Cómo hacer eso sin pagar
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A mí me pasa algo muy raro: cuento cosas verdaderas, y mis amigos dicen que son mentiras; cuento mentiras, y mis amigos las dan por verdaderas. Cuando hablo de gente que existe en realidad (como don Abundio, el del Potrero), todos creen que hablo de personajes inventados. Doy vida imaginaria a personajes que saco de la fantasía, y todos dan por cierta su existencia. Para explicar eso tengo una teoría: adorno tanto la verdad que llega a parecer mentira; y las mentiras que invento son tan sosas que cobran apariencia de verdad.
La anécdota que voy a contar hoy tiene traza de mentira, y sin embargo es cierta. En cierta ocasión fui a Ciudad Victoria a dar una conferencia en la Universidad la Salle. Al ir por la carretera vi un letrero: "El Chorrito". Pregunté a mis acompañantes, el maestro Manzur y el ingeniero Igor, si ese Chorrito era el lugar donde se venera la milagrosa imagen de la Virgen que así se llama: del Chorrito. Me dijeron que sí, y yo les rogué que fuéramos al pequeño pueblo, pues desde que estuve en Compostela me gusta conocer todos los sitios de peregrinación.
No viene al caso hacer la descripción de la visita. Baste decir que ir al Chorrito es ir a un hermoso sitio, uno más entre los miles de hermosos sitios que tiene nuestro país, ahora tan agobiado y dolorido. A lo que voy es a narrar la anécdota que dije.
En "El Chorrito" no hay hoteles. Tampoco hay restoranes. Pero ahí, lo mismo que en todo el mundo, no se suspenden las exigencias de la naturaleza, y el cuerpo nos recuerda a cada paso nuestra humana dimensión. Por muy espiritual que sea la visita que haces, lo corporal siempre termina por hacer acto de presencia. Eso sucede lo mismo en El Chorrito que en San Pedro de Roma, sobre todo si en el almuerzo que hiciste en el excelente restorán "El Charro", sobre la Carretera Nacional, te tomaste tres cafés y una Coca-Cola.
Sentí las ganas, pues, de desahogar una necesidad menor. Vi cerca una especie de enramada donde había un letrero que decía: "Baños. 3 pesos", y les pedí a mis compañeros que me permitieran ir "a donde el rey va solo". Ese antiguo eufemismo ya no se usa, pero yo gusto de usar antiguos eufemismos. Mis amigos, bastante más jóvenes que yo, no lo entendieron, y hube de precisar que iba al baño.
Fui, en efecto. Una niñita que no debía tener más de cuatro años estaba a cargo de hacer el cobro del tributo. Entré en el baño y despaché con prontitud la diligencia. Diosito -infinitas gracias le doy por eso- no ha castigado mis pecados enviándome esa anticipación de las torturas infernales que, según me dicen algunos señores de mi edad, expermimentan quienes tienen dificultades urinarias. Hice, pues, en expedito modo lo que tenía que hacer -es decir liquidé el asunto-, y al salir fui a hacer otra liquidación: la de la cuota establecida. La niña, sin embargo, rechazó el pago.
-No, -me dijo-. Sus amigos ya le dispararon la miada.
Quienes me conocen dirán, como siempre, que ésta es una más de las historias que urdo. Pero la historia, si bien no tan épica, es tan verdadera como la que escribió Bernal Díaz del Castillo. Desde luego no tengo el recibo que acredita el pago hecho por aquellos buenos camaradas que ni siquiera eso me dejaron pagar. Tampoco ellos poseen el documento probatorio: lo que hice es una de las muy pocas cosas que Hacienda no ha gravado todavía, de modo que no pidieron factura o comprobante. Pero el maestro Manzur y el ingeniero Igor son mis mejores testigos, y así como fueron mis pagadores serán también mis fiadores. Añado entonces a la anécdota una moraleja: no siempre el que la hace la paga.