Documentar el pesimismo

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Opinión
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Suele decirse que las malas noticias nunca llegan solas. No estoy seguro de si eso es cierto, pero algo que sí he podido comprobar es que las señales de malos augurios acostumbran llegar en manada.

Es necesario estar atento, sin embargo, pues a primera vista pueden pasar por un inocente conjunto inconexo de acontecimientos destinados al olvido, a ser ignorados.
Eso ocurrió justo en estos días, cuando VANGUARDIA -como muchos otros medios del planeta- publicó una noticia que, tras generar miles de clicks en Internet y seguramente aderezar algunas decenas de conversaciones por aquí y por allá, bien pudimos archivar en el anaquel de las anécdotas.

El reporte periodístico da cuenta de los resultados de un estudio científico publicado en la revista PLoS ONE, en el cual se describe un principio que a todos los humanos interesa. o debiera interesar, en serio: la inercia de la dejadez.

¿Qué es esto?

Pues, para decirlo rápidamente, se trata, según José Manuel Rey, profesor del Departamento de Análisis Económico de la Universidad Complutense de Madrid, del elemento que provoca el desastre entre las parejas y las lleva, tras haberse jurado amor eterno, a mandarse mutuamente a muy, muy lejano.

Se trata de un colosal logro de la ciencia, de un triunfo exquisito del intelecto humano, al mismo tiempo que del más desesperanzador hallazgo en la historia de nuestra especie desde que nos enteramos cómo nuestro tránsito por este mundo inició con un homicidio entre hermanos.

Pero qué se le va a hacer. Así es la ciencia y así son los científicos.

Así que el señor Rey se lo propuso y lo consiguió: embutió en una fórmula matemática la dinámica del amor, despejó variables, sustituyó términos, extrajo raíces, simplificó, obtuvo potencias y. voilà: destruyó toda esperanza en el futuro al demostrar, sin lugar a dudas, que el amor eterno simplemente no existe.

Bueno, él ha querido matizar el asunto señalando que "es muy difícil", "casi imposible" -salvo excepciones- y que el problema reside en que somos incapaces de mantener "el calor". literalmente.

Y es que el modelo matemático utilizado por monsieur Rey para demostrar su teoría fue la segunda ley de la termodinámica, aderezada con algunas ecuaciones de control del ámbito de la ingeniería.

Para no meternos en demasiados problemas, utilicemos la analogía del propio catedrático para explicar el asunto: "En el mundo de la física, un recipiente que está caliente tiende a enfriarse de manera espontánea si nadie lo mantiene con calor; con las relaciones pasa lo mismo, hay que cuidarlas".

¡Kaput!

Hasta aquí, sin embargo, uno podría mantener la esperanza, pues lo bonito de las teorías científicas es que tardan más en cocinarse y ponerse en circulación que en aparecerles una miríada de detractores.
En este caso, por desgracia, las cosas pintan mal.
Y es que sin acudir a sofisticadas herramientas matemáticas, ni construir elaboradas ecuaciones, la poetisa y sexóloga chilanga Mónica Braun llegó exactamente a la misma conclusión.

En su más reciente colaboración para la revista Chilango -de la cual me convertí en fan durante mi estancia en el Distrito Federal- la maestra Braun hace una revelación perturbadora: la única forma de mantener con vida una relación sentimental es conseguirse lo más pronto posible un amor platónico.

"Tal vez la fantasía sea la única manera de ser feliz con alguien y controlar lo que ocurre en la relación", asegura la autora, especialista en provocaciones.
Para acabar con cualquier resquicio de esperanza, la autora del texto proporciona evidencia empírica: Sandra, una amiga suya, es su sujeto de control en este involuntario ejercicio científico que, por un camino diferente, apoya la teoría del maestro Rey.

Leí la nota periodística -evidentemente- porque el título llamó mi atención. La columna de Braun, sin embargo, fue una perversión del destino: compro esporádicamente Chilango porque me encantan sus guías sobre todo tipo de actividades en la capital de la república. Así que bien pude adquirir el número de mayo. o no.

Pero lo adquirí. Y allí estoy, constatando cómo en diferentes latitudes del planeta varios seres humanos están arribando al páramo del desaliento, al desierto de la desesperanza, a la convicción de que el amor eterno efectivamente no existe, que se trata de un sueño inalcanzable.

Sí. Cualquiera dirá que no se trata de ninguna novedad, pues la inexistencia del amor eterno se viene sospechando desde la invención del divorcio, en las culturas occidentales, y de la poligamia. en algunas otras.

Pues sí, ¡Pero nunca se había demostrado científicamente! Jamás humano alguno había logrado conjuntar en una expresión matemática la sentencia de nuestra desolación.

Y mientras eso no ocurría, todos podíamos acudir a la más cursi, pero efectiva de las admoniciones: la esperanza muere al último.

Pues bien, damas y caballeros: la esperanza ha muerto.
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx

Columna: Portal, periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.

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