Ciudad de México tiene una ‘zona de sacrificio’ tóxica donde el cáncer está aumentando
Al final del recorrido por su pueblo natal, General Pedro María Anaya, Uribe había hecho un recuento incompleto pero sombrío: al menos 42 muertes por cáncer, 15 sobrevivientes y seis casos activos
CIUDAD DE MÉXICO- Yury Uribe trazó un mapa invisible de la muerte en su barrio, señalando casa tras casa. Casi todas, dijo, habían sido golpeadas por el cáncer.
En esa esquina vivía doña Agustina, víctima de un cáncer de estómago, al igual que Coco, su vecina de enfrente. Más adelante vivía Eva, quien dejó solo a su hijo autista después de que un tumor en la garganta se le reventó. El cáncer de colon acabó con doña Juanita, quien ingresó al hospital un viernes y falleció el lunes siguiente. Y por allá vivió Estela hasta hace unos dos años, cuando el cáncer de pulmón le invadió el resto del cuerpo.
Al final del recorrido por su pueblo natal, General Pedro María Anaya, Uribe había hecho un recuento incompleto pero sombrío: al menos 42 muertes por cáncer, 15 sobrevivientes y seis casos activos, todos concentrados en unas pocas cuadras.
“Es mucho dolor”, dijo Uribe, de 45 años, una excosturera que se dedicó al activismo después de ver a su pueblo asediado por enfermedades inexplicables. “No es normal que en una comunidad tengas tanta gente enferma”.
Para muchos habitantes de las más de 20 comunidades que rodean un embalse conocido como la presa Endhó, en el estado mexicano de Hidalgo, el cáncer es apenas otro síntoma de una crisis que lleva décadas gestándose.
En la década de 1970, las autoridades federales desviaron de manera discreta las aguas pluviales y residuales de la Ciudad de México hacia esta región, convirtiéndola en el vertedero de más de 20 millones de personas. Las descargas de un corredor industrial, que incluye más de 100 fábricas y una refinería de petróleo que abastece a la capital y a otros estados, han agravado la crisis, ya que la gran mayoría de esas plantas vierten sus desechos sin tratar al río Tula, que desemboca en la presa Endhó.
Ese caldo tóxico ha convertido el embalse en lo que los lugareños llaman la fosa séptica más grande del mundo.
El relator especial de las Naciones Unidas sobre sustancias tóxicas y derechos humanos ha catalogado a la cuenca de la Endhó como una de las “zonas de sacrificio” más antiguas de México: un área donde la salud local y los ecosistemas han sido intencionalmente comprometidos para beneficiar a la capital y a las industrias que la rodean.
Las zonas de sacrificio son el daño colateral de la planificación urbana moderna. Áreas donde unos pierden para que la mayoría pueda prosperar. Este patrón se extiende por todo el mundo, desde el “callejón del cáncer” de Luisiana y las plantas siderúrgicas de Italia, hasta las arenas petrolíferas de Canadá y la presa Endhó en México.
Alrededor del embalse, el aire está cargado de azufre y podredumbre. Nubes blancas de espuma química flotan junto a las casas y calles, mientras que la pesada carga de residuos orgánicos en el agua alimenta una alfombra imparable de lirio acuático.
“Es un infierno lo que vivimos día a día”, dijo Magnolia Sánchez, de 51 años, residente de San Mateo La Curva, otra comunidad ribereña, cuya prima Maira murió de cáncer de mama.
Los pobladores de mayor edad aún recuerdan cuando el agua contaminada llegó sin previo aviso. Feliza Camacho estaba recién casada en 1972 cuando notó que la presa se volvía turbia y maloliente.
Luego llegaron las primeras víctimas.
“La presa blanqueaba de peces muertos”, dijo Camacho, de 73 años.
La decisión de redirigir las aguas negras de Ciudad de México y las descargas industriales hacia la presa Endhó se consideró, al inicio, como una solución beneficiosa para todos. A medida que la capital crecía, los ingenieros, desesperados por blindar a la ciudad de inundaciones catastróficas, se dieron cuenta de que las aguas del embalse, cargadas de nutrientes orgánicos del drenaje, podían servir también como riego y fertilizante gratuito para el valle, naturalmente árido.
Décadas después, la entrada masiva de nutrientes ha sustentado el auge agrícola de la región, pero al mismo tiempo ha transformado a la Endhó en una zona muerta a nivel ambiental.
Los microbios han agotado las reservas de oxígeno del embalse. La vida acuática ha desaparecido. En 2024, una espesa alfombra de lirio acuático invasor asfixió la superficie, multiplicando su tamaño inicial más de 27 veces en apenas unos meses, según estimaciones del gobierno.
El laberinto de recovecos y escondrijos entre la enmarañada vegetación ha convertido a la presa Endhó en una prolífica fábrica de mosquitos.
Al caer la tarde, la gente se atrinchera en sus casas. Las carnes asadas y las fiestas de quinceañeras se han cancelado debido a los enjambres. Las familias queman cartón en el interior de sus hogares con la esperanza de que el humo ahuyente a los insectos, y compran hasta tres latas de insecticida a la semana,un duro golpe para su economía. Las paredes de las habitaciones están salpicadas con su propia sangre seca, huellas de su batalla nocturna contra las criaturas.
“Vivimos alterados. Ya con estos encierros que estamos teniendo, estamos viviendo agresivamente. Yo lo veo en mis propios hijos, lo veo en mí mismo”, dijo Pablo Tinajero, de 59 años, delegado de Santa María Daxthó, un pueblo a orillas de la presa.
