EU busca un acuerdo rápido, pero Irán se resiste

EU busca un acuerdo rápido, pero Irán se resiste

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El presidente Donald Trump se considera a sí mismo un maestro de la diplomacia coercitiva, que obliga a sus oponentes a capitular rápidamente ante las exigencias estadounidenses o a enfrentar la amenaza de un ataque

Internacional
/ 21 abril 2026
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Por: David E. Sanger

Pero al tratar con Irán durante las últimas seis semanas, Trump ha descubierto que se enfrenta a una nación que se enorgullece de su resistencia y su capacidad de hacer que las negociaciones tomen tiempo. Y nunca ha quedado tan claro como en días recientes, cuando Trump intentó presionar a Irán sosteniendo que ya se había rendido —que “aceptaron todo”, afirmó el viernes, incluso entregar su “polvo nuclear”—, solo para describir que esa labia no surte efecto con los funcionarios iraníes, que recurrieron a las redes sociales para decir que todo era una invención del presidente estadounidense.

Así que en los próximos días, suponiendo que el vicepresidente JD Vance viaje a Islamabad el martes para intentar por segunda vez alcanzar un “marco” para un acuerdo, los dos enfoques están a punto de entrar en colisión directa. Si no estuviera tanto en juego —la perspectiva de nuevos combates en Medio Oriente, la escasez mundial de energía y la posibilidad muy real de que los dirigentes iraníes supervivientes salgan convencidos de que necesitan un arma nuclear más que nunca—, sería un caso de estudio clásico sobre estilos de negociación.

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“Trump es impulsivo y temperamental; los dirigentes iraníes son testarudos y tenaces”, dijo Robert Malley, quien negoció con los iraníes en el periodo previo al acuerdo nuclear de 2015 y de nuevo en un esfuerzo fallido del gobierno de Biden.

“Trump exige resultados inmediatos; los dirigentes iraníes apuestan por una estrategia a largo plazo”, continuó Malley. “Trump insiste en un resultado llamativo, que acapare titulares; los dirigentes de Irán se esfuerzan por cada detalle. Trump cree que la fuerza bruta puede obligar a la obediencia; los dirigentes iraníes están dispuestos a soportar un enorme sufrimiento antes que ceder en intereses fundamentales”.

Hay una razón por la que la última gran negociación, concluida hace 11 años, se llevó la mayor parte de dos años, y pasaba de conversaciones secretas con quien entonces era el nuevo presidente iraní de tendencia pragmática a una negociación a gran escala que implicó decenas de reuniones.

El acuerdo final constaba de más de 160 páginas, incluidos cinco anexos técnicos que definían los límites de las actividades nucleares de Irán, el ritmo del alivio de las sanciones y, lo que es más importante, las obligaciones de Irán de cumplir las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cada página, y la mayoría de las disposiciones, desencadenaron una discusión; justo cuando se resolvían viejas cuestiones y parecía haber algún tipo de acuerdo, los negociadores iraníes llegaban con nuevas exigencias.

Los iraníes tienen sus propias quejas sobre los estadounidenses. El acuerdo que en 2015 finalmente se alcanzó —no se firmó, porque no era un tratado formal— fue anulado por Trump en 2018. Desde entonces, los iraníes han señalado que no tiene sentido negociar con un presidente si el siguiente va a desechar el acuerdo resultante.

Más recientemente, funcionarios iraníes han señalado que dos veces consecutivas, en junio de 2025 y de nuevo este febrero, Trump ha ordenado ataques contra Irán en medio de negociaciones diplomáticas. Los iraníes tacharon esto de perfidia, prueba de que Trump no es un interlocutor fiable.

Y la desconfianza desembocó en fuego cruzado durante el fin de semana, cerca del estrecho de Ormuz. Barcos iraníes abrieron fuego contra dos cargueros que, según dijeron, se estaban saltando el estricto control del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica sobre quién puede, y quién no, navegar por el Estrecho. El domingo, la Marina estadounidense disparó contra la sala de máquinas de un enorme buque portacontenedores con bandera iraní, que la Marina ahora ha incautado. Trump señaló que el barco había sido sancionado por el Departamento del Tesoro en 2020, al final de su primer mandato, por un “historial previo de actividad ilegal”.

“¡Tenemos la custodia total del barco y estamos viendo lo que hay a bordo!”, escribió Trump en las redes sociales.

