El Benemérito y las furcias

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Opinión
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Sucedió que allá por 1914, en plena Revolución, llegaron a Saltillo varios regimientos del Ejército Constitucionalista.

El pagador de uno de ellos, Crescenciano López Zuazua, vio el Obispado -vacío por la ausencia del titular, que había salido de la ciudad-, y le gustó esa casa para alojarse en ella. Para su desgracia lo fue a visitar un paisano suyo de Lampazos, un tal Enrique Zertuche, y el sitio le gustó también. Le pidió permiso a Chano para ocupar una habitación ahí mismo.

López Zuazua conocía muy bien a su paisano, hombre dado a los excesos, de modo que le dio el permiso con la condición de que no fuera a hacer una se las suyas. Prometió el sujeto portarse bien. Pero esa misma noche se portó muy mal.

Dormía en su aposento Crescenciano cuando lo despertaron fuertes gritos, como de borrachera, y carcajadas. Fue a ver qué sucedía y se encontró con un espectáculo tremendo. En su cuarto estaba Zertuche rodeado de pirujas. Todas estaban bien borrachas, aunque no tanto como su anfitrión. Me resisto, por el decoro de este prestigiado periódico, a describir la escena. Baste decir que el tal Zertuche había aligerado lo más posible de ropas a las daifas, y que así andaban ellas por el aposento, descubiertas, saltando como bacantes que le hicieran la rueda a Pan, a Momo o a Dionisos.

¡Qué bochorno! Si yo hubiera estado ahí seguramente me habría avergonzado mucho, y la pena me duraría hasta hoy, aunque el acontecimiento tuvo lugar ya hace casi un siglo. A mí las penas me duran bastante. El caso es que Crescenciano se enojó mucho. Era carrancista, y los seguidores de don Venustiano profesaban una especie de moral calvinista que les permitía robar al prójimo, sí, pero no exhibirse con la prójima. Reprendió con severidad a su paisano, y no hizo caso de una de las viejas, que saludó la reprensión con una sonora trompetilla.

Yo opino que ese grosero ruido onomatopéyico estaba totalmente fuera de lugar: recordemos que en esa casa, y a lo mejor -¡Dios nos libre!- en ese mismísimo aposento, estuvo don Benito Juárez.

Hizo Chano que las mujeres se vistieran, y las sacó del cuarto y del recinto. A todas, menos a una, pues Zertuche, excitado por el alcohol y por los rijos varoniles, dijo que primero se dejaría matar que renunciar a la compañía de una de las fulanas. Consintió Chano, para dar fin a aquel escándalo que seguramente tendría sobresaltado al vecindario.

En efecto, al día siguiente uno de los vecinos, don Epigmenio Rodríguez, puso queja formal en la Jefatura de Operaciones, y Chano y su tremendo amigo fueron desalojados inmediatamente del local.

Escribió en sus memorias Crescenciano: "... Por órdenes del C. Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, según queja del señor Epigmenio Rodríguez, pariente de don Venustiano Carranza, tuvimos esta atenta invitación para desalojar el Obispado y pasar, con todos los honores, a alojarnos aen el gran Hotel `Coahuila', a espaldas del Palacio de Gobierno. Este hotel fue por muchos años el mejor de Coahuila...".

Sí, digo yo. Y su edificio seguiría siendo uno de los más hermosos de Saltillo si la ignorancia y la soberbia no lo hubiesen destruído.
Así pues, en documentos fehacientes consta que ha habido mujeres de la vida airada en el sagrado Recinto de Juárez, antes sacro Obispado de Saltillo. Casas vemos; cosas no sabemos.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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