En una escuela primaria cercana, Daniela Álvarez, maestra y directora, lucha por mantener a sus alumnos concentrados. Los niños no dejan de moverse en sus asientos para espantar a los mosquitos, contó, e ir al baño, donde los insectos se congregan, se ha convertido en una fuente de temor. Incluso Álvarez, de 41 años, evita sacar libros de los estantes por miedo a liberar mosquitos ocultos.
“Ya normalizamos la contaminación, la mala calidad del aire, la mala calidad del agua”, dijo. “Pero normalizar una plaga ya sería el colmo. No tendríamos por qué enseñarle a nuestra niñez que esto es normal”.
Cuando a Leticia Sánchez González se le inflamó el seno derecho el año pasado, el dolor fue tan intenso que, según contó, tuvo que renunciar a sus dos trabajos. Los médicos le dijeron que no se preocupara. Probablemente se trataba de una infección.
En junio, nuevos estudios confirmaron sus sospechas: cáncer. Su oncóloga le recetó seis ciclos de quimioterapia, seguidos de una mastectomía.
“Ya son muchas personas las que se están enfermando”, dijo Sánchez, de 48 años, quien vive cerca de la presa en Santa Ana Ahuehuepan. “Tú tienes esto, pero la vecina también”.
La verdadera magnitud de la crisis sanitaria es incierta.
Según datos en bruto del instituto de estadística de México, las tasas de mortalidad por cáncer en Tula de Allende, uno de los dos municipios donde se encuentra la presa, han superado el promedio nacional todos los años desde 2016, disparándose en ocasiones en más de un 50 por ciento por encima del resto del país. En el municipio vecino de Tepetitlán, las tasas de mortalidad por insuficiencia renal y enfermedades del tracto urinario han eclipsado sistemáticamente el promedio nacional, llegando a veces a duplicarlo.
Sin embargo, no existen datos de salud pública sobre los pueblos ubicados en las inmediaciones de la presa.
Los resultados de un censo realizado por brigadas de salud estatales y federales en 2024 nunca se dieron a conocer. Y el gobierno se ha negado a financiar estudios epidemiológicos en la región, según dos investigadoras que hablaron bajo condición de anonimato por temor a perder financiamiento público. Sin esa evidencia, resulta casi imposible saber si el aumento de los casos de cáncer se debe realmente a los contaminantes de la Endhó, a algo completamente distinto o si es simple producto del azar.
Pero para otros, existe una conexión clara entre las aguas contaminadas de la presa y el desastre de salud pública. “El patrón del lugar es inequívoco”, dijo Juan Francisco Martínez, exdirector estatal de vigilancia epidemiológica en Hidalgo. “Hay una correlación que es obvia, fuerte y coherente, aún cuando no hay los suficientes estudios epidemiológicos para demostrar causalidad”.
La Secretaría de Salud de México y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios no respondieron a una lista de preguntas detalladas.
Para los pobladores, la prueba que necesitan, dicen, está en sus propios patios.
Tras la llegada de los desechos de la Ciudad de México, las comunidades perforaron siete pozos en busca de agua limpia mientras el embalse se degradaba. Sin embargo, durante casi 20 años, los estudios del gobierno han confirmado repetidamente que los pozos, la principal fuente de agua potable, están contaminados.
Se ha detectado arsénico, mercurio y plomo en los pozos, superando los límites máximos establecidos por las normas de seguridad mexicanas, según informes de la Comisión Nacional del Agua a los que tuvo acceso el Times. También se han descubierto niveles tóxicos de nitratos y bacterias fecales, así como solventes industriales y subproductos de la industria petroquímica.
En 2024, un estudio técnico detectó una huella química y molecular idéntica entre el embalse y el suministro local de agua potable, y concluyó que el caldo tóxico de la Endhó se ha filtrado a los pozos de los pueblos.
Pero Mayela Godínez, funcionaria de la comisión, desestimó esa investigación por considerarla defectuosa, e insistió en que los técnicos de la agencia le habían asegurado que el agua de los pozos “no sale contaminada, tiene un nivel bueno”.
Sin embargo, el cambio podría tardar en llegar.
El expresidente Andrés Manuel López Obrador firmó un decreto en 2024 que obligaba legalmente al gobierno a remediar décadas de negligencia ambiental en la presa, así como a erradicar la maleza y los mosquitos. Hasta ahora, el gobierno ha fumigado 27 comunidades y ha extraído el equivalente a 42 piscinas olímpicas de lirio acuático.
Pero el plan, que las autoridades describieron como “el acto de justicia ambiental más importante de la historia del país”, es letra muerta, dicen los críticos. El decreto prohibió asignar nuevos fondos para sanear la presa, dependiendo en su lugar de presupuestos públicos agotados. Los esfuerzos para tratar las aguas residuales enfrentan una feroz resistencia por parte de los agricultores que dependen de las aguas negras ricas en nutrientes como fertilizante para sus cultivos. Y, de manera crucial, el programa excluye las iniciativas de salud pública.
“Lo que argumentan es que cuando ya el medio ambiente lo recuperemos, lo restauremos, ya la salud va a cambiar”, dijo Uribe, la activista. “Es una ofensa a nuestro dolor. El cáncer no espera. Las enfermedades no esperan”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Emiliano Rodríguez Mega y Alejandro Cegarra, The New York Times.