La cantante estadounidense Madonna, se presentó en el Foro Sol. Fotos: Cuartoscuro
Humberto Vázquez Galindo/Enviado
Como si se tratara de una virgen milagrosa, miles de feligreses de todo el país hicieron peregrinación a un concierto para rendirle devoción a una cantante que demostró por qué su reinado sigue más vigente que nunca
MÉXICO, D,F.- "Amada y odiada, despreciada y deseada, admirada y desdeñada, imitada y envidiada, vilipendiada y ensalzada, golpeada, negada, usada, querida, adorada... jamás sabrán señores, el placer de ser mujer" (y más cuando se lleva el nombre de Madonna). 

La frase es de Astrid Hadad, la pecadora profesional y dependienta de el enorme cabaret que es la Ciudad de México, quien sin proponérselo definió mejor que nadie a la mujer que hoy nos tiene congregados y llenos de fe frente al escenario que se yergue como una catedral en un Foro Sol invadido por 55 mil almas que acudieron puntuales la noche del sábado a la primera de dos misas que la cantante ofreció en el país. 

No es una casualidad que las almas se enciendan y la euforia se desate cuando su nombre es repetido como un mantra por las graves voces del trío Kalakan instalados en el atrio de esa gótico templo, desde donde desciende la receptora de la adoración de una grey que enloquece cuando apenas escucha su primeras palabras "Oh my God". 

Es oficial, la misa ha iniciado con una virginal Madonna arrodillada, pidiendo perdón y hace bien, pues se avecinan casi dos horas de pecar como Dios manda. Desde todo lo alto ella desciende en el interior de una pequeña capilla como si tratara de una virgen milagrosa, el primer grito de la noche se deja sentir y ella responde el cumplido con plomo, pues con un arma de grueso calibre rompe los cristales para salir al encuentro con un congregación de fieles que jamás jurarán su nombre en vano. 

Debajo de una corona sin espinas, un velo negro cubre por completo a una mujer que con apenas un metro con 61 centímetros tiene al mundo a sus pies y las miradas encima de un México siempre fiel que ya la esperaba con los brazos y el corazón abierto. 

Cuando se le tiene de frente empieza el romance, la seducción, el amor a primera vista y muchos entramos en un trance hipnótico. Después de presenciar en vivo el fenómeno que desata aún sin haber saludado, uno no deja de preguntarse de qué material está hecha, por qué después de tantos años su culto sigue intacto y en crecimiento, por qué a donde quiera que va, genera esa devoción, qué pacto hizo con el diablo para seguir tocando los resortes íntimos de millones de feligreses que le siguen rezando y en su honor, sacándole brillo a las pistas de baile. 

Como todo mesías, Madonna tiene detractores y aunque ella acepta que no es la mejor cantante, ni la mejor bailarina que ha pisado la tierra, sí es la más influyente y la más exitosa en el mundo del "show business", 500 millones de discos y un sinfín de récords dan fe y legalidad de los hechos. 

Eso sin contar que desde hace 30 años no deja de sumar seguidores, imponer tendencias, llenar estadios haciendo llorar de la emoción a varias generaciones y pelear con todos los dientes, por seguir siendo, como dirían los Tigres del Norte, la jefa de jefas. 

Madonna sabe lo quetrae encima y aunque los años no pasan en vano, en el escenario se le ve segura y como prefiere pedir perdón que pedir permiso, aún no termina su acto de constricción, de confesar que ha pecado y aceptar su penitencia para evitar las tentaciones del demonio, cuando se escuchan los acordes de "Girl Gone Wilde". La chica arrepentida cae demasiado rápido en la tentación, saca su lado salvaje y despierta a la congregación que canta a todo pulmón desde sus asientos.

Enfundada en un top animal print y unos ajustados pantalones negros se convierte en una "fame fatale" con coreografías que cortan la respiración, los torsos desnudos sus bailarines sólo sirven para avivar el fuego de una mujer en llamas, que como diría Cindy Lauper sólo quiere pasarla bien. "¿Qué pasó México?", fue su primer saludo en español. 

Y para que nadie se interponga en su camino, con "Revolver" la cantante se abre paso a punta de pistola, ese misma que hizo estremecer a la hipócrita sociedad estadounidense que no vio con buenos ojos el uso de armas en el show. Madonna, que no se dejó amedrentar, saca su humeante pistola, la besa, y como una mantis religiosa entona irónica mientras apunta al público: "Mi amor es un revolver, mi sexo es un asesino, ¿quieres morir feliz?".

