En la costa de Venezuela, la vida se reduce a la supervivencia y el duelo
La Guaira, que alguna vez fue un animado refugio costero, y el estado más afectado por el desastre, está completamente desfigurada
LA GUAIRA- Había una valla publicitaria en la carretera costera a lo largo de la costa norte de Venezuela con una foto gigantesca de un sonriente Nicolás Maduro, el exdirigente del país, y las palabras “una tierra que fluye leche y miel”, una frase bíblica que describe una tierra bendita.
Pero detrás del letrero no estaba Maduro, ni había leche, ni miel. Solo montañas de escombros, bolsas para cadáveres y campamentos improvisados para miles de venezolanos que quedaron sin hogar tras los devastadores terremotos consecutivos de junio.
La Guaira, que alguna vez fue un animado refugio costero, y el estado más afectado por el desastre, está completamente desfigurada. Las altas torres residenciales con vista al Caribe son ahora montones polvorientos de escombros retorcidos. Con unas 24.000 personas sin hogar y cientos de edificios dañados o destruidos, según el gobierno, la franja costera se ha convertido en un inmenso campamento humanitario, donde muchos viven en tiendas de campaña junto a los escombros.
La presencia ineludible del mar y su brisa salada de verano contrastaba con la presencia casi constante de la muerte: en los cuerpos que aún emergían de los escombros, en las bolsas para cadáveres sobre camionetas, en las urnas con cenizas que se transportaban desde la morgue hacia autos, hogares, refugios o altares de iglesias.
Los espacios diseñados para el ocio, los negocios o el comercio ahora solo cumplen dos funciones esenciales: la supervivencia o el entierro.
El McDonald’s, una parada popular para residentes y turistas de camino a la playa, funciona como un hospital de campaña. El puerto se ha convertido en una morgue abarrotada. El campo de golf y un centro de surf son campamentos de personas sin hogar.
Los campamentos enlodados e infestados de moscas en La Guaira plantean preguntas urgentes sobre dónde vivirá finalmente el gran número de desplazados y cómo podría ser el futuro de la región, que alguna vez fue una de las principales puertas de entrada a Venezuela.
Los desafíos se agravan porque es la segunda vez en menos de tres décadas que la zona se enfrenta a una tarea colosal de reconstrucción tras un desastre natural.
Después de que deslaves causaran la muerte de al menos 15 mil personas a lo largo de la costa en 1999, y de que inundaciones obligaran a miles de personas a abandonar sus hogares en 2010, el gobierno construyó un conjunto de edificios de apartamentos de gran altura con el objetivo de cumplir la promesa del presidente socialista de Venezuela, Hugo Chávez, de proporcionar viviendas dignas a las personas pobres.
Este año, muchos de esos edificios se derrumbaron, y atraparon y mataron a un gran número de residentes. Algunos críticos han señalado que los constructores no tomaron en cuenta el suelo suelto que los hacía vulnerables ante los terremotos. (El recuento oficial de muertos asciende a más de 5,500, pero es muy probable que esa cifra sea inferior a la real).
“No sé qué pasará con nosotros”, dijo Iraida Rivas, directora de una guardería, mientras se encontraba en la entrada de su escuela. Tres pequeños que asistían a la guardería murieron en los terremotos. “Hemos pasado por demasiado”.
Por ahora, la región se encuentra atrapada en un doloroso limbo entre la tragedia y el futuro.
En medio de los escombros, donde las manos de los fallecidos aún eran visibles bajo el peso aplastante de enormes columnas semanas después de los terremotos, había personas durmiendo, comiendo y esperando.
UN PUEBLO COSTERO CONVERTIDO EN UN LUGAR SOMBRÍO
La cancha de baloncesto de la escuela Juan José Mendoza, que contaba con más de 1,400 alumnos, se convirtió en un campamento para voluntarios extranjeros que apoyaban los esfuerzos de rescate y recuperación de cuerpos. Las paredes de la cancha aún mostraban las inscripciones de los alumnos, iniciales rodeadas de corazones, declaraciones de amor, cerca de los colchones donde dormían los voluntarios.
Los terremotos cobraron la vida de 110 alumnos y dejaron a otros 50 desaparecidos, dijo la directora de la escuela, Diana Ferrer.
En la escuela secundaria República de Panamá, las literas reemplazaron a los pupitres para alojar a cientos de refugiados. Dentro del salón de clases “Hugo Chávez” dormían personas heridas en el derrumbe de viviendas públicas construidas por Chávez y que llevaban su nombre. Las personas amputadas yacían junto a coloridas pancartas escolares que representaban el sistema muscular, mientras que los adolescentes se sentaban debajo de una pizarra con el título “Mi proyecto futuro”.
No estaba claro qué futuro les esperaba en La Guaira. Taxistas, pintores comerciales, peluqueros, constructores, vendedores de playa y muchos otros perdieron sus empleos.
Una mañana reciente, un trabajador portuario, ahora desempleado, esperaba en la fila de un comedor social cerca de un depósito de cadáveres improvisado. Había comprado boletos de autobús para irse a Colombia con su esposa.
