SEMANARIO: reportaje: La última faena
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<span></span>A sus nueve años, Aurelio Mora descubrió que aprendiendo a torear se olvidaba del mundo. Años después, ese niño cumpliría su sueño: compartir plaza al lado de las figuras taurinas que veía por televisión. <br>
De pronto un día todo cambió. Un momento de locura lo mandó a la cárcel: mató a su novia de cinco balazos en el rostro.
Desde aquel instante su fama terminó y fue como si se lo hubiese tragado la tierra. Ningún portal taurino en Internet lo menciona y su nombre aparece poco en los periódicos. Ninguna biografía. Nada para alguien que llegó a torear con figuras como David Silvetti, Mariano Ramos, "Curro" Rivera, Antonio Lomelín, Miguel Espinosa "Armillita", todos ellos leyendas del toreo mexicano. Nada para un discípulo de Manolo Martínez.
Quienes lo llegaron a ver en el ruedo dicen que era valiente como pocos, de esos que se paran frente al toro como quien defiende a la madre. Dicen que tenía arrojo, cualidades innatas y valor desmedido.
Aquí en el Cereso de San Pedro de las Colonias, Aurelio Mora, apodado "El Yeyo", parece ser sólo uno más de los 127 internos. Aquí nadie se imagina que él, el que atiende la tiendita y gana 200 pesos diarios, es uno de los ocho toreros torreonenses más reconocidos.
De tez blanca, corte de cabello bien cuidado, tenis escrupulosamente limpios, "El Yeyo" deja lo que está haciendo para invitarme a platicar de su vida en la nueva biblioteca del penal: un salón con ocho pupitres donde él es maestro de secundaria.
Aquí, entre libros descuadernados, Aurelio me cuenta que desde chamaco amó la fiesta brava, ya que vivía a un par de minutos de la Plaza de Toros, allá en la colonia El Arenal, en Torreón, y eran sus tíos quienes lo llevaban.
"El Yeyo" quedó huérfano de padre a los cinco años y desde entonces su mamá, su abuelita y sus dos hermanas menores, comenzaron a rezar por él porque sabían que eso del toreo no era pura afición, y querían apartarlo de los ruedos. Jamás lo lograrían.
- ¿Tú ya pensabas en ser torero?-, le pregunto a Aurelio, quien muestra una sonrisa al recordar aquellos tiempos.
- Sí, yo desde los 10 años ya me iba a entrenar a la escuela de toros de Lerdo. Después se deshizo y nos fuimos al Bosque Venustiano Carranza.
- Por lo visto, desde entonces ya eras muy independiente- le digo.
- Sí, a esa edad me llevaron a torear unos becerritos a Peñón Blanco (Durango).
Recuerda que quien lo entrenaba era Rafael García, mejor conocido como "El Empachado", quien durante más de 10 años fue juez de plaza.
Fue meses después que el novillero en retiro Mauro González, discípulo de Fermín Espinosa "Armillita Chico", le echó el ojo.
El torero viejo había encontrado un diamante en bruto. "Comenzamos a dedicarle todo el tiempo porque era una promesa del toreo, un chamaco con valor, que pese a su corta edad, se le observaban unas cualidades innatas", declararía alguna vez Mauro González al Siglo de Torreón.
Tres años después, "El Yeyo" se vestiría por primera vez de luces.
Sería en la Plaza de Lerdo, donde en un mano a mano toreó varios becerros.
Un año después se haría novillero en San Pedro Garza García, Nuevo León. Empezaría con animales de 300 a 350 kilos de peso. Recuerda que el miedo recorría sus venas y los toros lo hacían sudar y cómo no, si en ese entonces lo revolcaría hasta un novillo.
Pero un día se le quitó el miedo, tanto que se hartó del picador, lo bajó y se subió al caballo a picar al novillo, "quise vivir todo muy rápido", recuerda.