Pero la seducción pronto se vuelve ira y como si actuara en un filme de Quentin Tarantino está lista para volar cabezas cuando llega "Gang Bang". La venganza en un plato que se come frío y pronto llega el momento en que la ambición rubia le escupe en la cara de su exmarido, ese que se le salió del carril y se atrevió, cuánto atrevimiento, a abandonarla.

"Bang Bang, te disparo y estás muerto, le disparé a mi amante en la cabeza", entona retadora mientras pelea con un ejército de maleantes desde la habitación de un hotel. Cuando acaba con todos, el tiro de gracia va en contra de una mujer, ¿acaso la mujer de Guy Ritchie?: "Voy directo al infierno y tengo un montón de amigos ahí y si veo a esa perra en el infierno, voy a darle un tiro en la cabeza, otra vez". 

Los efectos visuales no podían ser mejores, cuando dispara las pantallas se llenan de sangre, los casquillos vuelan por los aires y los bailarines caen en cámara lenta. Madonna, a sus 54 años, ni se despeina. Aún con las manos llenas de sangre, con "Papa Don't Preach", se convierte en una cándida adolescente que cree en el amor. Su cuento de hadas termina con el teléfono mudo y "Hung Up" suena a reproche, a pura ardidez mientras camina literalmente sobre la cuerda floja en un acto que recuerda al Cirque du Soleil. 

El escenario termina en llamas y con guitarra en mano entona "I Don't Give A", un rosario de quejas enumerado por la que fuera una esposa desesperada: "Intenté ser una buena chica, intenté ser tú esposa, me sometí a tus mandatos y eso se tragó mi luz".

Como nunca Madonna se muestra honesta y vulnerable: "Voy a estar bien, no me importa lo que la gente diga, voy a estar bien". La palmadita en la espalda se la da desde la pantalla la mismísima Nicky Minaj que "hiphopea" lo que todos sabemos: "Hay sólo una reina y esa es Madona, bitch". La aprobación es unánime. Sin embargo ella sigue lamiéndose las heridas y con "Best Friend" lo deja todo muy claro: "Tu foto ya no está en mi pared, pero aún espero tu llamada y todo hombre que pase por esa puerta será siempre comparado contigo". Así termina el melodramático, violento, cardiaco, honesto y desgarrado primer acto titulado "Transgreción" o dicho de mejor manera: la mejor manera de librarte de una tentación, es caer en ella.

"¡Estoy de regreso, México!", comenta emocionada. Con "Express Yourself" se hace la luz, la drama queen se sacude la depresión en compañía de sus fans de la vieja guardia, los que subieron a Madonna en el trono del que no le da la gana bajarse. Ellos, que llegaron en éxodo multicolor provenientes de todos los rincones de la república, ya están trepados en sus asientos a grito abierto. Como si se tratara de una puesta en escena, el luminoso y festivo segundo acto se titula "Profecía". 

Y lo que era un himno conciliador, una declaración de amor, Madonna le agregó, socarrona, fragmentos del "Born This Way" de Lady Gaga con el único fin de dejar constancia de lo parecidas que son. Después de acusarla de plagio, a la Chica Material se le ocurrió invitarla a subir el escenario en uno de sus conciertos, a Gaga se le llenó la boca cuando dijo "NO". Pero ¿Por qué Madonna pelea una guerra que tiene ganada? ¿De verdad se siente amenazada por esta estrambótica, pero talentosa y adorada "pollita"? Reina del escándalo y los titulares, todo huele a publicidad gratuita, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Quizá sólo quiera un poco de diversión y por eso grita a la "Wannabe" que le bese el trasero mientras entona "She's not me". 

Y aunque la fiesta está en todo lo alto, la diva vuelve a coquetear con las nuevas generaciones ataviada como una porrista adolescente, una lolita algo trasnochada que encabeza las tablas rítmicas con el coro de "Give Me All Your Luvin", un sencillo que le valió críticas por ser considerado un tema demasiado juvenil con un coro bastante ñoño que la hace ver como si estuviera poseída por Hanna Montana. ¿Se trata de un anzuelo lanzado a la generación Bieber? ¿Le pegó la crisis de los 50? ¿O sólo quiso jugar a ser la Benjamin Botton de la música? Pero en directo, esas críticas no tiene cabida y menos aún cuando su majestad tiene algo que decir: "¿México, están tan felices como yo de estar aquí?, vamos a cantar juntos, quiero oírlos", ordenó y el mandato se cumplió a cabalidad. 

