Ultimátums descabellados y bombardeos ‘a mansalva’: un retrato de Trump en guerra
El presidente Donald Trump acababa de regresar del campo de golf y su furia iba en aumento
Por: Erica L. Green
Era 21 de marzo y, mientras se instalaba de nuevo en su residencia de Mar-a-Lago para pasar la noche, leía otra noticia sobre cómo, a pesar de todos los éxitos militares de Estados Unidos en Irán, aún no había logrado sus objetivos políticos.
A las 7:44 p. m., el presidente dio a conocer su frustración con un ultimátum extraordinario: si Irán no reabría el estrecho de Ormuz en 48 horas y permitía el paso de gran parte del petróleo y el gas del mundo, bombardearía las centrales eléctricas civiles iraníes. Era el tipo de ataque que podría constituir un crimen de guerra según los Convenios de Ginebra.
Pero apenas unas horas antes de que expirara el plazo del lunes, Trump retrasó su amenaza cinco días y alivió los temores de una inminente escalada con profundas implicaciones militares, diplomáticas y económicas.
Aun así, advirtió que “seguiremos bombardeando a mansalva” si Irán no llegaba a un acuerdo, y a medida que avanzaba la semana lanzó nuevas amenazas que desestabilizaron a los aliados y alarmaron a los mercados. Así, el jueves por la tarde, después de que las acciones de Wall Street sufrieran su mayor caída diaria desde el comienzo de la guerra, añadió otros 10 días al reloj, en un nuevo intento de calmar los temores generados por sus propias posturas de línea dura.
Es demasiado pronto para saber si el tiempo adicional se traducirá en una diplomacia productiva. Pero ya es evidente que los drásticos vaivenes de Trump —del optimismo a la frustración y el enfado, de la desescalada a la escalada— se han combinado para darle a su gestión de la guerra una sensación errática e improvisada.
Desde que Estados Unidos, junto con Israel, inició la guerra el 28 de febrero, Trump ha oscilado entre la fanfarronería sobre la superioridad militar estadounidense y una profunda frustración porque los logros tácticos en el campo de batalla no parecían producir el resultado estratégico que predijo.
Aunque el líder supremo y muchos altos mandos militares y de inteligencia han muerto, el régimen de Teherán mantiene el control. Los dirigentes iraníes prácticamente han sellado el estrecho de Ormuz, lo que ha disparado los precios del gas y sacudido a los inversores. Además, Irán conserva el control del material que necesitaría para fabricar un arma nuclear, la principal amenaza citada por Trump para llevar a la nación a la guerra.
Trump ha dicho que comprende que la guerra causará sufrimiento a corto plazo, el cual acepta como precio necesario para garantizar que Irán no pueda tener un arma nuclear. Y los aliados del presidente siempre han dicho que su imprevisibilidad es su superpoder, y que mantiene a sus enemigos en vilo.
Pero también sugiere una incoherencia de propósito que ha llevado al presidente a cambiar constantemente sus objetivos, incluso a medida que los riesgos de la guerra aumentan día a día.
EL CONFIDENTE DE TRUMP
Trump pasa sus días inmerso en la guerra y recibe varias sesiones informativas al día en el Despacho Oval o en la Sala de Crisis. Algunas de las sesiones informativas incluyen un breve video de menos de un minuto, dicen los funcionarios de la Casa Blanca, principalmente de imágenes sin editar de ataques militares que el Comando Central de Estados Unidos también comparte en X. Cuando Trump delibera sobre una decisión, recorre la sala y pregunta a sus asesores qué piensan.
Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, afirmó que el presidente toma todas las decisiones con el mismo objetivo: la victoria.
“Entiende que, en última instancia, este tipo de cosas a lo largo de la historia se juzgan por el resultado”, dijo Leavitt, “y el presidente sabe que al final de esto, cuando seamos capaces de declarar que el régimen terrorista iraní ya no representa una amenaza militar para Estados Unidos, ese será un momento que dejará un legado y marcará la historia”.
Trump recibe asesoramiento militar de dos fuentes principales: el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto. Hegseth es la persona a la que recurre el presidente cuando se trata de defender públicamente las políticas militares, dicen los funcionarios estadounidenses. Pero Caine, antiguo piloto de caza F-16 de la Fuerza Aérea y enlace del Pentágono con la CIA, es el confidente de Trump entre los militares, su principal interlocutor con el presidente en cuestiones operativas.
Funcionarios del Pentágono y de la Casa Blanca afirman que Trump ha desarrollado una buena relación y una gran confianza personal con el discreto Caine, a quien sacó de su retiro para ocupar el cargo de jefe después del despido del general Charles Q. Brown Jr. a principios de 2025.
Antes de que empezara la guerra, Caine informó a Trump sobre una serie de opciones, entre ellas algunas que, según dijo, podrían agotar las reservas de municiones estadounidenses y provocar bajas en el ejército. Caine no aboga por una u otra opción en los debates de la Sala de Crisis, según afirman los funcionarios estadounidenses. En su lugar, expone los riesgos, beneficios y consecuencias.
