Intriga, juegos de poder y rivalidades: el ascenso de Mojtaba Jameneí
Pese a ser el hijo del líder previo, la llegada de Jameneí al poder estuvo plagada de luchas intestinas que enfrentaron a lo más conservador del sistema político iraní contra voces más moderadas
Por: Farnaz Fassihi
El ascenso de Mojtaba Jameneí como nuevo líder supremo de Irán pudo haber parecido sencillo, incluso predestinado. De hecho, no fue ni lo uno ni lo otro.
Su victoria solo se produjo tras una gran guerra de sucesión. El proceso de alto riesgo se convirtió en una versión islámica de Juego de tronos: un trono vacío, un consejo de clérigos y dos dinastías –Jameneí y Jomeiní– compitiendo. Las figuras políticas rivalizaron, los mandos militares defendieron sus dominios y un antiguo maestro del espionaje, conocido por tramar asesinatos, intervino.
Incluso en los mejores tiempos, la tarea de encontrar al tercer líder supremo de Irán –el hombre que no solo representaría a Dios en la tierra, sino que ejercería autoridad sobre la política y las fuerzas armadas– habría sido todo un reto. Al fin y al cabo, el ayatolá Alí Jameneí había gobernado desde 1989, durante décadas de agitación en el país.
Pero durante una guerra con Estados Unidos e Israel, mientras caían bombas del cielo y las explosiones sacudían la tierra, la selección de un sucesor con un nombramiento vitalicio se convirtió en toda una prueba sobre si la teocracia podría sobrevivir.
Este recuento de las deliberaciones internas, los juegos de poder y las rivalidades que empujaron al solitario hijo del ayatolá, de 56 años, al papel de líder, se basa en entrevistas con cinco altos funcionarios iraníes, dos clérigos, dos iraníes afiliados a la oficina del líder supremo y tres miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica con conocimiento del proceso de selección. Todos ellos pidieron el anonimato porque no estaban autorizados a hablar públicamente sobre las deliberaciones internas del gobierno.
Según todos los indicios, lo más probable es que Jameneí no habría ascendido si su padre hubiera fallecido por muerte natural. El ayatolá Jameneí había dado a sus asesores cercanos tres nombres como posibles sucesores. Su hijo no estaba entre ellos.
REUNIONES SECRETAS
El 3 de marzo, la Asamblea de Expertos, 88 clérigos de alto rango encargados constitucionalmente de nombrar a un líder supremo, celebró una reunión prácticamente secreta para iniciar un proceso que terminaría cuando uno de los candidatos lograra una mayoría de dos tercios. Ese mismo día, Israel había bombardeado la sede de la asamblea en la ciudad de Qom, donde vivían muchos de los clérigos y enseñaban en seminarios chiíes, matando a parte de su personal administrativo.
Desde la muerte del ayatolá Jameneí, el 28 de febrero, en los ataques aéreos del primer día de la guerra, las facciones políticas rivales y los generales de la Guardia Revolucionaria habían estado maquinando para elevar a sus candidatos y asegurar sus propias bases de poder, según dijeron en entrevistas altos funcionarios, clérigos y miembros de la Guardia.
Los partidarios de línea dura prefirieron el desafío frente a las peticiones internas y externas de cambio de régimen. Querían continuidad y que se redoblaran las políticas interior y exterior del ayatolá. La facción moderada abogaba por un nuevo rostro, un nuevo estilo de gobierno y el fin de las hostilidades con Estados Unidos.
Jameneí contaba con el apoyo de aliados poderosos: la Guardia Revolucionaria y su recién nombrado comandante en jefe, el general Ahmad Vahidi; el general Mohammad Ali Aziz Jaffari, estratega de la Guardia en la guerra actual; y el general Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y excomandante de la Guardia. Hossein Taeb, exjefe de la unidad de inteligencia de la Guardia y cerebro detrás de los planes de asesinato transfronterizos, también estaba en su bando.