Fue tiempo después que Manolo Martínez le daría uno de los mejores consejos de su vida: "Las prisas son para los ladrones y los malos rateros. Los toreros son calma, tranquilidad, clase". Desde entonces, "El Yeyo" fue otro en el ruedo.
El Matador
Su carrera como novillero se podría resumir cuando toreó en la plaza México por el Estoque de Plata. La plaza más grande del mundo estaba llena. Más de 40 mil personas sentadas. 80 mil ojos veían al "Yeyo". "Era impresionante", recuerda Aurelio.
Aurelio no para de sonreír. Sus ojos parecen agrandarse más con cada segundo que platica de toros. Se toma la cachucha adidas. La acomoda. Pasa sus manos sobre la playera de los Algodoneros de Torreón. No quiere dejar de hablar.
Ahora quiere contar de su etapa como matador. Cuando veía a los toros por el área de toriles, juraba que nunca iba a ser torero. Que su carrera no iría más allá de ser novillero. Veía inmensos a los animales. Pero era imposible. Amaba la fiesta brava.
A los 18 años, el 17 de septiembre de 1988, cumpliría su sueño. Tomaba la alternativa en la plaza de toros de Torreón. Su padrino fue Miguel Espinosa "Armillita" y de testigo el matador Hernán Ondarza.
Ese mismo día el huracán Gilberto azotaría el noreste de México, como presagiando la forma como terminaría su carrera. "El clima era horrible", dice. Aún así, tres cuartas partes de la plaza estaban ocupadas. Corto dos orejas.
-¿Cómo fue cumplir el sueño de ser matador de toros?
-Es algo muy padre. Era mi vida y me pagaban.
-¿Se gana bien?
-Hay sus jerarquías, pero en ese tiempo a mí me llegaron a pagar entre 60 y 80 mil pesos por una corrida.
-¿Qué significaba torear a lado de gente como David Silvetti o "Curro" Rivera?
-Me veían como al niño chiquito. Pero se portaban bien con los toreros jóvenes. Imagínate, era los que veía de niño y después los tuve de frente, peleándoles las palmas.
-¿Cómo fue torear en la plaza México?
-Fue muy padre, pero era mucha presión.
Ahí, en la plaza de toros México, Aurelio torearía la corrida más grande de la historia hasta ese momento. En un jueves taurino, se pararía frente a animales de 600 kilos. A él le tocó uno de 684, "una bestialidad", dice. Imponían. El galope de los toros se sentía en el retumbar del piso.
Pero Aurelio visitó también otras tierras. Toreó en Colombia, Perú y Ecuador. Le pagaban en dólares. Iba cada año y toreaba cerca de 30 corridas.
De regreso, se iba a su casa en Monterrey. Ahí, en la plaza de toros del maestro Manolo Martínez, entrenaba a diario. Martínez lo adoptó como uno de sus discípulos. Entre otros estaba Eulalio López "El Zotoluco" y Alfredo Díaz "El Conde", figuras del toreo actual. "El Yeyo" tenía vocación de torero y eso lo vio muy bien Martínez.
Vivía para el toro, leía de toros, olía toros, veía películas de corridas, se documentaba, se empapaba de toros. Se levantaba y se acostaba pensando en el toro. 24 horas dedicados al toro.
- ¿Cómo era el maestro Manolo Martínez?
- "Era muy fuerte de carácter, no admitía tonterías, ni que lo hicieran tonto".
- ¿Qué enseñanzas le dejó?
- "Me enseñó el arte, los conceptos. Yo era muy bravo, muy valiente. Me enseñó a no pelearme con el toro. Me decía que al toro tienes que acariciarlo, mimarlo, llevarlo. No hacer movimientos bruscos con la muleta a la hora de llamarlo. Es un toque muy suavecito, me decía; muy sutil, el toro siente la yema de los dedos, llámalo con las yemas de los dedos".
- ¿Cómo era "El Yeyo" fuera de los ruedos?
