Palabras altisonantes

Opinión
/ 16 enero 2010

Eso de las preguntas y respuestas después de una conferencia es siempre cosa de peligro. Yo procuro que mis participaciones sean al final de la jornada, de preferencia inmediatamente antes de la comida o de la cena. Así cuando el maestro de ceremonias dice: "¿Alguien quiere preguntar algo?", nadie levanta la mano. Entonces el conductor del acto se ve obligado a decir: "La verdad es que la exposición de... de... (consulta a una tarjetita) del licenciado Aguirre, mejor conocido por Cantón, fue tan clara que no dejó lugar a dudas. Pasemos entonces a la cena (o la comida)".

Al escuchar aquello la gente prorrumpe en una ovación atronadora que yo agradezco haciendo humildes reverencias, como si fuera para mí. En verdad el aplauso es para la comida (o la cena). El riesgo principal en el período de preguntas y respuestas es el del tipo -o tipa- que no quiere preguntar, sino lucirse. Yo conozco a esa especie desde que ese maldito -o maldita- se pone en pie. Con ademán imperativo pide el micrófono a la edecán, y luego que lo recibe pasea la vista a todas partes a fin de asegurarse de que la atención del público se ha centrado ya en él. Entonces procede a perorar extensamente, a pronunciar su propia conferencia.

Cuando me toca un espécimen así, que no quiere preguntar, sino hablar aprovechando un público que de otro modo no tendría, yo espero pacientemente. Cuando termina le pregunto con tono de absoluta inocencia: "Y ¿cuál es la pregunta?". La gente ríe -no es esa mi intención-, y el de la perorata tiene que hacer una pregunta innocua: "¿Qué le ha parecido el clima en nuestra ciudad?".

Lo que en seguida voy a escribir parecerá mentira. Casi todo lo que escribo parece mentira (hay quienes sostienen la temeraria idea de que don Abundio no existe), pero lo cierto es que casi todo lo que escribo es verdad. El otro día di una conferencia en cierta ciudad del noroeste. Al terminar, un joven largirucho y con acné leyó su pregunta:

-Licenciado Aguirre (casi siempre la gente me quita el Fuentes, apellido que por no ser vasco es menos sonoroso): en el palpitar frenético e incesante que nos plantea un mundo globalizado; en el transitar presuroso de sus horas, ¿quién sino cada individuo decidirá el camino a tomar? ¿Con qué rostro esta persona debe afrontar la dura corriente con que unos cuantos empujan y destinan a las masas a su lugar en la sombra de la Historia, tras la cortina de la mediocridad?".

Juro que esa fue la pregunta. Y puedo demostrarlo: le pedí a la edecán el papel donde la pregunta estaba escrita, y lo conservo como prueba. Ahora díganme ustedes si se puede dar respuesta a una pregunta así. La contesté, pues, como pude. ¿Con qué rostro debe afrontar cada individuo esa dura corriente? Respondí que en mi opinión debe afrontarla con su propio rostro, pues en ese momento le será difícil conseguir otro, sobre todo en medio de la dura corriente. Mi respuesta fue muy celebrada por el público, que encontró en ella mucha lógica y un gran sentido de la realidad.

Una vez coincidí con el torero Eloy Cavazos en un programa de televisión. El entrevistador me preguntó cuántas conferencias había dado el año anterior, y respondí que 137. Exclamó Eloy: "¡Qué coincidencia! ¡Exactamente ese número de corridas toreé yo!". "Sí, maestro -comenté-, pero usted cobra más". "Es cierto -replicó él de inmediato-. Pero usted peligra menos".

Quién sabe, maestro. A un torero los toros no le hacen preguntas.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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