Una tela de araña en el jardín
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A Paulina Peña, mi ahijada
En el jardín se ha instalado una araña. Me di cuenta por el brillo del sol que desnudó una línea que ella entrelaza en una esquina. La tejedora se afana, sigue dando a luz aceros de seda. El viento ondula las geometrías que se desprenden; el tramado se expande sutilmente y vuelve a su forma; como si respirara.
Su talento se suma para embellecer mi sencillo rectángulo en donde resguardo algunas plantas. Y es que ayer apenas vino el jardinero a podar el césped. Sin embargo la araña se ha instalado; construye para siempre. Esa es ya su vida y esa su casa.
Dejo a un lado mi siguiente tarea y pienso en ayudarle de cierta forma; ver si hay ramas o algún objeto que signifique un riego, alguna gran hoja que caiga, pero me doy cuenta que ella ha previsto todos los detalles. El sitio que ha elegido es perfecto. Perfecto salvo por la presencia del jardinero el próximo día 15, pero eso ella no lo sabe, o incluso, creo que si lo supiera, seguiría haciendo lo mismo que ahora: tejer.
Hoy por la noche ella, la araña, dormirá por segundos en mi jardín. Allí está desde hoy en mi casa, no como un simple decorado, sino como otro ser que me recuerda las tareas diminutas de la naturaleza, este espacio que nos revuelve a todos en un profuso caldo nutritivo.
Mi historia con las arañas es más vieja, pero recordaré sólo otro caso ahora. Hace un par de años, en el jardín de mi madre, plantábamos un poco de pasto y algunas otras plantas. En eso estábamos, cuando una araña tejedora bajó lentamente de las ramas de un naranjo; era muy pequeña, con visos gris, café y blanco impresos en su cuerpo; sus ojos negros, minúsculos y brillantes como gotas de obsidiana. Hechizados la miramos en su descender lento, y de pronto, detuvo el tendido de su trama, como si nos observara. Ese breve instante fue mágico; un ser se exponía ante nosotros sin miedo.
Entonces, mi sobrina Paulina, con su dedo tomó el hilo y miró más de cerca a la araña que permanecía como péndulo de un reloj antiguo y natural, oscilando levemente. De pronto, saltó a mi hombro y allí se quedó mientras seguíamos en las tareas. Intenté llevarla a otro sitio para su seguridad, pero fue infructuoso. Sí, para nuestra sorpresa, la araña regresaba, brincaba, subía por mi brazo volvía a mi hombro; allí se quedaba.
Después de intentar tres veces llevarla a otro lado, me di por vencida; quién mejor que ella sabía lo que le venía en gana hacer. Así, el resto del trabajo lo hice con esta inesperada visitante en mi hombro. Emocionada, yo miraba de vez en vez para confirmar que siguiera allí, con bien. Al concluir nuestras labores inexpertas de jardinería, mi hija, un amigo, mi sobrina, mi primo Enrique y yo, le dimos las gracias a la araña por su compañía. La deposité sobre las hojas del naranjo y se fue a su vida de araña, a estar en esa inmensidad que para ella podría ser el jardín de mi madre.
Ahora pienso en el tiempo de la araña y en el tiempo del hombre; ambos tan delicados; ambos también llenos de afanes y de belleza. Tejedores todos, de nuestras existencias, como Paulina hilando su vida en ese viaje a Puebla, donde las cuerdas de guitarra fueron tejidas por sus manos mientras cantaba desde ese brillo que ella es.
claudiadesierto@gmail.com