En ocasiones, eso pone a Caine en una situación difícil.
A finales del mes pasado, en vísperas de la guerra, Trump afirmó que Caine creía que cualquier acción militar final que se ordenara contra Irán sería “algo fácil de ganar”. Pero eso no es lo que Caine le había dicho a Trump y a otros altos asesores.
Esta discrepancia subraya hasta qué punto la guerra de Irán está poniendo a prueba la estrategia habitual de Trump para afrontar las crisis: imponer su propia realidad y hacer caso omiso de las verdades incómodas.
“Él cree que todo es transaccional, que puede abordar el asunto paso a paso y ver cómo se desarrollan los acontecimientos, pero la guerra es rápida, incontrolable, impredecible y mortal”, dijo Julian E. Zelizer, profesor de historia en Princeton y editor de un libro de ensayos sobre el primer mandato de Trump.
“Está aplicando las mismas técnicas de siempre —amenazar a la gente, insultarla, acaparar la atención sobre lo que quiere decir— y está aprendiendo que no siempre funciona”, añadió. “Practica el arte de la negociación de un modo que no hace más que crear el caos”.
ACOGER EL PODER MILITAR
Durante su primer mandato, Trump parecía más reticente a utilizar la fuerza militar estadounidense. En 2019, aprobó ataques militares contra Irán, pero canceló la operación a pocos minutos de llevarse a cabo, alegando la posibilidad de bajas iraníes.
John Bolton, exasesor de seguridad nacional de Trump, quien ha apoyado una beligerante agresión militar contra Irán, incluido el cambio de régimen, recordó que Trump, en su primer mandato, parecía incómodo con la idea de atacar Siria, la cual utilizaba armas químicas contra su propio pueblo.
“Quería que pareciera una respuesta contundente, pero que en realidad no lo fuera tanto”, dijo Bolton, quien se ha convertido en uno de los críticos más acérrimos del presidente.
Ahora, después de hacer campaña con la promesa de mantener a Estados Unidos fuera de los enredos extranjeros, Trump está acogiendo el poderío militar estadounidense. Y, al menos en la guerra de Irán, ha sido mucho más realista sobre la posibilidad de que se produzcan bajas estadounidenses.
En junio envió bombarderos B-2 para atacar las instalaciones nucleares iraníes; en enero lanzó una incursión que resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro de Venezuela; y las fuerzas estadounidenses han atacado decenas de embarcaciones en el Caribe, causando la muerte de más de 160 personas, en lo que el gobierno de Trump describe como una operación para combatir el narcotráfico.
Su operación en Irán es mucho más compleja, menos popular y más mortífera para las fuerzas estadounidenses que dichas operaciones. Hasta ahora, han muerto 13 miembros del ejército estadounidense. Trump ha asistido a dos ceremonias de traslado digno, y Leavitt ha dicho que Trump lo considera la parte más importante, y a la vez la más difícil, de su trabajo como comandante en jefe. El padre de un soldado caído relató recientemente la “agradable sorpresa” que le causó la emoción y la “humanidad” de Trump durante una reunión.
Al mismo tiempo, Trump insiste en que está haciendo lo que ningún otro presidente antes que él tuvo el valor de hacer.
“Tenemos una potencia de fuego sin igual, munición ilimitada y tiempo de sobra. Miren lo que les sucede hoy a estos desquiciados sinvergüenzas”, escribió en una publicación de Truth Social este mes. “Llevan 47 años matando a gente inocente en todo el mundo, y ahora yo, como 47.º Presidente de los Estados Unidos de América, los estoy matando. ¡Qué gran honor es hacerlo!”.
La actitud displicente de Trump ha mostrado fisuras. Cuando se le presionó sobre el mortífero ataque con misiles Tomahawk contra una escuela primaria iraní en el primer día de la guerra, Trump primero culpó a Irán y luego afirmó “no sé lo suficiente al respecto”.
Una investigación preliminar ha determinado que Estados Unidos fue responsable.
El presidente, a quien se le concedieron cinco aplazamientos para no ser reclutado para combatir en Vietnam, entre ellos por un diagnóstico de espolones óseos, a menudo ha imaginado que sería un “buen general”. A principios de este mes, publicó una vieja foto suya con uniforme en la Academia Militar de Nueva York, una elección notable al iniciar una guerra.
Con el paso de las semanas, las metas y objetivos que Trump estableció al inicio de la guerra han cambiado. La semana pasada, al decir que estaba considerando “reducir” las operaciones militares en Irán, Trump ya no mencionó el propósito de apoyar el cambio de régimen mediante un levantamiento popular, objetivo que había fijado al principio.
“La guerra, como todo lo que sale de la Casa Blanca, es un reflejo de la personalidad y el estilo de liderazgo tan singulares de Donald Trump”, dijo Steven M. Gillon, historiador y autor de Presidents at War: How World War II Shaped a Generation of Presidents. “Se centra en él como un gran hombre. Es imprecisa. Es indisciplinada. No tiene enfoque”.
