Gavilán y Paloma

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 14 enero 2011

Carolina Rocha Menocal
Periodista


Empiezo negando todo lo voy a escribir. Lo digo, lo escribo, lo firmo y posteriormente pasaré a enterrarlo directito en el basurero de la desmemoria selectiva.
Advertido esto, procedo a MI verdad: robé un perro.
Sí. Esta Adelita, su dulce y tierna Adelita, no cumplía ni 10 años de vida y a la mala -o ni tan mala porque el resultado fue peor- le echó mano a la perra de la vecina (¡ehhhh! prohibido el albur mentes de cochambre)
Ajá: quise ser gavilán y el resto es historia.
Originalmente se llamaba Paloma, la perra pues. Pero tras el hurto la rebautizamos. La que escribe y su infantil hermana, Adelina, impusimos el cambio de nombre para despistar al enemigo.
Paloma pasó a ser, gracias a nuestro ingenio, Blanca.
Huelga decir que se trataba de un perro blanco, de raza Akita y previo al plagio vivía a tan sólo tres casas de la nuestra.
Una mañana sin pedir permiso se encarreró dentro de la cochera y sin demasiada experiencia en esto del delito -no era la conversación de sobremesa de cada mexicano en aquel entonces- su Adelita y Adelina urdimos el plan: cerrar la puerta.
Con toda la autoridad que cabía en nuestros compactos cuerpos "ordenamos" a Anita, mi nana y gran solapa porque como la secretaría de la función pública todo pasaba, no permitir que Blanca emprendiera el vuelo.
Salimos rumbo a la escuela y me encomendé como buena sama-ratina a San Juditas Tadeo para que a mi retorno encontrara a mi nueva, pero no por ello menos amada, perra.
Y así fue. Nos recibió con brincos y lengüetazos apenas descendimos del Lebarón azul marino que hacía de transporte escolar en mi infancia.
A partir de ese día y durante los 60 que prosiguieron contamos con una infinita red de complicidades que facilitaron la estancia de la blanca paloma en el hogar.
Anita cada mañana preparaba una cazuela de tortillas, pollo y menudencias para el desayuno.
La fiera, como apodábamos desde muy mozas a nuestra madre, era madre no sólo ausente sino autista, por lo que en un principio no supo del hurto y después optó por tragarse cualquier cuento con tal de no asumir su responsabilidad en la crianza de un par de ratas -¡santos litiums y tafilitos! y sino pregúntele al del ¿y yo porqué?
Mi padre por su parte, tuvo un encuentro cercano con la perra y como alcalde de chinguicuaro dobló las manos.
El mero día del plagio, a eso de las siete y media de la mañana Blanca hizo un reconocimiento de piso. Observó una puerta abierta y enfiló al segundo nivel de la casa. Mi padre se encontraba apoltronado en cama, con todo y calcetín térmico, cuando de reojo creyó ver al fin del pasillo una monstruosa aparición.
Su mano sostenía como única arma el control de la televisión y ahí estaba un Akita inmenso con 900 libras de mordida en la mandíbula. Paloma -Blanca-, lo observó, siguió al baño y se abasteció de agua en el WC. Volvió, lo midió e imagino que mi padre, impotente en cama, se orinó (supongo porque no es confeso).
A partir de ese momento ambos hicieron click. O clack. Un pacto de no agresión -plata o plomo- que contribuyó para que la ex paloma se sintiera en casa.
Por lo que toca a la vecina, la víctima pues, tanto su Adelita como Adelina sentíamos que era sospechosa: muy bella, muy joven, pero muy abocada al cuidado de un marido muy mayor y muy postrado a una silla de ruedas.
En nuestra Disney-visión encarnaba a una maléfica perfecta y cuando llegó a reclamar no nos tocamos el corazón.
-Vengo por Paloma la perra aquella en su jardín.
-¿Paloma?... Pa.. ¿qué?. No, no, esa ahí, es Blanca.
Maléfica insistió sólo una vez. Explicó que Blanca o Paloma era una perra entrenada. Dio la vuelta y se fue. Hoy comprendo que liberada de esos 35 kilogramos de cabellera blanca y cientos de almas en su haber.
Y es que cada mañana cuando abríamos la cochera camino a la escuela, Blanca huía como endemoniada y volvía horas después con cierto aire de saciada.
Era imposible darle alcance, pero un día conmovido por nuestros gritos mi padre decidió seguirla en coche. Avanzamos tres cuadras hasta encontrarla frente a un zaguán de madera café oscura y al verla se terminó mi niñez.
Blanca jugaba con un perro French en el hocico. La sangre le caía a chorros y parecía deleitada ante el espectáculo de intestinos que se le enredaban entre las patas.
Lo malabareó hasta que se aburrió. Por la tarde, Paloma negra, esperaba en nuestro portón.
La aceptamos de vuelta e intentamos "readaptarla". Pero, como pasa con cualquier reo federal, si escapaba volvía a las andadas. La bautizamos por segunda vez: la perra asesina.
Cada semana desfilaba por nuestro hogar un deudo enrabiado que amenazaba con borrarla de un plumazo (¿o habrá dicho plomazo?)
Arrepentidas de nuestro delito buscamos clemencia con la maléfica vecina. Tocamos a su puerta y con cara confesionario, su Adelita y Adelina, le extendimos la mano y de paso correa y perra.
-¿Paloma? ¿Pa. qué? Si esta es Blanca. Mi perra hace dos meses se esfumó.

Somos un medio de comunicación digital e impreso con cinco décadas de historia; nos hemos consolidando como uno de los sitios de noticias más visitados del Noreste de México.

Como medio multiplataforma, nos distinguimos por ofrecer contenidos confiables y de alta calidad, abarcando una amplia gama de temas, desde política y estilo de vida hasta artes y cultura. Además, ofrecemos artículos de análisis, entretenimiento y recursos útiles a través de formatos innovadores en texto, fotografía y video, que permiten a nuestros lectores estar siempre bien informados con las noticias más relevantes del día.

Nos enorgullece tener un equipo editorial compuesto por periodistas especializados en Derechos Humanos, Deportes y Artes.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM