El costo mortal de la falta de acción del ejército de Nigeria
El país tiene una de las fuerzas armadas más temidas de África, pero dentro de sus propias fronteras ha fracasado repetidamente a la hora de detener secuestros y ataques
Por: Saikou Jammeh, Ruth Maclean, Dickson Adama and Ismail Auwal
Una noche de enero, en Woro, un pueblo en Nigeria, un hombre se acercó a Umar Bio Salihu, jefe de la aldea, y le entregó un trozo de papel toscamente arrancado de un cuaderno de ejercicios.
El hombre había sido secuestrado por yihadistas y enviado a entregar la carta manuscrita a Salihu. La carta estaba firmada por el grupo terrorista nigeriano Boko Haram. En ella, los yihadistas exigían una “reunión secreta” con Salihu y el derecho a predicar en su aldea, de mayoría musulmana.
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Salihu dijo que informó inmediatamente al equivalente nigeriano del FBI. Pero tres semanas después, unos atacantes asaltaron brutalmente Woro y una aldea vecina. Masacraron hasta 200 personas en unas 10 horas. Las fuerzas de seguridad nigerianas llegaron después de que los atacantes se marcharon, dijeron Salihu y otros supervivientes.
Nigeria tiene uno de los ejércitos más temidos y mejor financiados del continente, conocido por mantener la paz y ayudar a evitar golpes de Estado en África Occidental. Sin embargo, los expertos afirman que el ejército ha fracasado en su propio país repetidamente a la hora de detener los ataques mortales que se producen casi a diario en las zonas rurales, lo que ha dado lugar a acusaciones de corrupción e indiferencia.
Los analistas mencionan una infinidad de razones para estos fracasos, entre ellas la malversación del presupuesto de seguridad y una fuerza demasiado dispersa en Nigeria, la nación más poblada de África.
Hace unas semanas, el gobernador del estado de Zamfara, uno de los epicentros de la violencia en el país, ofreció otra explicación: “No es su prioridad”, dijo Dauda Lawal a los periodistas locales.
Ahora, cientos de soldados estadounidenses están siendo enviados a Nigeria para ayudar a identificar posibles objetivos terroristas a los que atacar, impulsados por las afirmaciones del presidente Donald Trump de que la escalada de violencia equivale a un genocidio cristiano, aunque tanto cristianos como musulmanes son víctimas de los ataques.
Grupos de derechos humanos y analistas afirman que las pruebas de muchos ataques sugieren que las autoridades nigerianas disponían de información de inteligencia para identificarlos con antelación. Pero, a menudo, las autoridades no actuaron, dijeron.
En respuesta a las preguntas sobre la tardanza de las respuestas del ejército, el general de división Samaila Uba, portavoz militar, dijo que “los soldados están desplegados en terrenos vastos y a menudo difíciles, a veces con vías de acceso limitadas”. Dijo que cuando el ejército se enteró de las amenazas en Woro, se enviaron soldados a la zona para patrullar durante dos semanas.
Cuando Salihu recibió la carta firmada por Boko Haram en enero, dijo que llegaba después de meses de terror en las comunidades musulmanas vecinas, donde hombres armados secuestraron y mataron gente y los yihadistas pronunciaron sermones en los que arremetían contra la Constitución y las autoridades de Nigeria.
Le llevó la carta a un representante del Departamento de Servicios Estatales de Nigeria. Pronto empezaron a aparecer militares en el barrio, pero las patrullas solo iban los viernes.
Entonces, el martes 3 de febrero, más de 100 militantes irrumpieron en Woro en motocicletas, dijeron los residentes. Acorralaron a hombres jóvenes y los ejecutaron. Quemaron tiendas y casas. La matanza empezó a las 5 p. m. y duró hasta alrededor de las 3 a. m., dijeron los supervivientes.
“Llamamos a los militares”, dijo Salihu. Pero cuando los militares llegaron, los atacantes ya habían huido, dijo.
Cuando terminó, descubrió que su casa había sido atacada. Dos de sus hijos, Khalid, de 26 años, y Zachariya, de 14, estaban muertos. Su segunda esposa y otros tres hijos habían sido tomados como rehenes.
En noviembre del año pasado, unos hombres armados atacaron también un puesto del ejército en el pueblo. Pero en lugar de enviar más refuerzos, como habían pedido los residentes, el ejército retiró el puesto por completo, dijo Salihu.
“Incluso acudimos a sus oficiales superiores”, añadió. “Dijeron que iban a desplegar a otras personas”.
No fue así, dijo.
Uba, el portavoz militar, no explicó por qué se retiraron las patrullas de Woro.
