera, (si es lesbiana tiene que ser una vagina), los listones, los alfileres y el calzón sucio que su cliente le había llevado, el curandero fabricó un fetiche, le prendió unos cirios y rezó unas oraciones que sólo él sabe decir a la Santísima Muerte.

El ritual se celebró una vez por semana, dos veces al día, durante un mes siempre a la hora en que el sol se escondía bajo el horizonte y después que el reloj marcaba las 12:00 de la noche.      

Celoso guardián de sus secretos, Joaquín se resistió a contarme los detalles del ceremonial.

Y sólo me dijo algo así como que había que clavar los alfileres sobre el fetiche, toda vez que se hacía la petición del milagro, en este caso que a su cliente se le quitara lo gay, que le gustaran las mujeres, su esposa.  

La cosa no iba de lanzar plegarias al viento, sino de hablarle y hablarle a la persona, representada en aquel objeto, en el fetiche que Joaquín había fabricado.

Vas hablándole a la persona sobre lo que va a hacer, empiezas a hablar y a decir, se lo empiezas a meter en la cabeza, me dijo Joaquín, que había encendido un cigarro.

El picor el chile que provenía del brasero humeante inundaba la atmósfera, tanto que hasta al mismo Joaquín le atacaron los accesos de tos.

El ritual concluía cuando Joaquín enterraba el fetiche aquel, no en un panteón como acostumbra hacerlo la gente, sino en una maceta. Y eso era todo.

Andando los días la planta empezaba a florecer, a echar hojas. Era la señal inequívoca de que el trabajo iba funcionando, de que  iba dando éxito.  

 

Habían pasado dos semanas desde que el señor aquel llegó pidiendo ayuda, cuando una mañana se apareció en el porche de la casa de Joaquín:  

Que las cosas iban cambiando, le anunció al curandero.

Cumplido el mes el hombre ya era otro y después de poner en la mano de Joaquín seis mil pesos en billetes, salió del consultorio y nunca más volvió.

¡Se cambió!, me dijo Joaquín con un tono serio, grave.

-      ¿Cómo hiciste?, le pregunté:

-      La fe es la buena. Si no tienes fe, no. Como luego dicen: la fe mueve montañas. Puedes ir con quien sea y por muy buena que sea esa persona si tú no tienes fe, no se hace nada.

Pero no bastaba con le fe de aquel hombre, era menester que Joaquín echara mano de su don espiritual, de ese don con el que había nacido.

Cuando alguien nace con un don  puede pedir un favor a la Virgen de Guadalupe, a Santa Bárbara, a la Santísima Muerte, a Pancho Villa, a quien sea y se le concede, me explicó el sanador.

Él se había descubierto poseedor de aquel don sobrehumano, un día en que estando despierto vio a una mujer de blanco que venía flotando.

Era una señora alta, esbelta y con el rostro descarnado. Joaquín se le quedó mirando, pasmado.

Desde entonces el curandero, que  tenía cuatro años, se tornó un niño introvertido, solitario y asustadizo, al grado de no querer salir a la calla por temor a lo desconocido.

Joaquín llegó a los 18 años y aquellas visiones de inframundo continuaron. A menudo voces de espíritus irrumpían en sus sueños y lo hacían sudar y temblar de miedo.

 

Cierta día que Joaquín estaba despierto, reposando sobre su lecho, se le apareció el fantasma de una niñita que hablaba sin mover los labios.

La niña se le había puesto enfrente. Joaquín se llenó de espanto y no se pudo mover.  

Aquella chiquilla le contó que hacía tiempo había fallecido y estaba enterrada en un solar contiguo a la casa de Joaquín, donde hoy se yergue una gran bodega.

Al cabo de algunos días el muchacho mandó decir unas misas por el alma de la niña.

Joaquín recordó que después de haber tenido aquella visión, empezó como a estar muy agotado, sin fuerzas, con mucho sueño y sin ánimos de levantarse en todo el día.

Parecía que hubiera caminado mucho y perdido todas sus energías.

 Son cosas que pasan, contestó  su madre poco sorprendida el día que Joaquín decidió contarle lo de sus revelaciones.

Me había olvidado decir que la madre de Joaquín es también curandera de toda la vida y sabía practicante de las artes adivinatorias.

Joaquín que es reacio a hablar de su infancia, de su vida privada, sólo quiso confiarme que tiene 36 años, que  vive con su esposa y su hijo de tres años, que es el menor de tres hermanos, que apenas y terminó la primaria y que su madre enviudó cuando él tenía cuatro años.

 

Como dicen zapatero a sus zapatos. A mí que me hubiera gustado ser un licenciado, un arquitecto, otra cosa, pero si Dios así lo quiso y así va a ser.

Fue cuando sucedió lo de sus visiones.

Sólo hasta que Joaquín se hizo grande, y comenzó a ayudar a su madre con las labores del consultorio espiritual, consiguió  acostumbrarse a escuchar las voces aquellas de los muertos que le hablaban al oído entre sueños con un vaho que le erizaba los cabellos.

Los espíritus se comunicaban con él para darle anuncios sobre el fallecimiento de algún familiar o avisarle la llegada a casa de algún conocido o desconocido distante.

