La música de los libros

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Opinión
/ 13 septiembre 2010

Desde tiempos inmemoriales -esto es, cuando el francés Scott de Martinville inventara el fonógrafo (ah, cómo nos gusta la exactitud), el 25 de marzo de 1857-, la música ha sido compañera insustituible de los libros (la palabra sputnik, que significa `compañero de ruta', designa la camaradería en el idioma ruso). Julio Cortázar escuchaba interminables acetatos de jazz de 70 revoluciones por minuto mientras escribía sus memorables cuentos. Octavio Paz, curiosamente, no sentía mayor afición por la música, ni tampoco por los cuentos ni las novelas, centrando todo su interés en los ensayos de tipo filosófico, rigurosamente impresos después del año de 1789, y en las artes plásticas. El primer día de la Feria del Libro, el novelista zacatecano Tryno Maldonado, después de confesarse un músico frustrado, confesó asimismo que no puede soportar la música mientras escribe. Cometió el dislate, además, de afirmar que como la forma clásica de la sonata está anquilosada, a los músicos contemporáneos no les queda otra opción que componer rock and roll. ¿Dónde dejó a Anton Webern, a Shostakovich, a Bela Bártok, compositores todos ellos posteriores a la forma sonata, a la que no dejaron de rendir minucioso homenaje en sus obras innovadoras? ¿Ignora Tryno, en su montaña de anfetaminas, que el rock and roll ha muerto, que es una música ella sí anquilosada desde hace por lo menos tres décadas?

La oferta de discos, aunque significativamente pequeña en esta Feria, es estimulante. Los organizadores debieran saber que música y libros son hermanos mellizos, que casi siempre caminan juntos, y buscar stands de discos que enriquezcan el espectro de los consumidores potenciales. Este año, como el anterior, son dos puestos apenas. El primero ofrece una muy bien escogida colección de ópera, de 40 discos repartida en 20 álbumes, cada uno de los cuales cuesta 100 pesos. El fascículo que los acompaña contiene una suscinta historia del género, además de las letras originales de cada ópera en italiano, alemán, ruso, inglés y francés, con su correspondiente traducción al español. A nosotros, los aficionados a la música clásica, nos enfurece el hecho de que prácticamente la totalidad de los folletos discográficos están redactados nada más en inglés, francés y alemán. ¿Por qué no incluyen versiones en español y en chino, la tercera y la segunda lengua más habladas en el mundo? El segundo stand muestra una caótica pero muy atractiva mezcla de jazz, music world, trova latinoamericana y obras de concierto, a precios igualmente accesibles. Al contrario de los discos de moda, la buena música es inusitadamente barata. Por el precio de un disco de Paulina Rubio, puede usted adquirir "La Valquiria" de Wagner, el "Boris Godunov" de Mussorgsky y "El Murciélago" de Strauss: un negocio redondo. Prepare su bolsillo y sus audífonos: no deje de visitarlos.

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