¿Primavera de la juventud?
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Prometí y hoy cumplo, regreso al tema de un "relevo generacional" en todos los órdenes de la vida cotidiana, tema el cual suscitó no pocos comentarios hacia su servidor. Gracias a todas las personas que se han comunicado para debatir, compartir y ampliar información con quien esto escribe. Gracias de nuevo y si de algo sirven mis letras, aquí voy de nuevo.
¿Se ha sobrevaluado a los jóvenes? ¿Son de verdad tan importantes para el funcionamiento de México? Perdón por la siguiente ecuación, pero la tengo qué dejar por escrito: ¿vale más un joven que un anciano? ¿Hay que cuidar, apapachar y hasta tolerar a los jóvenes -como los estudiantes de la Universidad Iberoamericana- cuando éstos primero invitan al político priísta Enrique Peña Nieto a "debatir" a su casa, para luego injuriarlo, gritarle sandeces -letreros y consignas de "asesino"- y al final correrlo?
Siempre he sido un viejo. No obstante que un día fui joven, y al parecer lo fui por mucho tiempo, siempre quise ser viejo como mi padre. Miraba a mi padre afanado en sus labores meticulosas -de oficio sastre. Una faena melancólica y solitaria, como ser escritor, lo escribió en letra redonda y caligrafía fina Charles Lamb- y admiraba su concentración y aplomo. Su mirada fija y el fino bigotillo que como pelusa, le dibujaba el contorno de sus labios. Tenía facciones marcadas, enjuto de carnes y quijada varonil; dura, erguida por siempre. De aquí entonces, anhelaba ser viejo como mi padre.
La juventud se me hacía desde entonces y hoy más, una especie de "padecimiento", una "enfermedad" de la cual hay que salir lo más rápido posible. Cuando tenía apenas poco más de 20 años de edad, la mítica Universidad Autónoma de Coahuila tuvo a bien publicar mi primer poemario individual, "Ya el deseo es transparente", una plaqueta tan esmirriada de hojas como de carnes este escritor.
No había Internet. Mandé mi librito vía correo postal a varios estados del sur de la República; días después, fui invitado a Campeche y Yucatán a presentar mi libro de poemas y hacer una lectura. Allí estuve. Recuerdo la presentación de una maestra de literatura quien dijo que era "el señor, el poeta Jesús Cedillo, quien viene del norte de México." lo de señor me gustó al segundo. No joven, no adolescente, no; señor. Mejor aún: viejo. Eso de los eufemismos menos me ha gustado. Han cambiado los tiempos. Hoy los jóvenes están atados a una silla plegable, están conectados perpetuamente a la red de redes Internet, tienen amigos por medio del teclado y nadie o pocos quieren recorrer mundo.
Esquina-bajan
En aquellos tiempos universitarios, uno le tributaba a los maestros como si fuesen Dios mismo. No exagero. Recuerdo claro, a don Armando Fuentes Aguirre, Doria Alicia Valero, Everardo Martínez; a la "Coyota", don Jesús Oscar García, A ese hombre de letras, el maestro Pedro Angel González. Hoy, ignoro cuántos jóvenes pueden leer "de corridito" más de 140 caracteres que son un Twitter, según la jerga de estos tiempos, sin "bofearse."
¿Este es el relevo generacional que va a escribir mejor que don Alfredo García Valdez? ¿Este es el relevo generacional que va a ser mejor en el derecho electoral que José Guadalupe Martínez Valero; van a ser mejores litigantes que José Ramón Oceguera, don Ricardo Martínez Ortegón? ¿Estas hordas de jóvenes serán mejores comerciantes que Jorge Alanís, que don Germán Ramírez? No lo sé. Pero no apuesto, así de sencillo.
Cuando todo mundo pensaba que un inminente "Invierno de la Iglesia" estaba ya presente y se desmoronaría del todo, allá por las lunas del año 1998, un hombre de empuje y brío divino, como Juan Pablo II, empezó a congregar a los jóvenes del mundo y convirtió aquello en una "Primavera de la Juventud católica." ¿Es esto lo que actualmente pasa en México? Lo dudo.
Letras minúsculas
¿Creo en la juventud? Sí y no, y no hay contradicción de por medio. Volveré al tema.