Va a fallecer tal persona, me decían. A veces les preguntaba yo ¿quién?, de tu familia, y yo ¿me va a doler?, ¡noooo!, ¿por qué?, pos es que casi no has convivido con ella.

Joaquín me contó que hace poco se le manifestó en sueños el espíritu de un hombre alto, que otras veces había venido ya a decirle el futuro.

No pudo decirme cómo era, porque jamás le ha visto la cara.

Cuando yo quiero voltear a verlo me agarra de la frente y me agacha, dice no me veas nomás, escúchame.

Una noche mientras Joaquín dormía a pierna tirante, a luz de la veladora blanca que prende todas las noches para proteger sus sueños, tuvo un desdoblamiento.

 

Para explicarse él dice que su espíritu se despegó de su cuerpo.

De repente se vio en un lugar desconocido que estaba lleno de arena y mucha lumbre.

En eso sintió que alguien lo agarró de la mano.

Era un catrín vestido de negro que le dijo ¡vente, vámonos!. Joaquín se dejó guiar.

Él me enseñó varios demonios. Me dijo mira, este demonio es el que te hace comer de más, este otro es el que te hace robar. Después me enseñó uno más chico, dice mira, él es el que va a hacer que mates gente.

Supo entonces que aquel catrín lo había llevado a dar un paseo por el tártaro, como hizo Virgilio con Dante en aquella travesía oscura a través de los nueve círculos del infierno, en la Divina Comedia.  

Otro día Joaquín amaneció con el cuerpo todo rasguñado.

Parecían las marcas hechas por unos dedos con unas de alfiler.

Joaquín fue donde su madre y se levantó la camisa:

Mira cómo amanecí, le digo y ella no pos son cosas que pasan. Nunca me dijo vas a tener el don, no.

En medio de aquella narración macabra sentí de golpe que el olor de los chiles quemándose en el brasero, afuera del consultorio de Joaquín, se colaba por mi nariz hasta mi garganta y me ahogaba.

-      ¿Cómo te hiciste curandero?, le pregunté a Joaquín:

-      Las cosas se dieron. Aquí no es de que, como mucha gente dice, no pos leí un libro y de ese libro me estoy basando o  no pos a mí me dejaron el don. Yo nunca pensé hacer esto, decía me voy para el otro lado, a ver cómo me va. Me voy de mojado....

Pero Joaquín supo que con ese don espiritual suyo podía hacer cualquier cosa y se quedó a vivir en el barrio aquel de puesteros, taxistas esperando pasaje y señoras cargadas con bolsas de mandado, hasta donde una mañana llegó el señor aquel que dijo quería que le quitara lo gay.

Y se cambió, me dijo muy serio Joaquín, y le dio el último jalón a su cigarro.

Final

Durante mi recorrido por cerca de 20 consultorios espirituales, donde despechan los curanderos, sanadores y brujos de mayor renombre en la ciudad, encontré que son frecuentes las visitas de madres, y otros familiares de personas con preferencias sexuales diferentes, a estos lugares para pedir se cambie, mediante trabajos de sanación, la orientación sexual de sus seres queridos.

Es muy continuo, dos o tres veces al mes. No viene tanto la persona homosexual, vienen más los padres, el hermano mayor, el abuelo, la abuela, la familia, me dijo Gilberto Castillo, esotérico y especialista en la Santísima Muerte.

 

Sin embargo a otros lugares, como la capilla fidencista de Jesús Camacho, ubicada en la colonia Bellavista, han acudido mamás con sus hijos gays o lesbianas para solicitar trabajos espirituales que hagan que el el papá acepte la homosexualidad de su hijo o hija.

Se pone un tipo de velación para que el papá lo acepte, una veladora de Paz en el hogar, Baja ira, Justo juez, las Siete Potencias y hacemos el ritual. Se pone el nombre de la persona a la que le vamos a bajar la ira y con eso. Se compone todo, me explicó el curandero, materia de Pancho Villa.

En otros consultorios me informaron que no existe hechizo ni conjuro alguno capaz de hacer que una persona, gay o lesbiana, pueda modificar su orientación sexual.

Como dice el dicho, cuando Dios no quiere, santos no pueden. Hay cosas que sí se pueden, pero hay cosas que no, y este es el caso No le voy a negar que sí les he puesto velaciones, por ejemplo de Abre caminos, de Quita vicios y fíjese que de nada han valido, ellos siguen igual, dijo Adela Flores, curandera con 30 años de trayectoria.

Lo cierto, me contó Rubí Jáquez, la propietaria de una tienda de artículos esotéricos, es que se ha incrementado la afluencia de clientes homosexuales que vienen a este tipo de establecimientos para comprar productos mágicos que, se cree, pueden atraer o amarrar a la persona amada, del mismo sexo.

Esencias con feromonas, velas en forma de penes y vaginas, perfumes, lociones y sprays para dominar a personas del mismo sexo, son algunos de los productos que se expenden en estos locales, diseminados por todo Saltillo.

Hay mucha demanda, se vende muy bien, mucha gente viene. La lesbianas son muy apasionadas y los gays son muy aferrados a tener un amor, no lo superan.




Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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