Cargando el venado

Opinión
/ 24 octubre 2010

Se encontraba un hombre a la orilla del camino sentado en una piedra, bajo la sombra de un frondoso árbol. Se le miraba triste, meditabundo, miraba al suelo en absoluto silencio. Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien desconcertado al verlo en tan lamentable situación, preguntó el motivo que le ocasionaba aquel desanimo.

- ¡Ay compadre! -contestó el interpelado, -¡Tu comadre!

- No comprendo -respondió el visitante-, mejor explícame

a qué te refieres.

- Mira compadre -inició su desahogo el abatido- tú sabes

que somos muy pobres y en tu humilde casa la única forma de acompañar los frijoles es con un pedazo de carne que tengo que conseguir yendo de cacería al monte. Tengo que ir de madrugada al monte con mi vieja escopeta, pasar varios días de sufrimiento y penalidades, salvándome de milagro de los peligros del monte, esquivando víboras, corriéndole al tigre, soportar la terrible comezón que me producen las garrapatas y los piquetes de moscos, y por si esto fuera poco, aguantar cómo me cala hasta los huesos el frío y la soledad de la noche. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo hasta el rancho y subir la cuesta de la loma donde está mi casa.

Todavía no alcanzo reposo cuando aparece mi señora con el cuchillo en la mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre vecinos y familiares: ".que una pierna pa' doña Juana, que otra pa' doña Cleo, que este lomito pa' mi mamá, que esto pa' llá, que esto pa' cá" Y a los dos o tres días allí va tu zonzo otra vez de cacería. ¡Ya me cansé!

El compadre de aquél incomprendido, después de meditar un momento le sugirió una buena solución:

- Invita a tu mujer a cargar el venado.

- ¿Qué dices?

- ¡Sí, sí!, mira únicamente no le menciones el sacrificio que

a ti te representa cargar el venado.

Mejor píntasela bonito. No le menciones de las espinas, ni de los peligros, ni del frío ni el calor. Dile que la invitas a la cacería para que disfrute de los bellos paisajes, del esplendor de las estrellas que te cobijan en la noche, de los manantiales cristalinos que reflejan de manera hermosa sus imágenes, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte, lleno de oxígeno, de la ágil manera en que se desplaza el venado en la llanura, como si fuera un bailarín de ballet, háblale del dulce canto de los grillos y los pajaritos silvestres, en fin.

El compadre siguió el consejo. Por supuesto la convenció.

La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo. Al cruzar el primer "aguamal" se le redujo a minifalda porque la prenda quedó desgarrada entre las púas. La blusa le quedó toda "razgada". El calzado también se le rompió por los difíciles caminos. Las piedras y los hoyos la hicieron sangrar. Las espinas las traía por todo el cuerpo. El sol le quemó la piel. El pelo se le maltrató: le quedó tieso y desparramado como estropajo. Las manos le quedaron encallecidas al abrirse paso entre el espeso monte. Toda chamagosa, estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora. Muerta de hambre, su imagen parecía sacada de un cuento de ultratumba.

Por fin, después de tantos martirios, un día encontraron al venado. Ella tuvo que contener el aliento y el hombre sigiloso, con la astucia y agilidad de un gato, se acercó a su presa, y con la mirada de un lince localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! Y el venado había muerto. La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero se equivocaba.

- Ahora, mi amor -le dijo el cazador a su abatida esposa-,

Te pido que tú sola cargues el venado hasta la casa, para que experimentes el orgullo y la satisfacción que provoca la misión cumplida, el deber realizado.

- La mujer casi se desmaya ante la inusual actitud de su

marido, pero ante la desesperación por regresar a su hogar no tuvo aliento ni para replicar y cargó el venado en su espalda cruzando veredas y montañas.

Desconsolada, con las piernas abiertas, jadeando y casi muerta, a punto de reventarle el corazón, llegó y depositó el animal en la sala de su casa.

Los niños y sus amiguitos, hijos de los vecinos, salieron a recibir a sus papás cazadores y acostumbrados a la repartición, le dijeron a su mamá con alegría:

- ¡Mamá!, apúrate a repartir el venado porque la vecina ya está desesperada, nos dijo que ya tienen mucha hambre.

- ¿Qué pedazo le llevo a mi tía? -le preguntó otro-.

La señora, tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano

para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y agarrando aire hasta por las orejas, les gritó:

- ¡Este venado no me lo toca nadie! y tú Juanito, ve y dile a tu mamá que hoy no tuvimos suerte en la cacería

- Gracias compadre, por el consejo -alcanzó a decir en voz

baja el esposo-

Leonardo del Cio.

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