El anticlericalismo en la Revolución mexicana

Nacional
/ 18 noviembre 2010

    Fue la continuación del liberalismo radical y anticlerical que se expresó durante la guerra de Reforma, en el siglo XIX

    México, D.F. .- La historia de México es, en varios sentidos, muy distinta de la del resto de los países que formaron parte del Imperio español en América debido a, entre otras cosas, la virulencia de las luchas sociales y el encono de los enfrentamientos entre sus distintos actores.

    Nuestra guerra de Independencia, por ejemplo, fue mucho más brutal, sangrienta y prolongada que los demás procesos independentistas americanos; se trató de una verdadera revolución social con una violencia de masas no equiparable a la de las guerras que tuvieron lugar en los otros países.

    Nuestra guerra de Reforma, con la cual se buscaba establecer el dominio del Estado laico sobre la Iglesia católica, enfrentó drásticamente, como en ninguna otra parte del continente, a conservadores y liberales.

    Y por lo que se refiere a nuestra Revolución, se puede decir que hasta la fecha es única en América Latina; ninguna otra se le ha acercado en cuanto a magnitud e intensidad.

    "La que más se le parece es la Revolución cubana, pero ésta se dio en un país mucho más pequeño y fue infinitamente más acotada, menos sangrienta, sin la violencia de masas, sin el desgarramiento social de la mexicana", dice el doctor Felipe Arturo Avila Espinosa, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

    Cabe indicar que tanto en la Reforma como en la Revolución, los dos últimos cataclismos sociales que ha vivido nuestro país, el anticlericalismo ha jugado un papel fundamental.

    Raíz ideológica

    Para conocer mejor el fenómeno del anticlericalismo en la Revolución mexicana es necesario remontarse hasta las luchas entre conservadores y liberales en el siglo XIX, en las que se encuentra su raíz ideológica.

    El anticlericalismo en la Revolución mexicana fue la continuación del liberalismo anticlerical que se expresó durante la guerra de Reforma y que tuvo como una de sus manifestaciones más extremas la aplicación de la llamada Ley Lerdo o Ley de desamortización de las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y religiosas de México, expedida el 25 de junio de 1856 por el presidente Ignacio Comonfort.

    "El liberalismo más radical del siglo XIX veía a la Iglesia católica como un obstáculo para establecer su proyecto de nación, pues aquélla era la principal propietaria de los bienes del país, la institución con mayor influencia en la conciencia de la mayoría del pueblo mexicano y un poderosísimo instrumento de control político e ideológico", asegura el investigador universitario.

    Así, la Iglesia católica se convirtió en un enemigo natural del Estado mexicano; y cuando estalló la Revolución, su jerarquía se sintió amenazada y decidió organizarse y defenderse.

    En un hecho sin precedentes en la historia del país, apenas triunfó Madero, la jerarquía católica fundó el Partido Católico Nacional porque tenía miedo de que el político coahuilense mostrara también las tendencias anticlericales de los gobiernos anteriores a la dictadura de Porfirio Díaz.

    "Fue una medida de prevención y defensa de la Iglesia católica para enfrentar decididamente a Madero", apunta Avila Espinosa.

    Apoyo a Huerta

    El Partido Católico Nacional, fundado el 3 de mayo de 1911, llegó a tener una fuerza considerable durante la primera etapa de la Revolución mexicana. Pronto se convirtió en uno de los principales factores de desestabilización del incipiente gobierno de Madero. "No estaba de acuerdo con la Revolución ni con el proyecto maderista, a los que veía como dos grandes amenazas para sus intereses.

    Incluso, de manera muy abierta, un sector de la alta jerarquía católica apoyó y formó parte del complot encabezado por Victoriano Huerta para derrocar a Madero, y posteriormente colaboró con el gobierno del dictador. Su posición se ubicaba claramente del otro lado de la Revolución", señala Avila Espinosa.

    Y a pesar del derrumbe del gobierno de Huerta en junio de 1914, una fracción de la Iglesia católica mantuvo, en ciertas regiones del país, su oposición al movimiento revolucionario, de tal modo que, conforme avanzó éste, las relaciones entre el clero y, sobre todo, algunos líderes constitucionalistas, como Plutarco Elías Calles, Antonio I. Villareal, Francisco Murguía y Salvador Alvarado, se deterioraron y derivaron en diversos enfrentamientos.

