De cal y Canto
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Don Alberto del Canto es dueño de la gloria de haber fundado nuestra ciudad. De raíz portuguesa, su familia tuvo solar en la Isla Terceira. Pero sangre de ingleses corría por sus venas: el Canto de su apellido, rodado, llega a algún Kent de la Inglaterra. No cumplía aún don Alberto los 30 años cuando fundó Saltillo. Vivió vida desaforada y muy intensa, según eran los tiempos y los hombres. Se le achacaron grandes crímenes y mancebías, y no sé cuántas cosas se dijeron de no sé cuántas acostadas con la mujer que luego fue su suegra.
Ganó su vida don Alberto arriesgándola en la cacería de "presas", ésto es, haciendo cautivos a los indios para luego venderlos como esclavos en el trabajo de las minas. En ésas andaba cuando cayó en manos de Diego de Montemayor, señor de tierras que ahora son de Nuevo León. Muy disgustado por la invasión de sus dominios, don Diego lo hizo llevar hasta el lugar que hoy es Cerralvo, y ahí lo metió en prisión muy rigurosa. En su busca fueron sus amigos. Rodearon la casa que a don Alberto servía de cárcel, y exigieron a gritos su liberación. Como don Diego respondió sólo con cuchufletas, y después con dicterios altisonantes y de peso, los hombres de don Alberto comenzaron a disparar sus mosquetes sobre las puertas y ventanas de la casa. Pensando seguramente que muerto el perro se acabaría la rabia, Montemayor ordenó a sus soldados que mataran al prisionero, y que después arrojaran su cuerpo desde la azotea para convencer de ese modo a los atacantes de la inutilidad de sus esfuerzos. Pero un prudente viejo que con don Diego estaba pensó con razón que matar a Del Canto traería coléricas venganzas, y más muertes. Se abrazó con el preso, y abrazado lo sacó por la puerta y lo llevó a los suyos.
Así vivían y así andaban, de continuo cercados por la muerte, aquellos recios hombres del ayer. Por 1577 deben haber llegado al Valle del Saltillo. Pusieron primero una plaza en cuyos cuatro costados estarían muchos años después todos los poderes del cielo y de la tierra: la Catedral, el Palacio de Gobierno, el PRI, y un banco. Ahí plantaron una cruz aquellos primeros padres fundadores, de nombres rotundos y sonoros: Cristóbal de Sagastiberri, Sant Rojo, Miguel de Zitúa, Juan de Erbáez, Manuel de Mederos, Agustín de Villasur... Con ellos y con su capitán Del Canto vino Baldo Cortés, primer cura que fuera del Saltillo. Como los otros, él también recibió de don Alberto muy vastas tierras de pan ganar, como decían antes. Seguramente fue don Baldo quien levantó el primer templo, de muros de adobe y techo de palmas y carrizo, para que aquellos rudos soldados labradores dieran gracias a Dios por haber hallado reposo en sus fatigas y le pidieran protección contra los belicosos moradores de aquel valle de Saltillo, donde nosotros vivimos ahora con otros sobresaltos y fatigas.