La oposición a Jameneí surgió de rincones inesperados. Alí Larijani, quien fue el jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Irán y era el gobernante de facto del país hasta que Israel anunció que lo había matado, había dicho a algunos miembros de la Asamblea de Expertos que creía que el país necesitaba un líder moderado y unificador, y que Alí Jameneí sería una figura polarizadora. El presidente Masoud Pezeshkian, un moderado, y varios altos funcionarios y clérigos también se unieron a los detractores, según los altos funcionarios, clérigos y miembros de la Guardia.
El bando moderado estaba impulsando a dos posibles candidatos: un expresidente, Hassan Rouhani, algo marginado pero centrista, quien había presidido las negociaciones que condujeron al acuerdo nuclear de 2015 con Estados Unidos; y Hassan Jomeiní, nieto del padre fundador de la teocracia, el ayatolá Ruhollah Jomeiní. Hassan Jomeiní está alineado con los partidos políticos reformistas. Los moderados también propusieron a Alireza Aarafi, erudito y jurista, como opción de compromiso: un candidato con sólidas credenciales religiosas pero sin influencia en los círculos políticos o militares, lo que lo hacía fácil de manejar.
Mientras la asamblea debatía y discutía sobre los principales candidatos, los funcionarios dijeron que la rabia contra el presidente Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, alimentó una determinación de mantenerse desafiantes, lo que socavó los esfuerzos de los moderados. A medida que evolucionaba el debate, los miembros de la asamblea parecían menos interesados en un líder que rescatara al país de su actual estado de crisis aguda que en una reencarnación de su líder “martirizado” para vengar su muerte, dijeron altos funcionarios.
“Estudiamos siete criterios para elegir a un candidato”, dijo el ayatolá Mahmud Rajabi, miembro de la junta directiva de la asamblea, en una entrevista con la televisión estatal. “Algunos tenían una visión social y política muy fuerte, otro tenía más credenciales religiosas, otro tenía una gestión fuerte, otro en sabiduría”. Dijo que la asamblea intentó reunirse cinco o seis veces en persona, pero las sesiones se cancelaron por motivos de seguridad.
En una primera ronda de votaciones, celebrada el 3 de marzo, Mojtaba Jameneí obtuvo la mayoría necesaria de dos tercios, lo que indicaba que los generales de la Guardia Revolucionaria se habían impuesto. La Asamblea de Expertos notificó a los funcionarios del gobierno, quienes, a su vez, alertaron a los medios de comunicación estatales para que se prepararan para anunciar la sucesión de Jameneí con la llamada a la oración al amanecer del 4 de marzo.
Pero eso no fue más que el principio.
JUEGOS DE PODER
Larijani, cuya muerte fue anunciada esta semana, suspendió el anuncio de la ascensión de Jameneí, alegando que sería un riesgo para su vida, ya que Trump y el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, habían amenazado con eliminar a cualquier sucesor. Sugirió esperar hasta que terminara la guerra.
El 6 de marzo, Israel cumplió la amenaza, lanzando bombas destructoras de búnkeres sobre el complejo del líder supremo en el centro de Teherán, reduciéndolo a un montón de escombros. Pero Jameneí no estaba allí.
La suspensión del anuncio brindó al bando moderado la oportunidad de organizar un último esfuerzo para presionar a la Asamblea de Expertos a fin de que reconsiderara su decisión. Pero forzar una nueva elección requería razones sólidas.
Larijani, quien fue confidente cercano del anciano ayatolá Jameneí, había argumentado que la votación virtual a favor de Jameneí no era válida porque la constitución exige que los miembros de la asamblea voten en persona. Entonces se informó a la asamblea que Jameneí, quien se estaba recuperando de las heridas sufridas en los ataques aéreos del primer día de la guerra, ni siquiera quería el cargo. Por razones de seguridad, era imposible comunicarse directamente con Jameneí.
Pero otros dijeron que su rechazo al cargo era solo una formalidad.
“Cuando le dijeron a Mojtaba que había sido elegido, dijo: ‘No quiero aceptarlo, elijan a otro’”, dijo Abdolreza Davari, un político cercano a Jameneí, en una entrevista telefónica desde Teherán. “Es una costumbre chiíta de rechazo cortés entre clérigos decir ‘no busco el poder’, pero luego acaban aceptando”.