Coreográficamente el escenario muestra su mayor esplendor y colorido, las bailarinas marchan con su erotismo al ritmo de un grupo de percusionistas que, como si fuera un acto de magia, descienden del cielo para ponerle algarabía y sabor a la noche. Las destellantes luces se atropellan y las pantallas muestran imágenes con reminiscencias del Pop Art. De nuevo Nicky Minaj suena de fondo y queda claro que la rebelde de M.I.A fue desterrada por mostrar su dedo índice en el entrañable y majestuoso acto de medio tiempo del Super Bowl que sólo podía tener una protagonista. Madonna marcha por todo el escenario, baila frenética, conduce a su ejército de bailarines y deja al público con la boca abierta. ¡Viejos, los cerros! 

La radio se enciende y la pantalla muestra imágenes de su trayectoria con fragmentos de "Lucky Star", "Like a Virgin", "4 Minutes", "Ray of Light" y "Music" que dan paso a "Turn up the radio", uno de los temas más festivos de su disco MNDA que desperdicia un poco al cantarlo con guitarra en mano, pero al unirlo a la tierna súplica de "Open Your Hart", las manos se unen en una fiesta que se hace masiva y hasta su hijo Rocco sale a bailar al escenario. 

Una acústica "Masterpiece" le pone calma a ese desembocado caballo que es su show. Las miradas cómplices no se hacen esperar, es momento de poner el amor por encima de todo y cantar con sentimiento el tema que le dio un Globo de Oro y el título de "streaper de feria" por parte de un ardido Elton John. En este tema Madonna aprovecha para hablarles a sus fans que acuden a sus conciertos sobre hermandad, respeto, tolerancia, paz, solidaridad, pero en Rusia tuvo la ocurrencia de apoyar abiertamente a la comunidad gay, esa a la que le debe tanto y viceversa. El acto le valió una demandada en San Petesburgo por 10 millones de dólares por "alentar a la homosexualidad". Madonna salió victoriosa. 

En México también habló, durante todo el concierto se mostró muy cálida con el público y hasta se permitió soltar unas lágrimas. Acá su discurso incluyó a los Mayas: "Hemos escuchado sobre el calendario maya y el fin del mundo y yo no me trago esa mierda. Ya hablé con grandes chamanes y me dijeron que se trata de un nuevo comienzo, donde todos nos tratemos como seres humanos. ¿Están preparados para esta nueva era?", preguntó y los gritos no se hacen esperar. 

Fragmentos de la censurada "Justify my Love" con escenas al puro estilo de "Erotica", el polémico disco que la trajo por primera vez a México, abren el tercer y andrógino acto llamado "Masculino/Femenino" y le abre camino a la canción más esperada de la noche: "Vogue", uno de los temas más emblemáticas de Madonna. Ya llovió desde su primera visita en el 93 a esta ciudad. Ahora no hay golpe de pecho y este himno de ambiente ahora retumba sin miedo porque está en territorio "gay friendly", aquí todo se vale, aquí las "vestidas" que personificaron a La Reina del Pop son tratadas como celebridades, aquí no habrá linchamiento, ni homofobia a los muestras de afecto entre personas del mismo sexo. Aquí en este pedacito de tierra de este vasto y discriminador territorio, todos valen lo mismo y tienen los mismos derechos. Y aunque parezca un comercial para Marcelo Ebrad, no lo es, se agradece, pero no hay que perder de vista que esta lucha lacomunidad LGBT la peleó con uñas, golpes y muerte. 

En el escenario, la exquisita mano del diseñador y "enfant terrible" de la moda Jean Paul Gaultier se deja sentir cuando Madonna porta el renovado y emblemático corsé que él le diseñó en el 90 para su gira "Blonde Ambition". El entarimado es ahora una pasarela donde algunos bailarines pisan perfecto sus altísimos tacones y se convierten en modelos. Todos en blanco y negro ejecutan su mejor pose para venerar a una mujer camaleónica que marca tendencias y se ha convertido en el valioso maniquí al que han vestido los diseñadores más prestigiados del mundo. Está de más decir que este momento del concierto desata la locura del público que pelea por quién se sabe mejor las muchas coreografías que han acompañado esta canción. 

Con "Candy Shop", "Erotica" y "Human Nature", Madonna hace lo mejor que sabe hacer y que tanto le ha redituado: encuerarse. Su estudiado "streape tease", lo ha aprovechado para manifestarse y hacer activismo según el lugar que visita: sobre su espalda ha escrito a favor de la liberación de las Pussy Riot en Rusia, la reeleción de Obama, el bullyng, las defensa de los migrantes en Europa, ¿porqué de los migrantes mexicanos ni una sola palabra? Y últimamente mostró su trasero para recaudar fondos para los damnificados del Huracán Sandy, para quienes obtuvo 60 mil dólares. 

