Pecado o delito

Opinión
/ 2 abril 2010

Por: Ricardo Trotti

Si este domingo de Pascua, Jesucristo reaparecería físicamente, no me caben dudas de que furioso echaría a los abusadores de menores que se refugian en la Iglesia Católica, así como expulsó a los mercaderes del templo porque lo habían convertido en cueva de pecado y corrupción.

No tendría misericordia. Su repulsión sería mayúscula y no le temblaría la mano ni la voz para condenar a los pederastas y a cualquier otro delincuente que se enmascare detrás de una sotana para manosear a un niño. Tampoco toleraría la negligencia ni la manipulación u omisión de quienes encubrieran esos delitos. Su compasión correspondería a las víctimas.

Y diferenciaría el pecado del delito. Entre la actitud de quienes se infligen daño a sí mismos, como la prostituta a la que nadie se atrevió a tirarle una piedra, con la de aquellos que transgreden la moral y la ley causando mal a los demás. Para los primeros existe la penitencia y el arrepentimiento, para los segundos la cárcel y el destierro.

Para el líder de la Iglesia, el papa Benedicto XVI, tampoco existen dudas sobre los pederastas. Prometió "tolerancia cero" contra ellos, asumiendo con firmeza, desde cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que se deberían erradicar las porquerías del templo. "¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia!", gritó en su sermón de Viernes Santo de 2005.

A pesar de la postura del Pontífice, muchos de sus detractores piden que renuncie. Unos artículos del The New York Times lo acusan de "pecar por omisión", al no haber expulsado al cura Lawrence Murphy, un pederasta en Wisconsin que molestó a 200 niños sordos y al alemán Peter Hullermann, otro cura depredador a quien se le habría permitido continuar en su diócesis cuando era arzobispo de Múnich; aún habiéndolo sabido.

Sus defensores argumentan que no hubo omisiones, tal vez distracciones. Es que como obispo, siempre displicente para las tareas diocesanas administrativas, Joseph Ratzinger estuvo más interesado en perseguir descarriados teológicos que depredadores sexuales. No obstante, no le tembló la mano contra más de 200 casos de curas alcohólicos, adúlteros y pedófilos; ni se amilanó cargando culpas ajenas cuando se reunió con víctimas de pederastia en Australia y Estados Unidos.

También, como cardenal, Ratzinger emitió en 2001 un edicto
que obligó a los obispos a reportar al Vaticano cualquier abuso, mientras que en su reciente carta pastoral a los católicos irlandeses agravó el castigo contra los religiosos y sacerdotes que "traicionaron" el Evangelio y a la Iglesia, responsabilizándolos no solo ante la justicia divina, sino arrojándolos ante los tribunales ordinarios.

Esta nueva política de asumir la sanción de la justicia donde antes existía la mera posibilidad de arrepentimiento y penitencia, debería incluso aplicarse en aquellos casos como en Alemania, en que las causas prescribieron por el tiempo trascurrido entre el abuso y la denuncia. Sería una fórmula decorosa para limpiar el templo, evitar los encubrimientos e impedir la reincidencia delictiva.

A pesar de que Roma tendrá que asumir costosas consecuencias, como por ejemplo si la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos permite demandas directas contra el Vaticano - además de que varias diócesis se declararon en bancarrota tras pagar compensaciones millonarias a las víctimas; lo que está en juego no es un problema económico, sino la propia credibilidad de un liderazgo que justamente alecciona sobre temas urticantes relacionados a la sexualidad.

Por eso el conflicto actual reviste mayor gravedad y gravitación social que el despertado por otros sismos eclesiásticos, como la controvertida universalidad de Galileo Galilei, la nefasta Santa Inquisición o el aquelarre financiero del Banco Ambrosiano, porque simplemente no tocaban las fibras íntimas del comportamiento moral y sexual de la sociedad.

Lo que no hay que confundir con este caso, es que se condene a la Iglesia como institución o a todos sus representantes sin distinciones, o se llegue al extremo de señalar la preferencia sexual de las personas como causante del mal. En estos tiempos, se necesita la prudencia necesaria para entender que los abusos de menores, y todos los delitos conexos, como la pornografía infantil y la pedofilia, son pecados capitales que no discriminan a grupo o asociación humana alguna.

info@ricardotrotti.com

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