Los miembros del bando moderado dijeron entonces a la asamblea que habían descubierto una nueva e importante directiva del ayatolá Jameneí y solicitaron una reunión en persona con la junta directiva de la asamblea, dijeron los altos funcionarios y clérigos.
En la reunión, dos de los ayudantes más cercanos del ayatolá Jameneí, uno de ellos un alto asesor militar y el otro, Asghar Hejazi, su jefe de gabinete, declararon que Jameneí les había dicho que no quería que su hijo ni ningún miembro de su familia lo sucediera.
Dijeron que había prohibido la sucesión hereditaria porque violaría la esencia de la revolución islámica de 1979 que derrocó el régimen monárquico. Luego presentaron un testamento escrito con el mismo mensaje general e instaron a la asamblea a anular su voto inicial.
El esfuerzo de última hora por anular la decisión de la asamblea dejó atónitos a los clérigos presentes en la reunión, según los funcionarios y clérigos. Pidieron tiempo para consultar con el conjunto de los miembros. También alarmó a los generales de la Guardia que impulsaban a Jameneí, quienes entonces pusieron en marcha una contraofensiva.
En un discurso publicado en video, el ayatolá Alí Moalemi, uno de los miembros de la asamblea, denunció los esfuerzos de los moderados como similares a un “golpe de estado”.
“Hubo intentos de hacer cambiar de opinión a los miembros de la asamblea y arrastrarnos en otra dirección”, dijo el ayatolá Moalemi. “Había manos ajenas a la asamblea con la intención de infiltrarse e influir en nosotros”.
LOS GENERALES
El 7 de marzo, el presidente Pezeshkian anunció que Irán dejaría de atacar a las naciones árabes del golfo Pérsico y pidió disculpas. Dijo que la decisión de desescalar con los vecinos árabes procedía del consejo de transición de tres personas, del que él era miembro, que sustituía al líder supremo hasta que se eligiera uno nuevo.
Los generales de la Guardia Revolucionaria que dirigían la guerra y respaldaban a Jameneí estaban indignados, según los funcionarios iraníes y los tres miembros de la Guardia. El general Vahidi, comandante en jefe de la Guardia, y el general Aziz Jaffari presionaron a la Asamblea de Expertos para que se reuniera inmediatamente para celebrar una votación final y anunciar a Jameneí como nuevo líder.
Taeb, exjefe de espionaje de los guardias, llamó a los 88 miembros de la Asamblea y les instó a votar por Jameneí. Dijo que votar por el hijo del ayatolá era un deber moral, religioso e ideológico, según los funcionarios iraníes y los dos clérigos.
La Asamblea volvió a reunirse el 8 de marzo, también virtualmente, y debatió las cuestiones planteadas por los moderados. Algunos dijeron que debían cumplir los deseos del ayatolá Jameneí y dejar de lado a su hijo. Otros argumentaron que la constitución no les obligaba a tomar decisiones basadas en la voluntad de un predecesor, y que tenían autoridad para decidir de forma independiente. Todos estuvieron de acuerdo en que los protocolos de guerra permitían que una votación virtual contara como legítima.
Cada clérigo escribió un nombre en un papel, lo dobló en un sobre y lo selló con cera. A continuación, unos mensajeros llevaron a mano las papeletas a un comité encargado de contar y validar los votos.
Jameneí recibió 59 de los 88 votos, una clara mayoría de dos tercios, pero aún lejos de la unanimidad. Poco antes de medianoche, los medios de comunicación estatales anunciaron que Irán tenía un nuevo líder supremo. Las declaraciones de felicitación y las promesas de lealtad a Mojtaba Jameneí fluyeron, incluso por parte de quienes habían intentado descarrilar su ascenso.
Y, al menos públicamente, la clase dirigente de Irán cerró filas en torno al nuevo líder supremo, a quien aún no se ha visto en público.
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