Trump ha explicado algunas de sus decisiones de ida y vuelta en la guerra al referirse a las lecciones que aprendió antes de entrar en política, cuando era promotor inmobiliario en Nueva York.
“Tienen que entender”, dijo Trump a un público en Memphis a principios de esta semana, “que toda mi vida ha sido una negociación”.
‘LOS PRESIDENTES NO NECESITAN PERMISO’
Pero los aliados de Trump consideran que su decisión de ir a la guerra es su deber como comandante en jefe.
“El presidente Trump actúa como debe hacerlo un presidente en tiempos de guerra: con decisión, sin miedo a utilizar su autoridad constitucional y enfocado en proteger a los estadounidenses en lugar de enfrascarse en el tipo de conflictos interminables y sin timón que vimos bajo sus predecesores”, dijo Mike Davis, quien dirige el Article III Project, un grupo de defensa conservador, y fue uno de los primeros partidarios de la guerra de Trump.
“Los presidentes no necesitan permiso para defender al país, y los medios de comunicación y los demócratas harán cualquier cosa para deslegitimar la Operación Furia Épica”, dijo. “El legado del presidente Trump no se juzgará por el proceso ni por las encuestas, sino por si logra neutralizar la amenaza iraní y hacer que los estadounidenses estén más seguros”.
Aun así, el conflicto es profundamente impopular entre la mayoría de los estadounidenses. El presidente decidió iniciar la guerra sin exponer antes sus argumentos al público estadounidense o al Congreso, lo que quizá contribuyó a la ausencia del momento de “unidad en torno a la bandera” que ven muchos presidentes en tiempos de guerra. (Ha reconocido que le han aconsejado que no la llame “guerra” porque no buscó la aprobación del Congreso, así que prefiere llamarla “excursión”).
Más allá de la cuestión de la aprobación del Congreso, Trump no ha aportado ninguna prueba de que Irán supusiera una “amenaza inminente” para Estados Unidos. Además, ha modificado repetidamente los criterios para definir el éxito, llegando incluso a declarar la victoria al tiempo que afirmaba que la misión estaba incompleta. Afirmó que no aceptaría nada menos que un final con la “rendición incondicional” de Irán, una condición que, según sus asesores, queda a su criterio.
Trump no es el primer presidente que propone un objetivo elevado pero difícil de alcanzar. El presidente Franklin D. Roosevelt pidió la “rendición incondicional” durante la Segunda Guerra Mundial. Es una de las pocas similitudes entre la forma en que ambos abordaron la guerra.
“Cuando Roosevelt anunció el objetivo de la rendición incondicional en la II Guerra Mundial, no lo pensó bien, ni lo coordinó plenamente con su equipo o sus aliados”, dijo Peter Feaver, asesor del presidente George W. Bush en estrategia de seguridad nacional y ahora profesor de la Universidad de Duke, quien ha estudiado cómo lideran los presidentes en tiempos de guerra. “No me sorprendería que el anuncio de rendición incondicional del presidente Trump igualara al de Roosevelt en ese sentido”.
Pero Roosevelt cultivó algo que ha eludido Trump: poderosos aliados, concretamente Winston Churchill, con quien coordinó su agresiva estrategia militar.
En cambio, Trump ha alienado y amenazado a sus aliados por no unirse al esfuerzo bélico. Ha dirigido la mayor parte de su ira contra el primer ministro británico Keir Starmer al declarar que Starmer “no es Winston Churchill”.
“¡No necesitamos gente que se una a las guerras cuando ya hemos ganado!”, escribió Trump el 7 de marzo.
Pero ahora, con otro plazo inminente para que Irán abra totalmente el estrecho de Ormuz a la navegación o se enfrente a ataques devastadores contra sus centrales eléctricas, Trump tiene que tomar una decisión sobre los próximos pasos en una guerra que, al principio, estimó que duraría “cuatro o cinco semanas”. La guerra ya lleva casi un mes.
Trump está aumentando la presión sobre Irán para que acepte una propuesta estadounidense de poner fin a la guerra, al tiempo que envía más soldados a Medio Oriente y advierte a los iraníes de que “seguiremos bombardeándolos” si no llegan a un acuerdo.
Irán ha rechazado públicamente las propuestas, aunque en privado ha mostrado cierta disposición.
“Te dirán: ‘No estamos negociando’”, dijo Trump. “Claro que están negociando. Han sido aniquilados”.
El viernes por la noche, durante un discurso en una conferencia sobre finanzas celebrada en Miami Beach para el fondo soberano de inversión de Arabia Saudita, Trump se jactó de cómo Irán estaba “suplicando llegar a un acuerdo” y de cómo la operación de Estados Unidos ayudaba a garantizar que la muy “poderosa” nación de Arabia Saudita estaría a salvo.
Mientras hablaba, funcionarios estadounidenses confirmaron que Irán había atacado la Base Aérea Príncipe Sultán de Arabia Saudita, donde estaban destinados miembros del ejército estadounidense. Al menos 12 estadounidenses resultaron heridos en el ataque, que supuso una de las más graves violaciones de las defensas aéreas estadounidenses en el transcurso de la guerra.
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