    "En consecuencia, las manifestaciones anticlericales más extremas se dieron precisamente entre las filas constitucionalistas comandadas por dichos líderes", añade el investigador.

    A medida que el bando constitucionalista se consolidó como el grupo revolucionario más importante en el país, el deseo de castigar al clero por su posición antirrevolucionaria aumentó.

    "Los constitucionalistas consideraban que la Revolución, que estaba a punto de triunfar, debía ajustarle las cuentas al clero y castigarlo por toda su labor contrarrevolucionaria. Además, el nuevo Estado mexicano no podía permitir que la Iglesia católica regresara a los tiempos anteriores a la Reforma", comenta Avila Espinoza.

    Guerra Cristera

    El asesinato de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo, Puebla, el 21 de mayo de 1920, no mitigó ni un ápice el conflicto entre el Estado mexicano y la Iglesia católica.

    Años después, los jacobinos más radicales y los creyentes más fanáticos construyeron el escenario propicio para que estallara un movimiento armado de carácter a un tiempo religioso y anticlerical: la guerra Cristera o Cristiada (1926-1929).

    "Las raíces de la Cristiada están en la Revolución mexicana, cuando un sector de los intelectuales jacobinos más radicales volvió a tener un enfrentamiento con un sector de los católicos más conservadores."

    Según el investigador universitario, desde el siglo XIX, durante la guerra de Reforma, pasando por la Revolución, hasta la década de los años 30 del siglo pasado hubo en nuestro país manifestaciones anticlericales sumamente radicales enfrentadas con asociaciones católicas profundamente conservadoras, uno de cuyos ejes era el culto a la Virgen de Guadalupe.

    "Creo que el anticlericalismo mexicano en esas épocas no tiene equivalentes en ningún país latinoamericano, ni tampoco en España. Por ejemplo, el anticlericalismo de la Revolución y de la Cristiada fue mucho más extremo, radical y fanático que otros anticlericalismos surgidos en otros lugares del mundo. Sin embargo, esto no significa que la sociedad mexicana sea anticlerical, ni mucho menos. En realidad, hoy sólo un sector de ella se identifica con el anticlericalismo y lo ejerce. Afortunadamente, la tolerancia y el respeto a las distintas creencias han ido ganando espacios, aunque lo que sí sigue siendo un principio irreversible es la separación entre la Iglesia católica y el Estado", finaliza Avila Espinoza

    Un fenómeno verdaderamente longevo

    Aun desde antes de la Independencia, cierta continuidad anticlerical atraviesa la historia de México, lo que convierte el anticlericalismo en un fenómeno longevo en el país.

    "Los fenómenos sociales están conformados por tal cantidad de elementos que es prácticamente imposible detectar el elemento progenitor de cada uno de ellos", dice Arturo Avila Espinosa.

    Procesos históricos: ni buenos ni malos

    De acuerdo con la opinión del investigador universitario, los procesos históricos no se pueden calificar: no son ni buenos ni malos."Yo no puedo calificar el anticlericalismo como positivo ni como negativo. Lo que puedo hacer es señalar que se dio y que tuvo tales características, tal connotación, tal amplitud y tales resultados. Tampoco puedo afirmar que la Revolución mexicana fue buena o mala. Lo que puedo hacer es entenderla y explicar por qué sucedió, cómo se desarrolló y cuáles fueron sus efectos. El papel del historiador no es ir más allá, contaminar la historia y erigirse en juez, sino desentrañar, describir, explicar los hechos del pasado", apunta Avila Espinosa.

    Enfrentamientos con el Estado u otras doctrinas

    Después de haber perdido la guerra de Reforma, los sectores conservadores más vinculados a la Iglesia católica regresaron por sus fueros en lo que se conoció como la guerra Cristera o Cristiada, una guerra civil que, como aquella, tuvo momentos extremos de violencia, de sadismo y de crueldad.

    De aquí que doctor Felipe Arturo Avila Espinosa considere que, si bien es cierto que la mayor parte de la sociedad mexicana ha sido -y sigue siendo- profundamente creyente, sólo una porción de ella tiene tan interiorizado el catolicismo que en cuanto ve que surge alguna amenaza contra la libertad de creer en él y de profesarlo es capaz de armarse y de enfrentar con todo al Estado o a otras doctrinas religiosas.

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