Miedo a las alianzas y el fijador de pelo

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Opinión
/ 6 septiembre 2010

Eduardo Holguín

Eso de "la lucha del poder por el poder mismo" es una retórica chapucera y chambona.

A Enrique peña Nieto se le ocurrió la puntada de comparar a la delincuencia con las alianzas entre proyectos antagónicos al afirmar: "La delincuencia no es el único riesgo que enfrenta el país, hay otra grave amenaza: la lucha del poder por el poder mismo, que desvirtúa la democracia. Se promueve una democracia sin contenido, donde por el solo fin de obtener el poder se negocian alianzas entre proyectos antagónicos."

Con dicha retórica Peña Nieto muestra su miedo, por no decir terror, a una posible alianza entre el PAN, el PRD y los otros partidos que se asociaron con éxito en Oaxaca, Puebla y Sinaloa para sacar al PRI del poder ejecutivo.

Independientemente de los fantasmas que le quitan el sueño a don Enrique, y de lo desproporcionado que resulta equiparar crimen con alianzas políticas, habría que reflexionar respecto al avance cualitativo que representa para la democracia, y para el fortalecimiento de la gobernabilidad que fuerzas antagónicas asocien esfuerzos con el objetivo de llegar al poder. La vieja opción se inscribe en el contexto de la violencia, el caos y la anarquía política. Es decir, el camino alterno a la concertación son las barricadas, la toma de tribuna, las mascaras de marrano, los descalificaciones verbales.

Parafraseando a Woldenberg y a Salazar pregunto:

¿Sí no es mediante el acuerdo entre contrarios, cómo debe organizarse políticamente una democracia moderna? ¿Cuál es la otra opción al asociacionismo político -entre los que se decían espurios e ilegítimos- capaz de ofrecer cause productivo a la pluralidad de intereses, concepciones, principios que se manifiestan en una sociedad compleja y diferenciada? ¿Las diferencias políticas indefectiblemente tienen que acarrear comportamientos guerreros y aspiraciones de aniquilamiento del contrario? ¿Pueden conjugarse estabilidad y cambio, paz social y competencia política?

Contesto la ultima pregunta con un "sí se puede." Y lo afirmo basado en los procesos evolutivos y transformadores que han vivido las democracias avanzadas que, como en España y Francia, han permitido construir un proyecto colectivo de nación.

La época de las confrontaciones sin sentido, sembradoras de frustraciones, incertidumbres y retrasos en el desarrollo económico y social debe ser rebasada. Es necesario abrirnos a los nuevos tiempos que reclaman la superación de visiones polarizadas e intereses fácticos.

No estoy de acuerdo con Peña Nieto. El discurso político de un líder de opinión de su calado no debe ser esgrimido como un ejercicio retórico sino como un factor de cambio que coadyuve a la construcción de democracia.

Porque eso de "la lucha del poder por el poder mismo" es una retórica chapucera, chambona y embarrada con un viscoso fijador de pelo.

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