Pero antes de despojarse de su ropa, nuestra "cougar" favorita baila seductora con su novio de 24 años, el bailarín francés Brahim Zaibat que durante toda la noche no le quita la mirada de encima. Una desgarrada versión al piano de "Like a Virgen" sirve para que se deje escuchar un coro monumental. La pieza que inspiró unos diálogos geniales a Quentin Tarantino en "perros de reserva" y por la que el vaticano boicoteó en 1990 su gira en Italia, pues simulaba masturbarse en una cama, sigue levantando revuelo cuando Madonna decide, por puro placer, mostrar su trasero y convertirse gracias a "Love Spent" en una "Eva" expulsada del paraíso que se lamenta, pero no deja de seducir mientras se arrastra semidesnuda por el escenario. No se llenan estadios sólo rezando y esta gira, aunque hasta ahora se trata del disco menos vendido de su trayectoria, le dará a la chica material ganancias estimadas de 400 millones de dólares. 

Aunque jamás dejará de aprovechar el escándalo, los tiempos han cambiado. En su primer visita a México dentro de la gira "Girlie Show" que promocionaba "Erotica" en 1993, el álbum más escandaloso de la cantante, que además sirvió de pretexto para lanzar su libro "Sex" con Madonna al natural envuelta en escenas de sadomasoquismo y sexo lésbico, el comunicador Nino Canún dedicó un programa de "¿Y usted qué opina?" a la visitante, en donde los invitados, entre ellos un sacerdote, se arrebataban la palabra para exponer argumentos de por qué esta cantante de moral despistada no debía presentarse en el país. Madonna llegó y en respuesta se puso un sombrero decharro y escenificó una orgía con todos sus bailarines en escena. 

El último acto del show titulado "Redención", inicia con fuertes reclamos. "Nobody Knows Me" muestra el rostro de Madonna transformándose en Hitler, en sacerdote, en militar, en un niño víctima de bullying, luego aparece una bomba atómica, la crisis, el hambre, la violencia, el odio y la muerte. 

Dos de los temas de su último disco amenazan con el final: una futurista "I'm Addicted" que canta ataviada con un brillante vestido en forma de armadura con la que libra una batalla coreográfica, mientras que "I'm a Sinner" llega con guitarra en mano encima de cubos/pantallas que simulan ser un tren, un auto, un autobús en movimiento que viaja por distintas civilizaciones mientras sus bailarines no dejan de saltar y celebrar el pecado, al puro estilo de su video "Jump". 

El final es inminente y de pronto entra de nuevo la luz por los vitrales de un templo inundado por un grupo de coristas de iglesia que regalan uno de los momentos más entrañables de la noche con los primeros acordes de "Like a Prayer". "Son los mejores fans del mundo, vamos a cantar juntos", gritó emocionada. Mientras el góspel se deja sentir, pide las manos arriba y las 55 mil almas congregadas aplauden al unísono, algunos lloran, otros saltan de la emoción, la mayoría la cantan tan fuerte que ocultan la voz de la cantante y sus coristas, incluido su hijo Rocco. 

Si se tratara del final, todos saldrían con las almas encendidas y una enorme sonrisa en el rostro, como si hubieran presenciado un milagro. Pues durante toda la noche hubo complicidad, empatía y cariño entre un artista y un público que tienen mucho que celebrar. Ella le ha puesto ritmo y música a la vida de varias generaciones a las que ha acompañado como un entrañable "soundtrack" y por otro lado está ese público que no dejará pasar la oportunidad de agradecer y devolverle los servicios recibidos. ¿Quién de los presentes no tiene una historia que involucre a Madonna? 

Pero para cerrar con broche de oro esta perfecta comunión, llega como caída del cielo "Celebration", la cual es coreografiada por una artillería de 30 bailarines con atuendos ochenteros, audífonos enormes e iluminados por pantallas bañadas de colores fluorescentes. Frente a ellos, una mujer corre, salta, baila y le cuesta decir adiós. El Foro Sol está de pie, recibiendo con brincos los últimos minutos de una artista que con su enorme talento los hizo hermanarse, olvidar las diferencias, soñar que otro mundo es posible y volver a creer en los milagros. Sin duda fue una noche inolvidable, en donde Madonna se jugó todas sus cartas para dejar por escrito, ante 55 mil asistentes que fungen como notarios, qué su reinado está más vivo que nunca y no hay nadie en el mundo que pueda arrebatarle su corona. No sería una exageración si después de este concierto, alguien le prende veladora llegando a casa, por lo pronto, podemos ir en paz porque la misa ha terminado. ¡Larga vida a la reina!