Fracking, una fractura política en la 4T

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Opinión
/ 9 abril 2026

En el ecosistema de la cuatroté, enmendar al fundador del movimiento no es una acción neutra, sino una redefinición de poder

Después de más de 18 meses de dubitaciones, idas y venidas, la presidenta Claudia Sheinbaum dio un gran paso en firme hacia la utilización del fracking para la extracción de gas natural. No utilizó esa palabra que empapa la controvertida técnica para extraer hidrocarburos inyectando agua a alta presión, químicos y arena, sino el término aparentemente inofensivo de producir en “yacimientos no convencionales”. Fue un cálculo deliberado. La palabra quema y enciende al expresidente Andrés Manuel López Obrador, que construyó su legitimidad sobre símbolos, uno de ellos el fracking, cuya rabiosa oposición la planteó como una frontera moral frente al pasado neoliberal.

Sheinbaum fue extremadamente cuidadosa y dejó un espacio de maniobra política al plantear como condicionante un estudio sobre el impacto ambiental, que se entregará para tomar la decisión final dentro de dos meses, curiosamente coincidente con la fiebre mundialista. Pero si la Presidenta se mantiene, el fracking no será solo una técnica de extracción a debate, sino una línea de fractura política con su antecesor. Sheinbaum llegó a la Presidencia con una narrativa heredada de López Obrador de transición energética, soberanía y rechazo a prácticas “depredadoras”. Desde el despacho presidencial se había establecido que el fracking era anatema político y símbolo de un modelo extractivo que debía superarse. Incluso quiso elevar el veto a rango constitucional, pero no lo logró.

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Ideológicamente, Sheinbaum está contra el fracking, aun cuando la tecnología ha hecho menos dañina al medio ambiente, pero como científica entiende que es una palanca para el desarrollo. Sheinbaum no tiene las telarañas que vivían en el pensamiento estancado de López Obrador, y parece haber superado una contradicción que borraba su ideologización: ¿por qué negarse al fracking cuando todo el gas natural que importa de Estados Unidos se extrae en Texas con el fracking?

No siempre se pueden tomar decisiones con las que se esté de acuerdo. Hay ocasiones en que tienen que tomarse aun estando en contra de ellas. Guardando toda la proporción, vale la pena recordar la decisión de Winston Churchill de atacar a la flota francesa en Mers-el-Kébir, un puerto en Argelia, tras la caída de Francia ante los nazis en 1940. Moralmente era muy compleja, pues Francia había sido su compañera de batallas, y políticamente muy controvertida, entre sus aliados y en el propio Reino Unido. Pero estratégicamente fue la decisión correcta: si Alemania captura la flota, pensó Churchill, Hitler la usaría para invadirlos y perderían la guerra. Fue una de sus decisiones políticas más dolorosas, admitió años después, y la herida que provocó a los franceses sigue sangrando.

Sheinbaum enfrenta un dilema similar. Las arcas de la tesorería se están secando y las inversiones productivas no llegan, pero tiene que seguir drenando las finanzas públicas para los programas sociales, terminar los elefantes blancos que le dejó López Obrador, mientras que el entorno internacional y la turbulenta relación con el presidente Donald Trump añaden variables a la problemática.

En el anuncio de este miércoles, Sheinbaum dijo que la producción en yacimientos no convencionales permitiría elevar la producción de gas natural hasta en 260 por ciento en sólo una década, y ayudaría a reducir las importaciones de Estados Unidos. La tan ansiada soberanía energética dejaría de estar en el camino de los sueños de la manigua, para empezar a construirse sin fantasías y actos de fe.

La Presidenta dio indicios de querer gobernar sin necesidad de repetir consignas, pero administrando restricciones. Su dilema no es ideológico, sino operativo. Puede mantener la pureza discursiva y sostener la dependencia externa, o puede comenzar a abrir la puerta al desarrollo de recursos no convencionales. No existe una tercera vía clara, y es ahí donde, si no vuelve a meter reversa en dos meses, el fracking significará la corrección de una de las decisiones emblemáticas de López Obrador. No sería un ajuste técnico, sino una señal política. Y en el ecosistema de la cuatroté, enmendar al fundador del movimiento no es una acción neutra, sino una redefinición de poder.

Pero México no puede seguir dependiendo de la voluntad y los chantajes de una persona, por muy querida que sea, cuya ceguera ante la realidad y obsesiones buscó igualar a los mexicanos en la pauperización. Nunca se planteó una movilidad social: quienes salieron de la pobreza con los programas sociales, se hundirán más de donde estaban si se agotan los recursos para ellos. Sheinbaum, ahora, apunta en la dirección correcta para lograr, por la vía de la realidad, lo que su antecesor nunca hizo.

Para Estados Unidos, el fracking fue una de las transformaciones estructurales más importantes en la economía y geopolítica en el siglo 21. La técnica comenzó a aplicarse comercialmente a mediados del siglo pasado, pero no fue sino hasta principios de este siglo cuando las nuevas tecnologías permitieron la explotación a gran escala. No sólo aumentó la producción energética en Estados Unidos, sino que también reconfiguró mercados, poder internacional y costos industriales. Antes del fracking, Estados Unidos era dependiente de los hidrocarburos extranjeros. México le vendía petróleo para la Reserva Estratégica que se almacenaba en las cuevas de Texas y Luisiana, y el presidente José López Portillo construyó un gasoducto desde Cactus, en Chiapas, a Reynosa, en Tamaulipas, para enviar gas natural a Estados Unidos. Hoy, esa nación es la principal productora de hidrocarburos.

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En 20 años lograron su revolución energética y la soberanía plena. Sheinbaum plantea casi lograrlo en gas natural para 2035. Para ello, necesita caminar muy fuerte durante estos 60 días sin mirar atrás. López Obrador tuvo recursos inagotables que le dejó el neoliberalismo en la tesorería y los dilapidó. Sheinbaum, en cambio, enfrenta restricciones materiales: déficit energético, presión industrial y vulnerabilidad frente a shocks externos.

Este nuevo modelo de desarrollo energético no lleva a la pregunta sobre si hay desacuerdo con López Obrador, sino cuándo se hará visible. Hasta ahora, la estrategia de Sheinbaum había sido posponer, con indefiniciones y contradicciones. Ese limbo político permitía mantener intacta la narrativa sin asumir el costo de la decisión. Pero ese equilibrio era inestable. La necesidad de recursos urge, la demanda de energía no espera, y la geopolítica tampoco. En algún punto, la realidad habría de obligarla a elegir.

Al final, el fracking no es el problema. Es el síntoma, porque el verdadero conflicto es otro: si Sheinbaum está dispuesta a gobernar con la realidad o a seguir administrando la herencia.

rrivapalacio2024@gmail.com

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Periodista en busca de decodificar la toma de decisiones en la política mexicana y exponer las tensiones del sistema en el que operan. Actualmente es director general del periódico digital Eje Central.

Columna: Estrictamente personal

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