- "Uno no puede estar de golfito con las mujeres, porque el toro te lo cobra. Tienes que estar pensando todo el tiempo en el toro".
- ¿Pero lo hizo?
- "Sí, claro. Traté de cuidarme lo más que podía. Tenías que cuidarte como una señorita. Cuando llegué a estar con mujeres o ahí en las copas, el toro me pasaba factura. Te tiemblan las piernas frente al toro. Quieres correr y las piernas te tiemblan".
Pero esa parte de su vida pasaba a segundo plano. Cuando torero, Aurelio Mora disfrutaba toda la fiesta brava: Le gustaba ponerse su traje de luces; ir a un rincón a rezar previo a una corrida: el Padre Nuestro, el Ave María, la oración del torero. Le gustaban los quites que hacía con el capote. Era amante de las gaoneras.
Le gustaba disfrutar de la intimidad. Del olor a tierra, a sol. El brillo de su traje. La platica con el monosabio. Pero nada como hacer una buena estocada y ver cómo rodaba el toro. El triunfo. Los aplausos de la gente.
- ¿Qué se siente estar frente a un toro?
- Se siente placer, mucho placer. Abres los cinco sentidos. Cuando se logra una faena es satisfactorio. Cuando terminas una tanda y lo rematas, te sientes el rey del mundo, te sientes dios.
- ¿Los toreros tienen que estar locos como para estar frente a un animal de esa envergadura?
- Los toreros tienen mucho de locos, debe de haber algo de eso. La Desgracia
El primero de marzo de 1998, Aurelio Mora asesinaría de cinco disparos en el rostro a su novia Margarita Orduña, de 25 años, en la colonia Alamedas de Torreón. Él tenía 28.
Se daría a la fuga. Pero sabía que no era el camino. Por el contrario, sólo pensaba en cómo entregarse. Tres días después, llegaría en un taxi a las instalaciones de Televisa México. Horas antes había hablado con el conductor del noticiero 24 Horas, Guillermo Ortega y con todos los medio de Torreón.
En Televisa le abrieron las puertas. Guillermo Ortega y el cronista de deportes, Javier Alarcón, lo entrevistarían. Y la nota saldría a nivel nacional. Hay quienes se atreven a decir que "El Yeyo" era tan valiente en el ruedo que por eso se entrego de tal forma.
"Siempre pensé en entregarme, yo nunca pensé en huir. No me arrepiento de haberme entregado, yo hice algo muy feo y aquí estoy para pagarlo".
Después de la entrevista, el matador fue llevado a un hangar de la Procuraduría General de la República en el aeropuerto. Voló a Torreón y se puso a disposición del Ministerio Público. Por la noche rindió su primera declaración.
Dos años después vino la sentencia: 34 años, seis meses y 100 días de salario mínimo. Dos años y medio en el CERESO de Torreón. Seis meses después lo trasladarían al CERESO de Monclova. Dos años y tres meses después al de San Pedro. Aquí lleva más de tres años. En marzo próximo cumplirá 10 años.
Hace algún tiempo le regalaron cuatro años y medio por buen comportamiento. Poco más de 20 le quedan. Dentro de dos años pedirá un beneficio, esperando que le puedan reducir la sentencia.
-¿Qué pasó en aquel momento?
-Era mi novia. Fue muy difícil, que mal que haya pasado. Lo que sucedio es que teníamos muchos problemas, no congeniábamos. Había muchas peleas, muchas discusiones en todo momento. Quisiera que nunca hubiera pasado"
-¿Pero por qué?
-Eso no quisiera comentarlo. Tendría que narrar cosas de ella y de nosotros y no me parece. Ella ya está con Dios. Bastante tiene con lo que le hice para hablar de ella".
Sus ojos empiezan a humedecerse. Parece como si le hubieran cornado el pecho. Se frota las manos. Empieza a hacer muecas. Ahí está. Lo recuerda. Pero no puede escupirlo. No quiere. Le es difícil decir más.