Los ataques de Woro son un ejemplo de un sombrío patrón en el que el ejército nigeriano no ha logrado detener la violencia, dijeron analistas e investigadores. Y los militantes que llevan a cabo las masacres y los mandos militares bajo cuyo liderazgo se producen rara vez son llevados ante la justicia, afirman.
“Siempre fracasan. Siempre hacen las cosas mal”, dijo Isa Sanusi, director ejecutivo de la oficina de Amnistía Internacional en Nigeria.
Mientras que las zonas rurales suelen quedar indefensas a causa de un ejército sobrecargado, los analistas de seguridad afirman que unos 100.000 agentes de policía de Nigeria están destinados a custodiar a personalidades, como políticos, empresarios y celebridades, una práctica que distintos gobiernos se han comprometido a abolir.
Y a veces, los militares luchan contra sus propias armas. A finales del año pasado, Nuhu Ribadu, máximo responsable de seguridad de Nigeria, admitió públicamente que policías y soldados corruptos habían vendido armas a “gente mala”.
El presidente de Nigeria, Bola Tinubu, asumió el cargo en 2023 tras prometer que abordaría la inseguridad rampante que ahora arruina la vida de millones de nigerianos. Pero los residentes afirman que se ha avanzado poco.
Los líderes locales del pueblo de Yelwata, de mayoría cristiana, describieron cómo, en los meses anteriores a la matanza de junio, la zona se llenó de hombres armados. Mucho antes de que se produjera el mortífero ataque, los residentes intentaron repetidamente dar la voz de alarma, según muestran la correspondencia y los expedientes judiciales revisados por The New York Times.
En diciembre de 2024, seis meses antes de que fueran asesinados 200 habitantes de Yelwata, el dirigente de una asociación de agricultores, Gbongbon Dennies, envió una carta al jefe de la agencia paramilitar de Nigeria.
Advertía explícitamente de una afluencia masiva de “bandidos peligrosos, notorios y mortales”. Enumeró los nombres de las personas que, según dijo, dirigían los ataques, y suplicó una “intervención urgente”.
Las advertencias llegaron a los más altos mandos, y dos poderosos gobernadores estatales reconocieron que habían sido alertados de la amenaza. No se hizo nada para impedir el ataque, dijo Dennies.
Cuando sonaron los disparos en Yelwata a las 10 p. m. el 14 de junio, Ukeyima David, un agricultor local de 35 años, se apresuró a reunir a su mujer y a sus tres hijos. Corrieron a una hilera de tiendas de comestibles donde se escondían decenas de personas aterrorizadas. Pronto, las balas empezaron a impactar las paredes y los tejados.
“Papi, ¿qué vamos a hacer?”, recuerda que preguntó uno de sus hijos.
Entonces oyeron a un atacante dar instrucciones a los demás para que ahorraran balas e incendiaran el edificio, dijo. Vertieron combustible en el tejado y le prendieron fuego. Acuchillaban y disparaban a quien intentaba huir, dijo David.
David resultó herido, pero consiguió escapar del edificio en llamas. Desesperado, corrió a la estación de policía local en busca de ayuda para su familia, que estaba atrapada en la tienda, dijo.
“Me dijeron que buscara un lugar donde esconderme porque habían agotado sus balas”, dijo David. “Lloré y les supliqué que salvaran a mi familia, pero me dijeron que tuviera paciencia”.
En Yelwata hay puestos avanzados policiales y militares. La capital del estado, Makurdi, está a menos de una hora en coche. Sin embargo, los atacantes masacraron a los habitantes del pueblo durante más de cuatro horas, dijeron los residentes, y se marcharon antes de que llegaran refuerzos.
David encontró a su mujer, Judith, de 27 años, sin vida, acribillada a balazos. Sus dos hijos mayores, Samson, de 7 años, y Michael, de 6, habían sido asesinados a machetazos, dijo. Los restos carbonizados de su hijo menor, Kingsley, de 18 meses, se encontraron entre las cenizas de la tienda.
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Yelwata, que se encuentra en la región nigeriana del Cinturón Medio, se convirtió en un punto de referencia para quienes buscan que Trump intervenga en Nigeria en favor de los cristianos del país.
“La impunidad está integrada en el sistema político de Nigeria”, dijo James Barnett, investigador del Instituto Hudson especializado en seguridad y política africanas.
Nnamdi Obasi, asesor principal del Grupo Internacional de Crisis, señaló “la falta de voluntad política, la falta de urgencia por poner fin a estas cuestiones”.
Ningún alto mando de Nigeria ha rendido cuentas por los ataques de Woro o Yelwata.
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