Una forma de interpretar estos movimientos es que son esfuerzos por dar forma a las sesiones de negociación, igual que los generales intentan dar forma al campo de batalla. Los iraníes están demostrando que, pase lo que pase o renuncien a lo que renuncien, podrán controlar el comercio a lo largo del estrecho y cobrar millones de dólares por el paso. El gobierno de Trump está demostrando que está dispuesto a reabrir las hostilidades si fracasan las negociaciones.

Trump reforzó ese punto el domingo, cuando escribió que un buen acuerdo está sobre la mesa.

“Espero que lo acepten porque, si no lo hacen, Estados Unidos va a derribar todas y cada una de las centrales eléctricas y todos y cada uno de los puentes de Irán. BASTA DE SER UN BUEN TIPO”.

Fue el ejemplo más reciente de cómo Trump ha pasado de elogiar a los nuevos dirigentes de Irán, que sustituyeron a los que murieron en los ataques que comenzaron el 28 de febrero y a quienes calificó de “más razonables” que sus predecesores, a advertirles que se avecinan más actos de violencia si no se sale con la suya.

Pero aunque este es un elemento nuevo en las conversaciones, no lo es la división cultural en la forma de negociar.

Esa división era evidente hace 11 años, en los salones dorados del hotel Beau-Rivage Palace, de 160 años de antigüedad, en Lausana, Suiza, donde el secretario de Estado John Kerry y sus homólogos de otros cinco países se esforzaron por cerrar un acuerdo preliminar con Irán. Era, quizás, el análogo más cercano a lo que se está desarrollando ahora en Islamabad.

Cada día la delegación estadounidense hablaba sobre cuántas centrifugadoras había que desmontar y cuánto uranio había que enviar fuera del país. Sin embargo, cuando los funcionarios iraníes —incluido Abbas Araghchi, actual ministro de Asuntos Exteriores— salían de las elegantes salas con lámparas de araña para informar a los periodistas, la mayoría de las preguntas sobre esos detalles eran desechadas. Los iraníes hablaron de preservar el respeto de sus derechos y la soberanía de Irán.

“Recuerdo que finalmente conseguimos que los parámetros se acordaran en el hotel”, dijo el lunes Wendy Sherman, la principal negociadora estadounidense en aquel momento. “Y unos días después, el líder supremo salió y dijo: ‘En realidad, se requerían unos términos muy diferentes’”.

Sherman, quien llegó a ser vicesecretaria de Estado en el gobierno de Biden, acudía a estas negociaciones con un gran pelotón. A menudo tenía al principal experto en Irán de la CIA en la sala, o cerca de ella. También estaba el secretario de Energía, Ernest Moniz, experto en diseño de armas nucleares. Las propuestas planteadas por los iraníes se enviaban a los laboratorios nacionales estadounidenses, donde se diseñan y prueban las armas, para que los expertos analizaran si los acuerdos que se estaban discutiendo mantendrían a Irán al menos a un año de distancia de una bomba.

Pero el equipo negociador de Trump viaja ligero, sin séquito de expertos y con pocos informes. Jared Kushner y Steve Witkoff, el yerno del presidente y el enviado especial, aprendieron sus habilidades negociadoras en el sector inmobiliario de Nueva York y afirman que un acuerdo es un acuerdo. Dicen que se han sumergido en los detalles del programa iraní y lo conocen bien.

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Por otra parte, incluso si las cuestiones que tienen delante son muy similares a las que enfrentaron los negociadores del gobierno de Obama, Kushner y Witkoff consideran que tiene poco sentido dedicar horas a desmenuzar los antecedentes diplomáticos, especialmente teniendo en cuenta lo que Trump ha dicho del acuerdo que surgió de esas negociaciones.

Pero Trump es claramente sensible ante las comparaciones que se avecinan. “El ACUERDO que estamos haciendo con Irán será MUCHO MEJOR que el JCPOA”, dijo, usando las siglas en inglés del Plan de Acción Integral Conjunto, el nombre formal del pacto de 2015. “Era un camino garantizado hacia un arma nuclear, algo que no ocurrirá, ni puede ocurrir, con el acuerdo en el que estamos trabajando”.

Y con eso, Trump fijó el criterio con el que será evaluada su propia negociación, si tiene éxito.

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