Según la nota de El Universal del día 5 de marzo, Aurelio había declarado en el noticiero de 24 Horas que días antes del crimen, su novia había tratado de dispararle. Mencionó que los motivos por los que le disparó fue que su novia se empeñó en molestarlo diciéndole que su hijo, el cual había nacido hacía dos meses, no era de él.
Muerto en vida
Aurelio participó en 243 corridas, 84 novilladas. En 18 ocasiones pisó la Plaza México, 11 como novillero y siete como matador de toros. El saldo: ocho cornadas y una fractura de cervical.
Pero la peor cornada fue la que le dictó el Juez Primero de lo Penal. A sus 38 años, con tres hijos y uno en camino, Aurelio Mora sólo ha conocido dos vidas: la de torero y la de la cárcel. En una tenía todo: dinero, mujeres si las quería, sueños, pasión, dulzura. Aquí: nada. Está muerto.
"Afuera todo lo malo dependía de mi y del toro, de nadie más. Aquí no. Se aprende a vivir pero a un costo alto. Aquí no avanzan las cosas. Aprende uno a tener carácter pero se está muerto." Aurelio quiere llorar.
-¿Qué aspectos valora aquí adentro?
-Valoro mucho a la familia, valoras lo que tenías, lo que hacía. Yo nunca le di un beso a mi mamá. Jamás le avisaba cuando iba a torear, nunca le hablé cuando me cornaron. De pronto estoy en la cárcel y me dan unas ganas de abrazarla y darle unbeso, decirle que la amó, que la quiero. Y digo: Por qué tuve que caer aquí, por qué, por qué hasta ahorita. Me cuesta mucho entender muchas cosas.
-¿Prefería haberse suicidado como otros toreros, que estar aquí?
-Ha pasado por mi mente, pero después pienso en mis hijos y digo, qué culpa tienen ellos. Ahora ellos son algo por que luchar. Trato de olvidar lo que hice. Mantengo mi ilusión, la esperanza. Quiero volver a torear, sé que voy a torear. Ahí están las lágrimas. Se deslizan lentamente por el rostro de ese hombre que se paraba frente a animales de media tonelada. Por el torero que sentía a la muerte como una amiga que no menospreciaba, y que sabía que en cada tarde podría salir de la plaza con los pies por delante.
Pero nunca llegó en el ruedo. Llegó en la cárcel. "Me gustaría volver a torear, es mi sueño, mi pasión. Sólo por el placer, no por demostrarle nada a nadie. Lo que hice como torero ya se quedó. El que lo vio, el que tuvo el placer o la desgracia de verlo a uno ahí está", expresa Aurelio con un velo de tristeza.
Pero existe una oportunidad más. Una sorpresa. Le llevo un capote que me prestaron. No lo esperaba. Cuando lo traigo, alcanzo a ver de lejos cómo a Aurelio le brillan los ojos como a un niño que se dirige a abrir sus regalos. Lo toma. Asegura que es español. Lo desdobla con delicadeza.
Se dirige a la parte trasera del taller de carpintería. Ese es su ruedo, su plaza. Aquí el único público es una decena de internos y un par de guardias que llegan al salón. El toro es un compañero que llega con dos cuernos y simula al animal. No hay trajes de luces. Los oles se escuchan en tono de broma. Los aplausos no. Aquí no hay ninguna banda que haga sonar el pasodoble, sólo el sonido de la sierra eléctrica en el taller de carpintería.
Aurelio luce transformado. Él se la cree y no le importa nada más. Su mirada se pierde en las cuatro paredes. Parece que viera otra cosa, otra postal. Remata al interno y levanta la mirada. No se quiere ir de ahí.
Al terminar, "El Yeyo" no cortó ninguna oreja, ningún rabo, menos indultó al toro. No hubo vuelta al ruedo ni salió en hombros. Pero se llevó algo más: "Me dieron vida", dice.