La tromba y el secreto

Opinión
/ 27 abril 2011


Una manga de vientos feroces y un torbellino de aires fríos y calientes lograron un techo de oscuridades grises sobre la Ciudad de México. Un tromba avanzaba hacia nosotros. Dos minutos antes nos fastidiaba la tarde un sol de 30 grados esparciendo sobre el asfalto calores agobiantes.
De pronto, como si ocurriera un error en el guión de la vida diaria, se desprendió del cielo un aguacero sin precedente en la temporada. Y luego granizo. A esta locura, los especialistas le llaman lluvias atípicas. Así quedaron vastas zonas de la ciudad anegadas en aguas inusuales. Recibí esta noticia del cambio climático en la mesa de un bar. A las mesas de los bares llegan grandes primicias. En la calle blanca de hielo, los trozos helados navegaban en aguazales. De nuevo, el calvario del agua.
Al principio creí que mi secreto podría permanecer en la oscuridad. Mientras una cortina de agua impedía la visión a diez metros de distancia, los coches avanzaban a vuelta de rueda y el fin del mundo se acercaba, no le revelé a nadie la verdad. Se impuso una línea del poeta W. H. Auden: at last the secret is out. Mi mujer se preguntó a sí misma preguntándome a mí:
-¿Cerramos las ventanas?
Odio las preguntas innecesarias. Si hacía calor, las ventanas tenían que estar abiertas, lo raro habría sido que nos encerráramos a sudar hasta deshidratarnos con las ventanas de la casa cerradas.
-No recuerdo -mentí.
Sí me acordaba. Las dejamos abiertas porque hacía calor. Pero ése era el menor de los problemas. El granizo que golpeaba el techo del bar apenas nos permitía oírnos. El estruendo y los tragos me engrandecieron, por eso grité:
-Tapé todas las coladeras de la casa.
-¿Qué? - mi mujer levantó la voz.
-Que tapé todas las coladeras, coño.
-¿Por qué? -gritó mientras veía a través del ventanal el río sobre el asfalto que subía sobre el nivel de su cauce nivel.
De nuevo las preguntas odiosas.
-Por las malditas cucarachas -revelé mi secreto con pena.
Bajo el aguacero, ella me miró del mismo modo en que Freud vio el rostro de El Hombre de las Ratas cuando supo que no tenía remedio, paciente, no el doctor.
-¿Cucarachas?
¿Lo ven? Odio las preguntas. Me explico. Desde hace tiempo, en la colonia Condesa las cucarachas son personajes importantes. Me refiero a cucarachas grandes, como langostinos, que salen de las coladeras anunciando los calores. Familias completas en busca de la luz. Quien las haya visto convendrá conmigo en su rapidez insólita y su tamaño asombroso. Se les puede combatir con insecticida, cierto, pero yo concebí un plan de mayor calado. Tapar las coladeras. Victoria definitiva. No se vio un insecto más desde que clausuré los desagües. ¿Tengo la culpa de que el crecimiento de la colonia traiga con ello a las plagas. No quisiera hablar de momento de los roedores. Todo tiene un riesgo, incluso las historias de éxito. Ese trance era la memoria. Olvidar la tapas con el advenimiento de las lluvias era peligroso. Pero no lo olvidé, la excepción jugó en mi contra. Ah, pero todos muy felices sin la cucaracha, a nadie se le ocurrió preguntar el motivo de esa tranquilidad.
-Volvamos a la casa. A estas alturas los muebles deben flotar en la estancia -dijo ella, vencida por el desaliento y la decepción. -Tapar las coladeras -remató sin fuerza.
Volvimos con serias dificultades. Las calles anegadas apenas le permitían circular al coche. Al dar la vuelta en la esquina de la calle donde está la casa de usted vi una laguna sucia en la que flotaban botellas de plástico, envolturas de gansitos, latas de sardinas -sí, escribí latas de sardinas-. El arquitecto que construyó nuestra vieja casa de la Condesa en el año de 1940, circa, era un genio, un visionario. Ese alumno de los arquitectos Serrano y Segura puso la casa arriba del nivel de la calle. Uno, dos, tres escalones. En la parte trasera, una azotehuela que aspira a patio, lo mismo. Un genio de genios. El agua no había entrado a la casa. Faltaban dos centímetros.
Nadie confía en mí. Cuando iba a sumergirme en el chapoteadero de agua sucia y helada, todos pusieron el grito en el cielo. Un hombre joven que vive en mi casa y asegura ser mi hijo se ofreció. Los pies se le congelaron, pero logro quitar las tapas que improvisé días atrás: un Club Social del Reforma, un catálogo del Palacio de Hierro, una revista deportiva y la programación de SKY. Sólo impresos inservibles, pensé en aquella ocasión, y me vengué de su existencia miserable.
A la mañana siguiente vi en los periódicos coches sumergidos hasta el techo, las alcantarillas del Viaducto arrojando agua a borbotones, el Canal de la Compañía en un lecho de lodo y basura. Sé que van a criticarme, pero por alguna extraña razón me sentí reconfortado. A veces uno siente cosas vergonzosas. Entre a la cocina y me acerqué al fregadero. Abrí la llave. No salió ni una gota. Toda la Semana Santa cerraron el abastecimiento de agua potable del sistema Cutzamala. Soy un cronista de guardia desesperado.

Somos un medio de comunicación digital e impreso con cinco décadas de historia; nos hemos consolidando como uno de los sitios de noticias más visitados del Noreste de México.

Como medio multiplataforma, nos distinguimos por ofrecer contenidos confiables y de alta calidad, abarcando una amplia gama de temas, desde política y estilo de vida hasta artes y cultura. Además, ofrecemos artículos de análisis, entretenimiento y recursos útiles a través de formatos innovadores en texto, fotografía y video, que permiten a nuestros lectores estar siempre bien informados con las noticias más relevantes del día.

Nos enorgullece tener un equipo editorial compuesto por periodistas especializados en Derechos Humanos, Deportes y Artes.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM