Unas señoras con muchos.

Opinión
/ 19 noviembre 2010

A las damas
del Centenario,
con profundo respeto.

Un número importante de mexicanas entre 1910 y 1920 decidieron no cruzarse de brazos y participar de lleno en un movimiento que le cambió el rumbo a este país. Fue variopinta su intervención. Las hubo guerrilleras, espías, cocineras, divulgadoras apasionadas de ideas que llevaran a los coterráneos a enfrentar y acabar con un régimen que hacía mucho tiempo se había infectado de todas las desgracias que acarrea para un pueblo la larga permanencia en el ejercicio del poder público.
Estuvieron empujando el movimiento antes, en y después de la caída del porfiriato. La historia no registra sus historias de lucha y entrega, porque quienes escribieron esas páginas, fieles al modelo tradicional de contar los hechos no estimaron importante su inclusión.
 Hoy, como mujer del siglo veintiuno, veo a la distancia su proeza y se agiganta la dimensión de la misma. Voy a compartirle un fragmento de una publicación de la época  -Diario del Hogar, 7 de febrero de 1909- para qué usted pondere lo que significaba ser mujer en ese entonces: "Geográficamente considerada, es una catarata, que como la del Niágara, nos asusta y nos atrae al contemplarla. Astronómicamente, es un astro encantador, rodeado, como Saturno, de un anillo de oro que gira en una órbita muy limitada. Magnéticamente es una brújula que sirve de guía al hombre en su peregrinación por el mundo. Botánicamente, es una hermosísima planta que produce a la vez flores y espinas, frutos dulces y amargos, dando aroma de vida y jugo venenoso. Zoológicamente, es un lindísimo bípedo, a veces indomable. Teológicamente, es un dogma incomprensible, ante el cual hay que doblegarse sin razonar, cerrando los ojos y prestando fe a lo que nos dicen porque de lo contrario se incurre en su indignación. Espiritualmente, es el ángel o demonio de hogar doméstico, el consuelo o desesperación de muchas almas".
No es posible escatimar la trascendencia que tuvo la participación de las mujeres, con su intervención sentaron precedente, con su acción se inicia la lucha por la conquista de espacios que se estimaba inimaginable que pudieran ser ocupados por mujeres, dados los herméticos patrones excluyentes de una sociedad tan machista como la mexicana.
La cohesión experimentada a partir de la gesta de 1910, no me cabe duda que marcó el principio de la emancipación femenina, aún con lo incipiente que parezca. La lucha por el trato paritario empezó a bosquejarse en las primicias de la centuria pasada, de modo que la deuda que tenemos con las revolucionarias de entonces es de proporciones extraordinarias.
Es relevante subrayar la presencia de mujeres coahuilenses que no tuvieron empacho en hacerse cargo de lo que consideraron era un deber ineludible. Eva Flores Blanco, monclovense,  por ejemplo, era telegrafista y jugó un papel relevante, derivado precisamente de su ocupación. Fue informante de los revolucionarios respecto de los movimientos de las fuerzas federales. Ella y su hermana hicieron tareas de espionaje a favor de los maderistas.
Doña Encarnación Mares, más conocida como "Chonita", a la par que su esposo, Isidro Cárdenas fueron parte del ejército constitucionalista bajo las órdenes de Jesús Carranza. Es de las pocas mujeres que hizo carrera militar, en la que obtuvo los grados de cabo, sargento segundo y sargento primero. A modo de anécdota se cuenta que vestía como hombre y enronquecía la voz cuando hablaba. Y están Ana Pérez Villarreal, nacida en ciudad Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras), quien se incorporó al ejército constitucionalista en febrero de 1913, y se encargó de la atención de los heridos en campaña, y Manuela de la Garza Jackson, también de Piedras Negras, que se dedicó a hacer propaganda contra el régimen huertista, a pasar armamento y parque, y a cuidar a los heridos que se encontraban en el hospital temporal de Eagle Pass.
Y Carolina Blackaller Arocha, originaria de Monclova, maestra normalista y enfermera, el 1 de marzo de 1913, con el apoyo de sus hermanas y primas organizó el primer hospital de sangre en Piedras Negras, institución desde la que se atendió a quienes resultaban heridos, y eso en tiempos de guerra hace la diferencia éntre la vida y la muerte. Es largo el listado, pero no este espacio editorial, hubo más damas de temple y carácter  que hicieron posible las transformaciones que nuestro país demandaba aquel entonces.  
Hay una deuda de reconocimiento con todas ellas y es de elemental  justicia, a través de los libros de texto de Historia de México y particularmente de Historia de Coahuila, dar a conocer a las nuevas generaciones que no sólo los hombres hacen patria, también las mujeres.

Columna: Dómina. Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.

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