Casa grande, casa chica

Opinión
/ 13 diciembre 2010


"Adeste fideles", es un estribillo que solemos escuchar por estas fechas.
 "Venid, fieles todos, alegres y triunfantes". De lo que desprendemos que la fidelidad es una virtud que hasta el Niño Dios sabe apreciar.
No obstante es escasa, debe tratarse sin duda de una cualidad virtuosa, ya que sin lealtad este mundo se habría ido desde hace mucho tiempo al carajo. La precaria fidelidad que practicamos de alguna manera mantiene girando el engranaje humano.
Pero no basta con ser fiel, también hay que elegir cuidadosamente en dónde depositaremos nuestra lealtad, que es como la semilla que plantada en suelo estéril sirve para dos cosas, ninguna provechosa por cierto.
Así, la lealtad que se le jura a la mafia, a una empresa sin ética, a un político corrupto, pues vale poco menos que una big mac sin papas ni refresco.
Del mismo modo, un fulano que hace una promesa de amor a su amante (en el sentido adúltero de la palabra), mientras que su legítima consorte se encuentra en el más injustificado de los abandonos, tiene en realidad muy poca palabra que empeñar.
El llamado "segundo frente" está en posición de refocilarse con el mal cónyuge, de extraerle no sólo los fluidos sino toda la liquidez de las tarjetas de crédito, pero ingenua si cree de éste las promesas de amor perdurable.
Es decir, ¿cómo la casa chica podría sentir mayor certidumbre que la casa grande? ¿Acaso la juventud, lozanía, firmeza o pericia concupiscente constituyen alguna especie de garantía para la llamada "querida"?
Grave error, ello sólo es evidencia de que el Barba Azul con el que sale también la puede cambiar por otra mujer de mejores atributos en cuanto la encuentre disponible.
En palabras más llanas: ¿Creería en la promesa del infiel, del desleal, el traidor, el perjuro, el desertor? Yo por lo menos, no.
Peor en política, ya sabe, les gusta tanto practicarle el onanismo al difunto que uno hasta piensa que lo hacen por deporte.
Mire lo que hacen en el PRI: Celebran gran asamblea con la intención de establecer los lineamientos con miras a la elección de su nuevo dirigente nacional. Y en su punto más destacado, el consejo político del Revolucionario Institucional plantea un candado que impida que el nuevo dirigente se postule para un cargo de elección popular.
Ello en el espíritu de que su nuevo líder se dedique de lleno a la agenda del PRI, y no a andar sumando adeptos y simpatías, según consigna la nota publicada por VANGUARDIA.
¡Hombre, pos qué belleza! ¿No le parece? Al interior del PRI buscan un líder que no los deje colgados de la brocha, que les cumpla a cabalidad el periodo para el cual se postuló, que no utilice el cargo nomás para acrecentar su capital electoral y luego lanzarse en pos de una candidatura.
A mí al menos me parece muy bien que busquen esas garantías y se blinden para esto.
Después de todo, ¿a quién le gusta que le prometan y luego no le cumplan?
Pero he allí que el priísmo no busca esa misma lealtad para México como la busca para sí mismo.
¿Y a quién le podría extrañar?
¿Por qué no obliga por igual a todos sus militantes, a todos los funcionarios por elección emanados de sus filas, a que concluyan los cargos para los que fueron votados?
¿Por qué no exige que un diputado, un senador, un gobernador se dediquen de lleno a la agenda de los mexicanos que los eligieron
¿Por qué no busca impedir la conducta desleal para con los ciudadanos, como busca impedirla para con el tricolor?
¿Por qué el Revolucionario no tolera ahora el chapulineo hacia el interior, mientras que es tan indulgente con esta misma práctica desde la función pública?
Y lo más importante: ¿Cómo son tan ingenuos como para jurarse lealtad hacia su casa chica -que sería el partido-, mientras que no pueden permanecer fieles a su casa grande, que se supone debería ser México?
¿O no es así?

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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