“Aquí no hay nada”, dijo su esposa, Zenaida Pacheco Mata, de 64 años.
En los alrededores de La Guaira, letreros alegres que dicen “Playa los cocos” y “Bahía de los Niños” ahora se yuxtaponen con los nombres de personas desaparecidas, pintados con aerosol en las paredes de las casas donde se cree que están sepultadas. Fotos de los desaparecidos cuelgan de los troncos de las palmeras y de los postes de luz.
Cubiertos por una pálida capa de polvo en medio de los escombros de condominios de lujo, azulejos rotos con motivos de peces parecían haber sido abandonados hace mucho tiempo.
Sombrillas de playa coloridas y rasgadas se alzaban en la costa desierta. Los pocos clubes de playa que aún permanecían abiertos distribuían medicamentos y suministros, o albergaban a sobrevivientes. Algunas familias vivían en Los Caracas, un centro turístico y popular destino de surf ubicado entre el Caribe y las montañas tropicales. Entre patios dignos de una postal, los huéspedes hablaban de niños huérfanos y funerales.
Y a diferencia de la clientela habitual del complejo, “no tenemos a dónde regresar”, dijo Raid Lara, de 40 años, uno de los refugiados.
Incluso para aquellos cuyas casas aún seguían en pie, su vida cotidiana había resultado completamente destrozada.
La pequeña cabaña costera de Celia Figueira resultó relativamente ilesa, pero la parte de la casa de su hija, situada justo al lado, se había derrumbado directamente sobre una piscina. Ahora yacía allí, inclinada sobre el agua como un barco que se hunde.
Aun así, Figueira, de 66 años, quería irse de La Guaira, y no solo porque su jardín ahora se veía como una pintura surrealista.
Señaló un espacio vacío en el exterior y dijo que antes había dos edificios donde vivían sus amigos. Ahora ya no los veía y sus amigos estaban ahí abajo, comentó.
LOS EXTENSOS CAMPAMENTOS
Detras de su ventana, las tiendas de campaña y los refugios improvisados con bolsas de basura, toallas y mantas llenaban cada rincón de La Guaira.
Las autoridades venezolanas, los gobiernos extranjeros y las organizaciones no gubernamentales han establecido múltiples campamentos y refugios en toda la región y en la capital: en parques, plazas, escuelas, canchas de baloncesto, estadios de béisbol y estacionamientos.
Pero muchas personas prefirieron armar sus tiendas junto a los escombros, donde aún seguían excavando en busca de los cuerpos de sus seres queridos.
Dayana Delgado, cuyo hijo de 8 años, Braine, quedó sepultado bajo los escombros en una cancha de baloncesto, dijo que no se iría hasta recuperarlo. Se negaba a la idea de que construyeran departamentos y que la gente viviera encima del cuerpo de su hijo.
Zoe Santander, de 38 años, cuyo hijo de 9 años, Xavier, quedó debajo de la torre derrumbada donde vivían, también permanecía cerca de las ruinas. “Irme significaría abandonarlo”, dijo. La tienda de campaña donde se refugiaba no es impermeable y su novio, Carlos López, de 33 años, dijo que tenía una tos fuerte por la constante lluvia torrencial.
“Vivir así no es vida”, dijo, entre toses. “Tenemos que decidir qué vamos a hacer ahora”.
Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, y cuya hermana Delcy es la presidenta interina del país, dijo que el gobierno había identificado posibles terrenos en La Guaira para construir nuevas viviendas.
“Estamos seguros de que La Guaira renacerá”, dijo José Alejandro Terán, gobernador de la región.
El gobierno de Donald Trump, que controla de hecho las finanzas, el gobierno y los recursos naturales del país, ha dicho que ha estado colaborando con las autoridades venezolanas y el sector privado para ofrecer más opciones de vivienda, y que trabaja en la preparación de áreas para su demolición y reconstrucción.
Más allá de las dudas sobre si se puede confiar en las promesas de su gobierno, muchas personas en esta región devastada por el terremoto están traumatizadas.
“La Guaira me da miedo”, dijo Santander. “No quiero vivir aquí”.
Muchos residentes están aterrorizados ante la idea de volver a vivir en un edificio de gran altura. Pasan sus días recorriendo la vasta geometría de estos edificios y mapean cada centímetro cuadrado de los pisos aplastados para encontrar a sus familiares.
Dionisia Rangell, de 70 años, quien perdió a una hija y a una nieta y se fracturó un brazo cuando se derrumbaron los proyectos de vivienda Hugo Chávez, dijo que no pensaba volver a una torre alta. Según ella, esta tierra ha quedado herida.
Más de un mes después del terremoto, las grúas han retirado por completo los escombros de algunos de los edificios. La valla publicitaria de Maduro que antes se encontraba en la carretera de La Guaira fue derribada. La reemplazaron por un nuevo letrero que anuncia la campaña del gobierno para la reconstrucción, bajo el lema “Renace Venezuela”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Emma Bubola y Fabiola Ferrero, The New York Times.