Elogio a la vejez

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/ 11 octubre 2021

Juan Pablo II, el hombre, dejó razones de fe y esperanza para saber arribar a última morada: La eterna

Juan Pablo II, el hombre, dejó razones
de fe y esperanza para saber arribar
a última morada: La eterna

Hermann Hesse (1877-1962) escribió un extraordinario libro, “Elogio a la Vejez”, que habla sobre la transitoriedad de la vida, de la finitud del ser humano, de la inevitable mortalidad:

“Envejecer es un proceso natural y un hombre de sesenta y cinco o setenta y cinco años, si no pretende ser joven, está perfectamente sano y es tan normal como otro de treinta o de cincuenta... Quien ha llegado a viejo y presta atención al dato puede observar cómo, pese al debilitamiento de las fuerzas y facultades, hay una vida tardía que cada año hasta el final se ensancha y multiplica la red infinita de sus relaciones y enlaces, y cómo, mientras la memoria se mantiene despierta, nada se ha perdido de todo lo transitorio y pasado... para cumplir como anciano su destino y estar a la altura de su tarea, hay que ponerse de acuerdo con la vejez y con todo lo que comporta, hay que decirle sí. Sin ese sí, sin la entrega a cuanto la naturaleza nos reclama, perdemos el valor y el sentido de nuestros días –tanto si somos viejos como jóvenes– estafamos a la vida”.

1978

Hace 43 años, el 16 de octubre de 1978, Karol Józef Wojtyła fue proclamado Papa; 27 años después, exactamente el miércoles 30 de marzo de 2005, fue la última vez que el papa Juan Pablo II se asomó a la plaza de San Pedro. Lo recuerdo con claridad: no pudo hablar, su gravedad era notoria.

Sería su última aparición, le quedaba poco tiempo de vida, quizás horas. Lo inevitable era inminente.

El 2 de abril, Juan Pablo II, a los 84 años de edad, murió. Seis horas antes, en polaco pronunció sus últimas palabras “Dejadme ir a la Casa del Padre”.

Lección

Recuerdo que Juan Pablo II, en su “vejez”, sorprendió al mundo: dentro de un muy deteriorado cuerpo, habitaba una mente lúcida, un corazón esperanzador, generoso. Sabio. La vejez y enfermedad de Karol Wojtyla fue evidente, pero de ninguna manera deshonrosa, sino digna, plena, paradójicamente “llenísima de vida”.

El “viejísimo” Papa, hasta el último momento, continuó maravillando a un mundo que proclamaba la supremacía del estado de juventud, de la belleza física y la salud corporal; a un mundo que repudiaba el envejecimiento, que segregaba, marginaba y se avergonzaba de los ancianos, tal como hoy sucede.

Este hombre dejó una gran lección a un mundo materialista en el que a las personas les da pavor decir su edad y artificiosamente buscan eliminar con maquillajes de todo tipo los signos de la vejez, que intentan empujar hacia atrás los años vividos. Dejó testimonio de vida a una sociedad que, como hoy, enseña a los jóvenes a desairar y desacreditar a las personas de la tercera edad.

El Papa, ante esas realidades, se presentaba arrastrando su cuerpo para descubrirnos un hecho que, sin duda, era una novedad para nuestra “civilizadísima” época: la vejez es fuente de verdad y sabiduría, ejemplo y juventud de espíritu.

Alguien dijo que la inmensa alma del Papa arrastraba su cuerpo. Dramática pero acertada definición de la percepción que tuvimos del estado de salud de Juan Pablo II.

Visitas

En su quinta y última visita (2002), su rostro revelaba cansancio y agotamiento. Sus movimientos lentos y pausados denunciaban los ineludibles estragos de una existencia vivida a plenitud y el desenlace de una biografía tocada infinidad de veces por la tragedia.

Su encorvamiento elevaba su compromiso. Su voz pausada, entrecortada, incluso débil, revelaba que la salud había desertado para siempre de su cuerpo. Su mirada, limpia y penetrante, se distinguía afectada por los problemas morales del mundo. A diferencia de sus otros viajes observamos el rostro de un Papa doliente, físicamente enfermo y débil.

En el hombre “viejo” de Juan Pablo II, habitaba una gran paradoja: un viejo cuerpo, una “envoltura carnal”, encerrando, conteniendo, coexistiendo, conviviendo con un espíritu joven, recién estrenado, desbordante, que milagrosamente era capaz de transformar minuto a minuto el dolor, el sufrimiento y la vejez corporal en manantial de vida. En juventud.

Fuimos testigos de la supremacía del espíritu sobre el cuerpo. Su vejez dejó en claro el legado de un hombre que prefiere su misión de vida, su vocación espiritual, sobre las dolencias del cuerpo. Porque sencillamente el Papa, como ser humano que era, bien hubiese deseado terminar su vida entre comodidades y atenciones médicas, sin agotadores viajes (e innecesarios para los que no comprendían su misión y propuesta evangélica), sin preocupaciones tan agobiantes, pero antepuso su encomienda divina a sus preferencias personales; su sacrificio manifestó que no era su voluntad la que cotidianamente realizaba, sino la que se derivaba de su encomienda. Si no fuese así, entonces, de dónde obtenía la fuerza espiritual, física y mental para llevar la cruz de tan apretadas y extenuantes agendas.

Mirando atrás, imposible entender de lo que fuimos testigos en su quinta visita a México, si no comprenderíamos un evidente hecho: Wojtyla era un hombre poseído por una enorme fe, un ser humano impulsado por la fuerza de Cristo; una persona decidida a doblegar su propio cuerpo, por una causa suprema; un ser humano que libremente prefirió llevar hasta el fin su vocación.

Para comprender esta realidad es necesario acogerse al misterio que engrandece la existencia que todos como seres humanos tenemos. Enigma que se revela al abandonar la terca obstinación de buscar a Dios –a la vida– donde no se encuentra.

Testimonio

Su esfuerzo físico reclama, sobre todo a los jóvenes, a no cansarse, a no quejarse, a no quedarse dormidos a la vera del camino. Su ejemplo continúa convocándolos a trabajar, a prepararse y estudiar a fin de construir un mundo más humano, a ser generosos con aquéllos que son menos afortunados.

El lento caminar de sus últimos años continúa encomendando a respetar, apreciar y a convivir con los ancianos, a no olvidar que la vejez solamente se encuentra en los espíritus que han renunciado a ser, que esta no se mide con el paso de los años, sino en el estado de ánimo y las actitudes con las cuales se emprenden las labores y encomiendas de la vida.

El recuerdo de su mirada continúa convocando a tener inmensos ideales en la vida, a luchar sin tregua por ellos, hacer de las misiones personas vocaciones de vida. Su inquebrantable fe, de la que fuimos testigos, también convoca a renunciar al miedo, a dejar las preocupaciones a un lado, a abandonar las angustias, pesadumbres y dudas en las manos de Dios. A diez años de su partida continúa convocando a las personas a vivir libremente.

Su mensaje de vida y amor convoca a los padres de familia a testimoniar la verdad y el bien. A los políticos a dejar la terca división, la hipocresía, la soberbia y los actos denigrantes de corrupción que socavan a México, les pide que hablen con la verdad, que atiendan a los indígenas, marginados, niños, a las mujeres y ancianos, que respeten la dignidad de las personas nacidas y no nacidas. A los que tienen más, a dar a los que tienen menos. A los mexicanos en general su testimonio y mensaje continúa llamando a la concordia, a la paz, a trabajar en armonía por el bien común.

¿Será posible?

Existen personas que viven con la cara hacia la vida, hacia el sol, mientras que también las hay que les gusta caminar entre sombras; las primeros son las que tienen la fortaleza de la fe y saben que, llegado el momento, la muerte será un nacer, porque para ellas en la tumba no muere la vida, sino la muerte. Por su parte, las que caminan hacia la noche total, lo hacen hacia la nada. Juan Pablo II, el hombre, dejó razones de fe y esperanza para saber arribar a la última morada. La eterna.

El recuerdo de su “vejez” continúa contagiando una profunda experiencia espiritual, porque Wojtyla a sus 84 años era mucho más joven que muchos de los mismísimos jóvenes que flaquean ante sus responsabilidades, ante el mínimo de los esfuerzos.

Me pregunto: ¿será posible respetar, honrar, inclusive elogiar a la sagrada vejez en un mundo en donde impera la violencia, en una época en la que se desprecia la vida humana inclusive desde la concepción?

cgutierrez@tec.mx

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